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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:892
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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CAPÍTULO 7 LA TRAMPA CIERRA

El reloj de la torre del centro marcó las once de la noche con un sonido grave y profundo que resonó en las calles vacías. Damián y Gael estaban escondidos en la sombra de un edificio frente a la entrada vieja de oficinas, esperando. El aire era frío y húmedo, y cada minuto que pasaba sin que apareciera Elena hacía crecer la inquietud en sus pechos. Damián apretaba la mano de Gael con fuerza, sintiendo cómo su propio aroma, normalmente suave, se mezclaba ahora con la ansiedad que no lograba ocultar.

—Si no viene en cinco minutos, nos vamos —susurró Gael—. No vale la pena arriesgarnos más de lo necesario.

Pero justo en ese momento vieron aparecer una figura delgada y apresurada entre la oscuridad. Era Elena. Caminaba mirando hacia atrás constantemente, abrazando contra su pecho una carpeta grande y oscura. Cuando llegó a la entrada, los vio y se detuvo un instante, respirando con dificultad.

—Llegaron —dijo, acercándose rápido—. Tengo todo lo que me pidieron: registros de pago, estudios ocultos, contratos firmados donde se reconoce el riesgo del terreno. Pero escúchenme bien: no pueden quedarse aquí. No pueden llevarse esto a casa ni a ningún lugar que conozcan.

—¿Por qué? —preguntó Damián dando un paso hacia ella.

Antes de que pudiera responder, las luces de varios vehículos encendieron de golpe desde ambos extremos de la calle, iluminando todo como si fuera de día. Puertas se abrieron de golpe y varios hombres salieron caminando rápido hacia ellos. Damián se quedó helado: entre ellos estaba su padre, mirándolo con una expresión que no era ira, sino satisfacción fría.

—¡Corran! —gritó Elena empujando a Damián hacia un callejón lateral—. ¡Los vendí, lo siento mucho, no tenía opción! ¡Váyanse ahora!

Gael no esperó más: tomó a Damián del brazo y lo arrastró consigo hacia la oscuridad del callejón mientras detrás de ellos se escuchaban gritos y pasos pesados acercándose. Corrieron sin saber hacia dónde, tropezando con cajas y basura, doblando en cada esquina posible, pero los perseguidores no se detenían. Damián sentía que el corazón le iba a estallar, que sus piernas no daban más, pero apretaba la mano de Gael y seguía adelante.

—¡Por aquí! —dijo Gael señalando una escalera de emergencia que subía hacia los techos de los edificios.

Subieron escalando rápido, saltando peldaños, y al llegar arriba corrieron por las azoteas, saltando de un edificio a otro, arriesgándose a caer en cualquier momento. Desde lo alto podían ver los autos patrullando las calles de abajo, las luces moviéndose en todas direcciones: estaban rodeando toda la zona.

—No podemos bajar —dijo Damián jadeando, apoyándose contra una pared de ladrillo—. Nos van a ver en cuanto toquemos el suelo.

—Ya lo sé —respondió Gael mirando a su alrededor con desesperación—. Elena nos tendió una trampa. Todo fue planeado desde el principio.

—No… —susurró Damián sacudiendo la cabeza—. Ella nos empujó para que corriéramos. Si quisiera atraparnos, habría dejado que nos rodearan. Nos advirtió.

Pero no había tiempo para analizar nada. Vieron aparecer dos figuras en la escalera por la que habían subido. Los habían seguido.

—¡Salten al siguiente techo! —ordenó Gael señalando un hueco estrecho entre dos edificios.

Damián dudó un segundo: era alto y peligroso, y si fallaba caería al vacío. Pero los pasos se acercaban y no tenían otra opción. Corrió, saltó y aterrizó con fuerza en el borde opuesto, casi resbalando hacia el vacío, pero Gael lo sujetó del brazo justo a tiempo. Gael saltó detrás de él y siguieron corriendo.

Finalmente encontraron un pequeño hueco de ventilación abierto en un edificio abandonado, bajaron con dificultad y se escondieron en un rincón oscuro del sótano, cubiertos de polvo y temblando. Allí, en la oscuridad total, se quedaron en silencio escuchando si alguien los había seguido. Pasaron minutos que parecieron horas hasta que el ruido de pasos y voces se alejó.

—Nos esperaban —dijo Damián con voz quebrada—. Todo el tiempo. Sabían que iríamos.

—Alguien nos ha estado vigilando desde el principio —confirmó Gael con amargura—. Y ahora saben que tenemos la caja. No van a descansar hasta quitárnosla.

En ese momento, Damián recordó algo que le había dicho su madre tiempo atrás: *“Cuidado con quien confías”*. Y entonces todo encajó: la desaparición de los papeles, los rumores nuevos, la salida anticipada de su padre… alguien cercano a ellos había estado informando cada movimiento. Y la persona que más acceso tenía a todo… era su propia madre.

—Es ella —susurró Damián con un dolor tan profundo que le costó hablar—. Mi madre. Fue ella todo este tiempo.

Gael no quiso creerlo al principio, pero cada pieza encajaba perfectamente. Ella les entregó documentos que ya habían sido copiados; ella sabía dónde vivían; ella supo exactamente cuándo salieron hacia el bosque. Y esta noche… probablemente fue ella quien le dijo a su padre que se reunirían con Elena.

Damián rompió a llorar en silencio, apoyando la cara contra el hombro de Gael. No le dolía haber sido atrapado ni perseguido: le dolía que su propia madre, la única persona que creía que de verdad se preocupaba por él, hubiera estado del otro lado todo este tiempo.

—Ella me dijo que me ayudaba —sollozó—. Yo le creí. Le conté todo.

—No es tu culpa —le dijo Gael abrazándolo con fuerza—. Ellos han construido su mentira durante treinta años. Es normal que no pudieras verla. Pero ahora sabemos la verdad. Y sabemos que no podemos confiar en nadie. Absolutamente en nadie.

Pasaron el resto de la noche en ese sótano frío y oscuro, sin fuego, sin comida, sin saber si saldrían de allí. Damián sentía que el mundo entero se le caía encima: su padre era un criminal, su madre una traidora, y la única persona que le quedaba era Gael, que también estaba en peligro por su culpa. Sin embargo, cada vez que miraba a Gael, veía en sus ojos algo que nadie más le había dado nunca: confianza inquebrantable.

—Mañana van a buscar en todos lados —dijo Gael en voz baja—. Nos van a buscar en la ciudad, en el bosque, en casa de mis conocidos. Nadie nos va a esperar donde nadie nos quiere ver.

—¿A dónde iremos? —preguntó Damián, sintiéndose pequeño y perdido.

Gael le tomó la cara entre las manos y lo miró a los ojos:

—A donde nadie nos conozca. Donde podamos escondernos y planear bien nuestra jugada final. Ya no hay vuelta atrás, Damián. A partir de ahora somos nosotros contra todos.

Damián asintió, secándose las lágrimas. Sabía que no sería fácil, que cada paso sería peligroso y que el dolor de la traición de su madre tardaría mucho en sanar. Pero también sabía que mientras estuviera con Gael, no estaba solo. Y esa certeza, pequeña y frágil en medio de todo el horror, era lo único que le daba fuerzas para seguir adelante.

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