Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 20 Gracias. Es mi favorito.
Fue cuando trajeron el plato principal que ocurrió el primer momento de verdad. Lucian cortó un trozo de solomillo, lo llevó a la boca y masticó lentamente. Hizo un leve gesto con la cabeza, una señal de aprobación que Fabiana había visto mil veces en cenas de negocios.
—Perfecto. Como siempre, Fabi —dijo, y el elogio, aunque basado en una mentira, la hizo sentir absurdamente orgullosa.
Pero el momento crucial llegó con el postre. Cuando Lucrecia sacó el pan de plátano, todavía caliente, y lo puso en el centro de la mesa, la expresión de Lucian cambió.
No fue un reconocimiento dramático. Fue algo más sutil. Sus ojos se fijaron en el pan, luego se alzaron para encontrarse con los de Fabiana, que lo observaba con el corazón en un puño. Una leve, casi imperceptible sonrisa jugueteó en sus labios.
—Pan de plátano —murmuró, como para sí mismo.
—No recuerdo cuándo fue la última vez… Hizo una pausa, y por un instante, pareció perderse en un recuerdo borroso, una sensación más que una imagen. Luego, la neblina se disipó y tomó una rebanada.
—Gracias. Es mi favorito.
No dijo "es nuestro favorito" ni inventó una anécdota. Simplemente aceptó el regalo, y en su mirada hubo un destello de gratitud tan genuino que a Fabiana se le hizo un nudo en la garganta.
Él no recordaba la maratón de trabajo, ni cómo ella había descubierto ese gusto. Solo sabía que, en su mundo, su esposa había hecho algo que le gustaba. Y era suficiente.
Lucrecia, observando el intercambio desde el otro lado de la mesa, sonrió hacia su copa de vino. La artillería pesada del pan de plátano había funcionado.
El resto de la cena transcurrió con una calma cada vez más natural. Hasta que Lucian, al final, dejó caer la bomba con la misma tranquilidad con la que comentaría el tiempo.
—Por cierto, ese asunto con el individuo que los molestaba está resuelto —dijo, mirando a Lino y a Ana. —No volverá a ser un problema. Pueden estar tranquilos.
Un silencio incómodo cayó sobre la mesa. Todos sabían de quién hablaba, pero nadie quería preguntar "cómo" se había resuelto. La eficiencia de Lucian era aterradora.
Él interpretó el silencio como preocupación.
—No se alarmen. Solo se le hicieron ver las… consecuencias lógicas de sus actos. Y se le ofreció un incentivo para empezar de nuevo lejos de aquí. —Su tono era tranquilizador, pero sus ojos, cuando se posaron en Fabiana, decían otra cosa: Estás a salvo. Todo lo que te importa, está a salvo.
Esa noche, mientras ayudaba a sus padres a acomodarse y lavaba los platos junto a Lucrecia (Marta ya se había ido), Fabiana no podía dejar de pensar en esa mirada.
El miedo se mezclaba con una gratitud profunda y una atracción que ya no podía negar. Lucian Borbón era un laberinto: un hombre confundido que construía un castillo de mentiras a su alrededor, pero cuyos cimientos, la protección, la atención, ese destello de verdad en los pequeños gustos, parecían sólidos, y peligrosamente reales.
Esa noche, la logística del sueño era un nuevo campo minado. La excusa oficial era que Lucian aún estaba delicado y necesitaba descansar sin interrupciones, por lo que Fabiana dormiría en la habitación de huéspedes con Lucrecia, como había hecho antes. Sus padres ya estaban instalados en la otra suite.
Pero Fabiana, como era su costumbre, metió la pata. O, más bien, su cuerpo somnoliento y desorientado tomó el control.
Había dormido profundamente, agotada por la tensión del día y la cena, pero se despertó pasada la medianoche con la garganta seca y la mente empañada.
Aturdida, salió de la habitación de Lucrecia (que roncaba suavemente) y fue a la cocina en la penumbra, guiada por la tenue luz de las guías nocturnas. Bebió un vaso largo de agua fría, y en su regreso, el piloto automático del cansancio y el mes entero de vigilia hospitalaria la traicionó.
En lugar de girar hacia la derecha, hacia la habitación de Lucrecia, giró a la izquierda. Empujó la puerta pesada del dormitorio principal y entró en la oscuridad, familiarizada con el espacio por las incontables veces que había velado allí.
Sin pensarlo, se deslizó bajo las sábanas frescas de la cama king-size, buscando el bloque de calor que su cuerpo asociaba con el descanso vigilado.
Lucian despertó. No de golpe, sino con la lentitud de quien es sacado de un sueño profundo pero pacífico. Y lo que vio lo dejó sin aliento. Fabiana, como una gatita dormilona y torpe, se había enroscado a su lado, ya hundiéndose de nuevo en el sueño. Su respiración era un ronquido suave y constante, casi un zumbido tranquilizador.
No la rechazó. No la despertó. En cambio, un instinto más profundo que la confusión o la memoria se apoderó de él. Con movimientos lentos para no asustarla, acomodó su cuerpo alrededor del suyo, rodeándola con un brazo y atrayéndola suavemente contra su pecho.
Ella murmuró algo ininteligible y se hundió aún más en el contacto, sus pies fríos encontrando el calor de sus piernas.
Él enterró la nariz en su cabello, respirando su aroma limpio y familiar a shampoo de hospital que ya olía a hogar, y cerró los ojos. Una paz absurda, completa, lo inundó.
El peso de ella en sus brazos, el sonido de su respiración, el contraste entre sus pies fríos y su calor… todo encajaba. Era la pieza que faltaba en la sensación de "casa" que su mente había estado construyendo a su alrededor. No necesitaba recordar por qué; solo sabía que era cierto.
Fabiana, en lo profundo de su sueño, sintió la seguridad del abrazo y se acurrucó aún más, una sonrisa inconsciente asomando a sus labios. No soñaba con jefes, ni con mentiras, ni con padres incómodos. Soñaba, simplemente, con calor.
Y así, en la quietud de la noche, la mentira más elaborada se disolvió en un gesto de intimidad real, no fingida, no planeada. Él, abrazando al fantasma de una esposa que nunca existió.
Ella, buscando el consuelo de un paciente al que ya no podía ver solo como un jefe. Los dos, perdidos en sus propias versiones de la verdad, encontraron por error la misma paz en los brazos del otro.