Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 5
El trayecto de vuelta en el Maybach de Leonardo fue un silencio cargado de electricidad estática. Las luces de los faros iluminaban la carretera mojada, proyectando sombras que bailaban sobre la piel de Helena. Aún podía sentir el sabor amargo y dulce del whisky en sus labios, y la huella invisible de la mano de Leonardo marcada a fuego en la parte baja de su espalda.
Sentado a su lado, Leonardo mantenía la vista en el frente, recostado contra el cuero del asiento con una elegancia indolente. Su corbata estaba ligeramente aflojada y los dos primeros botones de su camisa desabrochados, dejando al descubierto la clavícula y el firme contorno de su cuello. Emanaba una calidez peligrosa que llenaba todo el espacio confinado del vehículo.
Helena intentaba calmar el ritmo frenético de su corazón, mirando por la ventana mientras el teléfono en su bolso no dejaba de vibrar.
Una notificación tras otra. Sabía exactamente de quién eran.
Finalmente, la pantalla se iluminó en el centro de entretenimiento del coche, conectado por Bluetooth, mostrando un nombre que hizo que el aire en la cabina se congelara: Mateo.
> «¿Qué demonios fue eso, Helena? Necesito hablar contigo a solas. Ahora.»
>
Un segundo mensaje llegó de inmediato:
> «Sé que no estás enamorada de él. No juegues con fuego.»
>
Helena dejó escapar una respiración entrecortada. Una mezcla de satisfacción y rabia le recorrió las venas. El ex había mordido el anzuelo; el veneno de los celos ya estaba haciendo efecto. Volvió la cabeza para mirar a Leonardo, intentando recuperar la soltura de siempre, la máscara de complicidad infantil que solían compartir.
—Parece que la actuación funcionó —dijo ella, ensayando una sonrisa ligera, aunque la voz le salió un punto más ronca de lo planeado—. Mateo está fuera de sí. El plan va exactamente como quería.
Leonardo no se movió, pero sus ojos grises se desviaron lentamente hacia ella, brillando en la penumbra del coche. La frialdad con la que la miró cortó la falsa tranquilidad de Helena de golpe.
—¿La actuación? —preguntó él, con un tono tan bajo y aterciopelado que le puso los pelos de punta.
—Sí... ya sabes, el beso, la forma en que me tomaste frente a la prensa —titubeó ella, reacomodándose en el asiento y tratando de marcar una distancia física que de repente se sentía urgente—. Estuvo increíble para el espectáculo, Leo. En serio, actuaste genial. Pero ahora que estamos a solas, podemos relajarnos. Volver a ser nosotros.
El coche se detuvo suavemente frente a los portones de la mansión De la Vega. El chófer bajó para abrir la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo, Leonardo levantó una mano, deteniéndolo con un gesto imperioso.
—Déjanos un momento, Ramírez —ordenó Leonardo sin quitarle la vista de encima a Helena.
El chófer asintió y se alejó unos metros bajo la lluvia ligera. El silencio volvió a cerrarse sobre ellos, más pesado, más íntimo.
—"Nosotros" —repitó Leonardo, saboreando la palabra con una ironía amarga—. ¿Y quiénes somos "nosotros", Helena? ¿Los amigos de la infancia que juegan a las escondidas, o la mujer que acaba de firmar un contrato para pertenecerme frente al mundo entero?
El estómago de Helena dio un vuelco. Se pasó la lengua por los labios secos, un gesto involuntario que atrajo de inmediato la mirada de Leonardo hacia su boca.
—Leo, fuiste tú quien puso las reglas para convencer a todos —dijo ella, levantando las manos en un intento de frenar la tensión—. Pero no hay cámaras aquí. No necesitas seguir fingiendo. Mateo ya está celoso, que era el objetivo. Ahora solo tenemos que mantener la fachada en las fiestas y...
Antes de que pudiera terminar la frase, Leonardo se movió con una rapidez felina. Redujo la distancia entre los dos en el asiento trasero, acorralándola contra la puerta del coche. El aroma a madera y cuero que emanaba de su piel se volvió sofocante, embriagador.
—¿Crees que estaba fingiendo? —murmuró él, inclinándose sobre ella hasta que su frente rozó la suya.
El calor corporal de Leonardo era un incendio. Helena sintió la firmeza de su pecho presionando contra sus senos, haciendo que su respiración se volviera entrecortada. Intentó apoyarse contra la portezuela, pero los dedos de él se enredaron en su cabello con un agarre firme, no doloroso, pero sí posesivo, manteniendo su rostro fijo hacia el suyo.
—Leonardo... —susurró ella, un aviso débil que sonó más como una invitación.
—Dime, Helena —dijo él, bajando la mano que tenía en su cabello para delinear lentamente el borde del escote de su vestido de satén, rozando la piel sensible de su clavícula—. Cuando te besé frente a las cámaras, cuando sentiste mi boca sobre la tuya... ¿eso te pareció una actuación?
La yema de su pulgar apretó ligeramente su labio inferior, arrancándole un suspiro tembloroso a Helena. La atracción física entre ellos, esa que había intentado enterrar bajo el pretexto del "pacto", amenazaba con devorarla por completo. Ya no había rastro del amigo bonachón que la consolaba de niña. El hombre que la sostenía era un depredador seguro de su presa.
—Fue... demasiado intenso —admitió ella en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada de sus ojos oscuros—. Nos estamos desviando del objetivo. Esto era para recuperar a Mateo.
Al mencionar el nombre de su ex, la mandíbula de Leonardo se tensó visiblemente. Un destello de furia fría cruzó sus facciones. Deslizó la mano desde su cuello hasta su cintura, apretándola contra él con una fuerza que le quitó el aire.
—Vuelve a nombrar a ese idiota mientras estoy tocándote —amenazó él en un susurro peligroso, con sus labios a un milímetro de los suyos— y te juro que voy a hacerte olvidar cómo se pronuncia su nombre.
A Helena se le aceleró el pulso a niveles descontrolados. Una ola de calor le recorrió el vientre. La posesividad de Leonardo la asustaba, pero al mismo tiempo despertaba en ella una necesidad oscura, un deseo líquido que nunca antes había experimentado con Mateo. Mateo era tibio; Leonardo era un fuego que amenazaba con consumirlo todo.
—El contrato dice que eres mía hasta que yo decida terminarlo —continuó Leonardo, rozando sus labios por la línea de su mandíbula, haciendo que ella echara la cabeza hacia atrás involuntariamente—. No juegues a ponerme límites a solas, dulce Helena. Porque para cuando este juego termine, ni siquiera vas a recordar por qué querías a ese hombre de vuelta.
El agarre en su cintura se relajó ligeramente, pero no se alejó. Su mirada bajó al teléfono de Helena, que volvió a vibrar sobre su regazo con otra llamada entrante de Mateo.
Con una lentitud calculada, Leonardo tomó el teléfono de las manos de Helena. Presionó el botón de apagar, dejando la pantalla completamente en negro, y lo dejó caer sin cuidado sobre el asiento.
—Esta noche vas a soñar conmigo, no con él —sentenció él, con una sonrisa oscura que le heló la sangre y le encendió la piel al mismo tiempo.
Se echó hacia atrás, dándole espacio finalmente, y le abrió la puerta del coche con una cortesía impecable pero fría.
Helena salió del vehículo con las piernas temblando, sujetándose el vestido mientras la brisa nocturna intentaba enfriar el ardor de sus mejillas. Observó cómo el Maybach negro se alejaba en la oscuridad de la noche, dejándola sola en la entrada de su casa.
Miró el teléfono apagado en su mano. Mateo estaba mordiendo el anzuelo, los celos lo estaban consumiendo tal como ella lo había planeado. Pero mientras tocaba sus propios labios aún hinchados por el beso de la gala, Helena se dio cuenta de la aterradora realidad: el peligro no era Mateo. El verdadero peligro era el diablo al que le había vendido su alma, y la alarmante facilidad con la que ella estaba empezando a disfrutar del fuego.