Bella Lombardi siempre supo que ser hija de un capo de la mafia tendría consecuencias. Lo que nunca imaginó fue que el precio de su libertad sería un matrimonio con el hombre más poderoso del país.
Ricardo Colombo, presidente reelegido y viudo desde hace años, necesita una esposa para silenciar un escándalo que amenaza con destruir su carrera política. Bella necesita escapar del yugo de su familia. La solución: un contrato frío, cuatro años de matrimonio fingido y la promesa de que ninguno de los dos cruzaría la línea.
Pero las reglas se rompen cuando los silencios se vuelven cómplices, las miradas empiezan a decir lo que las palabras callan, y un beso que debería haber sido actuación se convierte en el punto de no retorno.
Entre el deber y el deseo, entre el palacio presidencial y los secretos de la Cosa Nostra, Bella y Ricardo descubrirán que el amor no pide permiso — ni siquiera cuando hay un contrato de por medio.
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Capítulo 4 — El beso que detuvo Italia
Bella
Despierto con un murmullo proveniente del pasillo.
Las voces de mis padres están demasiado altas para esa hora de la mañana. Parece que están discutiendo.
Suelto un bostezo, salgo de la cama todavía somnolienta y abro la puerta.
Los dos se voltean hacia mí al mismo tiempo.
Mi madre sonríe primero.
—Buenos días, mi amor.
Mi padre, sin embargo, no tiene el mismo buen humor.
Camina hasta mí con un periódico doblado en las manos. Sin decir nada más, lo pone delante de mis ojos.
—¿Qué es esto, Bella?
Mi corazón se desploma.
Abro el periódico y mi boca se entreabre, pero ningún sonido sale.
El titular ocupa casi toda la primera página.
Debajo de él...
Fotos mías besando al presidente.
Desde todos los ángulos posibles.
De cerca.
De lejos.
Dios mío...
Parece escena de telenovela.
Mi padre cruza los brazos.
—Responde, Bella.
Trago en seco.
—Fue... solo un beso. Estaba asustada.
Mi madre intenta esconder la risa, pero la comisura de la boca la delata.
—¿Solo un beso? —dice, divertida—. Pues ahora te convertiste en la consentida de Italia.
Mi padre refunfuña algo incomprensible antes de irse por el pasillo claramente irritado.
En cuanto desaparece, no puedo evitar una carcajada.
Volteo a ver a mi madre.
—¿No fuiste a trabajar?
Ella cruza los brazos y hace un gesto hacia la ventana.
—Ve hasta allá y mira la proporción que tu "solo un beso" causó.
Frunzo el ceño y camino hasta la ventana.
Aparto levemente la cortina.
Mis ojos se abren de par en par.
La calle entera está tomada por reporteros.
Cámaras.
Micrófonos.
Fotógrafos.
Camionetas de televisoras estacionadas frente a mi casa.
El ruido de la gente hablando al mismo tiempo invade hasta la habitación.
Dios mío...
Hay gente incluso encima de los autos intentando conseguir una foto.
Doy un paso más para observar mejor.
Fue suficiente.
Algunos fotógrafos me ven.
Las cámaras giran en mi dirección casi instantáneamente.
Los flashes comienzan a dispararse sin parar.
—¡Bella! ¡Bella! ¡Mira para acá!
—Bella, ¿cómo conociste al presidente?
—¿Están saliendo?
Doy un salto hacia atrás, cerrando la cortina a toda prisa.
Me llevo la mano al pecho, intentando controlar el corazón.
—Dios mío...
Miro a mi madre completamente en shock.
—Descubrieron dónde vivo...
Mi madre se acerca con calma, como si estuviera tratando de no asustarme aún más.
Aparta delicadamente un mechón de mi cabello detrás de mi oreja y me observa por algunos segundos, seria, pero con esa suavidad que solo ella tiene.
—¿Por qué lo besaste, Bella?
Trago en seco. Por primera vez desde que desperté, no logro escapar de la pregunta.
Mantengo la mirada en ella, sin desviarla.
—No sé explicarlo… —mi voz sale baja—. Él estaba tan cerca… cuando me di cuenta, ya lo estaba besando.
El silencio entre nosotras dura un instante.
Entonces mi madre esboza una leve sonrisa, casi como si ya esperara esa respuesta.
Mira por encima de mi hombro, en dirección a la ventana aún cerrada, como si pudiera ver más allá de ella.
—Es un hombre guapo —comenta, en un tono casi divertido.
Siento que mis mejillas se encienden al instante.
—Mamá…
Ella ríe bajito y vuelve a mirarme, todavía con esa mirada atenta.
—No te estoy juzgando, mi amor. Solo estoy tratando de entender cómo una única decisión tuya logró poner a Italia entera en revuelo.
Suspiro, aún observando el celular que vibra a cada momento encima de la cama.
—Dentro de poco el presidente va a negar… y se van a olvidar de mí —murmuro, más para mí misma que para mi madre.
Antes de que ella responda, mi celular empieza a sonar.
Mi madre lanza una mirada rápida a la pantalla.
—Tus primas están enloquecidas —comenta, con una media sonrisa, ya alejándose—. Te voy a dejar en paz… por ahora.
Sale de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto me quedo sola, contemplo la llamada parpadeando en la pantalla.
Fiorela. Videollamada.
Respiro hondo y contesto.
Su rostro aparece de inmediato, tan cerca de la cámara que casi ocupa toda la pantalla.
—¡¡BELLAAA!! —grita, escandalosa, sin siquiera darme tiempo de hablar—. ¡¿Besaste al presidente y no me contaste?!
Cierro los ojos por un segundo.
Era exactamente lo que necesitaba… o no.
—Fiorela, yo…
—¡TE VOY A MATAR! —interrumpe, apuntando con el dedo a la cámara como si pudiera atravesar el teléfono—. ¿Cómo me haces esto? ¡¿A MÍ?! ¡Soy tu prima!
Me llevo la mano a la frente, ya sintiendo el dolor de cabeza llegar.
—No planeé esto…
Ella abre los ojos aún más.
—¿No lo planeaste? ¡Bella, una no tropieza y cae en la boca del presidente sin planearlo!
Suelto una risa nerviosa, pasándome la mano por el cabello.
—Fue… complicado.
Fiorela se acerca todavía más a la cámara, bajando el tono por medio segundo, como si finalmente estuviera procesando la información.
—Está bien… —dice, respirando hondo—. Está bien. Cuéntame todo. Ahora. Cada detalle. Y no te atrevas a saltarte nada. ¿Besa bien?
Respiro hondo, aún con el celular en las manos.
—Fue… el mejor beso de mi vida, Fiorela. —mi voz sale más baja, casi confesional—. Fue como si el mundo entero hubiera desaparecido por un instante.
Del otro lado de la llamada, ella se queda en silencio por un segundo, como si estuviera procesando cada palabra.
Continúo, antes de que pierda el valor.
—Después me tomó de la mano… y me llevó hasta su auto.
Cierro los ojos, recordando.
—Huele muy bien. De verdad. Y antes de que me fuera… me preguntó mi nombre.
Suelto un suspiro pesado, volviendo a la realidad.
—Pero hoy… debe estarme odiando por culpa de este escándalo.
La garganta se me aprieta.
Me llevo la mano al rostro, intentando esconder la desesperación que empieza a crecer.
—Fiorela… no puedo salir de casa.
Del otro lado, el silencio dura un poco más de lo normal.
Fiorela suelta una carcajada fuerte, de esas que casi revientan el audio de la llamada.
—¡Por supuesto que no puedes salir de casa! —exclama, entre risas—. ¡Porque no entraste a tus redes sociales, Bella!
Frunzo el ceño, confundida.
—¿Qué tiene que ver eso?
Ella abre los ojos como si yo acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—¿"Qué tiene que ver"? ¡Bella, estás FAMOSA!
El estómago se me hunde.
—No… —sacudo la cabeza, rechazando la idea como si fuera a desaparecer sola—. Esto es una pesadilla.
Fiorela deja de reír poco a poco, pero el brillo de emoción sigue en su mirada.
—Pesadilla nada. Estás en todos lados. Video, foto, montaje, comentario… hasta memes hicieron de ti.
Me quedo inmóvil.
—Esto no puede ser real…
Ella inclina la cabeza, analizándome a través de la pantalla.
—Sí puede. Y peor: el presidente aún no declaró nada oficialmente. O sea… Italia entera está volviéndose loca con ustedes dos.
Me llevo la mano a la frente, sintiendo la presión aumentar.
—Solo quería que esto desapareciera…
Fiorela suspira, pero todavía con ese tono de quien está disfrutando la situación.
—Bella… no va a desaparecer tan pronto...