Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 17
# Capítulo 017: La venganza silenciosa
Cuando salieron de la escuela, Aurora todavía tenía los dedos fríos.
El chofer de Damián abrió la puerta de la camioneta, pero ella no subió de inmediato. Se quedó mirando la banqueta, como si el cemento pudiera explicarle qué acababa de pasar.
Camila, Valeria y Sofía estaban a unos pasos, fingiendo revisar sus celulares para no invadirla.
Damián vio el tobillo inflamado, la blusa arrugada, la cara pálida.
También vio lo que nadie más miraba.
Aurora seguía de pie por puro orgullo.
—¿Hospital? —preguntó él.
—Ni loca.
—Clínica privada.
—Tampoco.
—Entonces dime qué necesitas.
Aurora levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero la boca firme.
—Tacos.
Marco tosió para esconder una risa.
Damián lo miró de reojo.
—¿Tacos?
—De pastor. Con piña. Y mucha salsa. Y si me dices que tienes chef francés en tu departamento, te juro que me bajo de la camioneta.
Damián la observó durante dos segundos.
Luego cerró la puerta del lado del chofer con un golpe suave.
—Marco, busca los mejores tacos de pastor cerca.
Aurora levantó un dedo.
—Cerca no. Baratos.
—Aurora.
—Baratos, Damián. Hoy necesito comer algo que no venga con servilleta de tela.
Marco revisó el celular.
—Hay un local en Narvarte. Bufet de tacos al pastor. Sesenta y nueve pesos.
Aurora abrió mucho los ojos.
—Ése. Nos vamos a casar con ese lugar.
Damián no sonrió, pero algo en su expresión se aflojó.
—A Narvarte.
El lugar tenía mesas de metal, ventiladores ruidosos y un trompo de pastor girando detrás del mostrador. Olía a carne dorada, cebolla picada, piña quemadita y salsa verde recién molida.
Aurora entró como si hubiera llegado a un templo.
Damián, con su traje negro hecho a medida y el reloj que probablemente costaba más que el local entero, parecía un error de reparto.
Todos voltearon.
La señora de la caja se quedó con la mano sobre la terminal.
Un grupo de estudiantes dejó de hablar.
Dos meseros se miraron entre sí.
Aurora se dio cuenta y bajó la voz.
—Te dije que no vinieras vestido como dueño de medio país.
—No suelo cargar ropa de taquería.
—Pues ¡qué vida tan triste!
Damián pagó antes de que ella pudiera sacar la cartera.
—Oye.
—Sesenta y nueve pesos no van a quebrarme.
—Ése no es el punto.
—Entonces cobra intereses.
Aurora abrió la boca para responderle, pero justo en ese momento el teléfono empezó a vibrar. Era Camila.
Aurora respondió con el altavoz bajito.
—¿Ya llegaste viva? —preguntó Camila.
—Sí.
—¿Dónde estás?
Aurora miró a Damián.
Damián la miró de vuelta.
Ella tardó medio segundo.
—Comiendo con mi tío.
Damián se atragantó con el agua.
Marco, sentado en la mesa de atrás por orden de su alfa, se tapó la boca con una servilleta.
Camila guardó silencio.
—¿Tu tío?
—Ajá.
—¿El tío guapísimo que llegó a la escuela con cara de querer comprar la SEP para despedir a todos?
Aurora pateó la pata de la mesa, pero le dolió el tobillo y soltó un quejido.
—Camila.
—Bueno, perdón. Tu tío. Claro. ¡Qué familia tan interesante tienes!
Damián bebió agua con una calma demasiado falsa.
Aurora colgó antes de que su amiga dijera algo peor.
—¿Tu tío? — repitió Damián.
—Era eso o explicar que estoy viviendo en el departamento de un millonario que apareció en mi vida después de una noche confusa.
—Entiendo.
—Además, tienes energía de tío regañón.
—Tengo treinta años.
—Exacto. Tío joven.
Damián apoyó los codos en la mesa.
—Te recuerdo que este tío joven acaba de traerte a comer.
—Y por eso lo respeto.
Llegaron los tacos.
Aurora tomó uno con tanta seriedad que Damián no se atrevió a interrumpir. Mordió, cerró los ojos y la tensión de sus hombros bajó un centímetro.
—Esto sí cura traumas —murmuró.
Damián la vio comer el segundo, luego el tercero. Tenía salsa en la comisura de los labios y una gota de agua de jamaica en los dedos. Aurora se limpió con una servilleta de papel, sin elegancia, sin cuidado, con hambre de verdad.
Le gustaba verla así, viva y capaz de reírse aunque el mundo le hubiera puesto el pie en el cuello esa misma mañana.
—Deja de mirarme —dijo ella sin levantar la cabeza.
—Tienes salsa.
—Mentiroso.
Damián tomó una servilleta, se inclinó y le limpió la esquina de la boca.
Aurora se quedó quieta.
El ruido del local siguió: platos, risas, cuchillos contra tablas, el trompo chisporroteando.
Pero en la mesa, entre los dos, el aire se calentó.
Los dedos de Damián rozaron su piel apenas un segundo.
Aurora tragó saliva.
—Gracias.
—De nada.
Ella volvió al taco como si el pastor pudiera salvarla de lo que acababa de sentir.
Damián se recargó en la silla.
El lobo dentro de él estaba demasiado atento.
Demasiado satisfecho.
Demasiado cerca de reclamar lo que todavía no podía reclamar.
Cuando salieron del local, varios clientes seguían mirándolos. Aurora fingió no darse cuenta, pero se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—¿Qué? —preguntó Damián.
—Nada.
—Dilo.
—Nos están viendo.
—Te ven a ti.
Aurora soltó una carcajada seca.
—Claro. Porque tú pasas desapercibido con ese traje de villano rico.
—Prefiero protector rico.
—Eso suena peor.
—Depende de a quién proteja.
Aurora no contestó.
Subió a la camioneta con las mejillas calientes.
El camino de regreso al departamento fue tranquilo. Demasiado tranquilo para alguien como ella, que estaba acostumbrada a esperar el siguiente golpe.
El cuerpo le cobró todo de una vez.
El cansancio, el susto, el dolor del tobillo, los tacos.
Se quedó dormida antes de cruzar Viaducto.
Damián la miró desde el asiento de al lado.
Su cabeza se había ido contra el cristal. Tenía una mano sobre el estómago y la otra cerrada en puño, como si hasta dormida necesitará defenderse.
—Baja la velocidad —ordenó.
El chofer obedeció.
Marco revisó el retrovisor.
—Alfa, tiene reunión a las cuatro.
—La tomaré desde casa.
—Son los de Hacienda Rosaleda.
—Mejor.
Al llegar, Damián no dejó que el chofer la despertara.
Abrió la puerta, pasó un brazo bajo sus rodillas y otro detrás de su espalda. Aurora murmuró algo incomprensible y se pegó a su pecho.
Damián se quedó inmóvil.
El olor de ella subió hasta su garganta.
Olía a rosas después de la lluvia, a piel tibia, a tacos de pastor y cansancio.
El lobo golpeó dentro de él con una exigencia profunda.
La palabra que quiso salirle de la garganta era antigua, salvaje y peligrosa.
Damián cerró la mandíbula.
—Cállate —susurró.
Marco fingió no escuchar.
Doña Lupe abrió la puerta del departamento y se llevó una mano al pecho al verlo entrar con Aurora dormida.
—¡Pobrecita niña!
—Se durmió en el coche.
—¿Comió?
—Tacos.
Doña Lupe parpadeó.
—¿Usted comió tacos?
—Ella comió tacos.
—Ah, ya decía yo.
Damián la llevó a su habitación y la dejó sobre la cama con cuidado. Le quitó los tenis sin despertarla. Doña Lupe apareció con una manta ligera y una bolsa de gel frío para el tobillo.
Aurora se movió cuando la tela la cubrió.
—Mi tío... —murmuró.
Doña Lupe miró a Damián.
Damián sostuvo la mirada con una seriedad mortal.
—Ni una palabra.
La mujer apretó los labios para no reírse.
—Como usted diga, señor.
Pero cuando salió al pasillo y vio la forma en que Damián se quedó junto a la puerta, con la mano todavía cerrada como si no supiera qué hacer con ella, Doña Lupe dejó de bromear.
El jefe no estaba jugando.
Había elegido a esa muchacha.
Y él todavía no sabía cuánto se le notaba.
A las cuatro de la tarde, la pantalla del despacho mostró a tres ejecutivos de Hacienda Rosaleda. Detrás de ellos se veía una sala con cuadros de campos florales, arreglos de exportación y gráficos de producción.
Damián no ofreció café.
No saludó de más.
—BellaRiva deja de recibir producto desde hoy.
El director comercial palideció.
—Señor Montero, tienen contrato vigente por seis meses.
—Revisen la cláusula de calidad prioritaria y la de reasignación por riesgo reputacional.
—Pero BellaRiva depende de nuestra rosa damascena para su línea principal.
—Lo sé.
Marco, de pie a un lado, abrió una carpeta.
Damián ni siquiera miró los papeles.
—Quiero el inventario reasignado a Casa Varela y a los laboratorios de Guadalajara. Cualquier compra indirecta de BellaRiva se bloquea. Si intentan usar intermediarios, los intermediarios pierden crédito.
El director comercial tragó saliva.
—¿Puedo preguntar el motivo?
Damián inclinó la cabeza.
Su voz salió baja.
—Que se queden sin una sola flor.
La llamada terminó ocho minutos después.
Marco guardó la carpeta.
—También habló el director del plantel. Está dispuesto a suspender a Mendoza mientras investigan el manejo del caso.
—No me interesa una suspensión decorativa.
—Entendido.
—Quiero actas, sanciones y disculpa pública institucional. Sin mencionar a Aurora.
—Sí, alfa.
Damián tomó el celular y marcó a Diego Lara.
El fiscal contestó al tercer tono.
—Montero. Si llamas por Bruno Zavala, ya me imaginaba.
—No imagines. Muévete.
Diego soltó aire.
—La FGR no es tu oficina privada.
—Pero sí conoce los expedientes que se duermen cuando alguien paga lo suficiente.
Silencio.
—¿Qué tan rápido lo quieres?
—Antes de que la familia Zavala encuentre una salida.
—Necesito elementos.
—Marco te manda el paquete en cinco minutos.
Diego bajó la voz.
—¿Esto es por la chica?
Damián miró hacia la puerta cerrada del pasillo, detrás de la cual Aurora dormía.
—Esto es por lo que le hicieron.
Diego entendió.
—Cinco minutos, entonces.
Damián colgó.
La tarde cayó sobre la ciudad con una luz gris. Desde el ventanal, la CDMX parecía una máquina inmensa: avenidas llenas, edificios encendidos, sirenas a lo lejos.
Marco recibió un mensaje y frunció el ceño.
—Alfa.
—Habla.
—El consejo está preguntando por usted.
Damián no volteó.
—Siempre preguntan.
—Esta vez preguntan por qué no volvió a la residencia del clan después del incidente de la luna pasada. También preguntan por... ella.
El aire del despacho cambió.
Marco enderezó la espalda.
—Don Esteban los bloqueó. Dijo que cualquier asunto familiar pasa por él hasta que usted decida responder.
Damián apoyó una mano contra el vidrio.
—Dile a mi abuelo que voy a manejarlo.
—¿Y si el consejo insiste?
—Entonces que insistan desde lejos.
Marco asintió, pero no se fue.
—Alfa, mientras más se acerque la luna llena, más van a notar su ausencia.
Damián cerró los ojos.
La luna todavía no estaba en el cielo, pero su sangre ya la sentía.
And en el cuarto al fondo del departamento dormía una mujer sin marca, sin defensa, con el destino entero amarrado al suyo.
—Lo sé.
Marco bajó la voz.
—¿Quiere que prepare la casa de Bosques?
—Mañana.
—Sí, alfa.
Cuando Marco salió, Damián se quedó solo.
La ciudad encendía sus luces una por una.
Pensó en Selene Luna.
En la mujer que había perdido su casa, su nombre, su hija.
En Don Augusto encerrado lejos de todo.
En Aurora aprendiendo a llamar hogar a lugares donde nadie la quería.
Damián apoyó la frente contra el vidrio frío.
—Ya viene, mamá —dijo al aire, con una voz que nadie más escuchó—. Ya viene la tormenta para los que la lastimaron.
Y por primera vez en años, el silencio le respondió con algo parecido a una promesa.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭