¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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El Pacto Del Silencio
Un mes después, Gonzalo organizó una fiesta en un club de la ciudad para celebrar su cumpleaños número veintisiete. El lugar estaba lleno de gente, música a un volumen ensordecedor y un juego de luces de colores que cortaban la oscuridad. Caliope y Gonzalo estaban en el centro de la pista, bailando y riendo con un grupo de amigos, disfrutando al máximo de la noche.
Yo me había retirado un momento hacia una de las zonas más tranquilas del local, cerca de los palcos superiores, buscando un respiro del bullicio. Apoyé mis brazos en el barandal de madera, contemplando la pista de baile desde la altura. A mis veintiocho años, a veces prefería observar el mundo en silencio antes que sumergirme de lleno en él.
Desde mi posición, mi mirada localizó de inmediato a Jester. Estaba abajo, cerca de la barra, conversando animadamente con un grupo de personas. Se le veía feliz, relajado, gesticulando con esa confianza que siempre me había parecido tan atractiva. En un momento dado, una chica hermosa se le acercó para pedirle fuego para un cigarrillo; él le sonrió con amabilidad, le ofreció el encendedor y cruzaron un par de palabras divertidas antes de que ella se despidiera con una mirada cargada de interés.
Ver esa escena no me provocó celos, sino una profunda y dolorosa epifanía. Jester era un hombre libre, lleno de luz, que merecía toda la felicidad del mundo. Si yo daba el paso de confesarle mis sentimientos, rompería el delicado equilibrio que sostenía nuestro grupo. Gonzalo se sentiría atrapado en medio de su mejor amigo y su amiga; Caliope sufriría por mi inevitable tristeza si las cosas salían mal; y la hermosa amistad que Jester y yo habíamos construido se desvanecería bajo el peso de la incomodidad y la distancia.
Acepté mi realidad con una madurez que me costó lágrimas invisibles. Enamorarse de tu mejor amigo implicaba entender que, a veces, el mayor acto de amor no consistía en poseer a la persona, sino en proteger su felicidad a toda costa, incluso por encima de la tuya. Mi perfeccionismo, que siempre me impulsaba a controlar cada detalle de mi vida, esta vez me sirvió para tomar la decisión más difícil: estructurar un plan de absoluto silencio.
Jester levantó la mirada hacia la zona de los palcos, como si hubiera sentido mi atención fija en él. Al verme apoyada en el barandal, su rostro se iluminó con esa sonrisa cálida que conocía tan bien. Me saludó con la mano en alto, haciéndome una seña para que bajara con ellos.
Le devolví el saludo con una sonrisa sincera, sintiendo una mezcla de dolor y una profunda paz interior. En ese momento, firmé mi propio pacto del silencio. Callaría mi amor por Jester. Me tragaría los "te quiero" que me quemaban la garganta y me conformaría con ser su confidente, su apoyo y su mejor amiga. Amarlo en las sombras era un precio muy alto, pero perderlo por completo era un costo que simplemente no estaba dispuesta a pagar. Bajé las escaleras dispuesta a reunirme con él, lista para seguir ocultando mi secreto tras la máscara de la amistad más pura.
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