Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 11
Tres semanas habían pasado, desde el altercado con Montes, no habían sabido nada de él, mientras Marco y Laura estaban intentando reacomodar la documentación de la herencia.
Ese día llegaron a la oficina, una mañana agitada, Laura seguía trabajando para Marco, había encontrado a un aliado. La hora del almuerzo llegó pero mientras caminaban hacia la salida, Laura sintió un mareo punzante. Se apoyó en el marco de la puerta, pálida.
—¿Laura, te sientes mal?
Preguntó Marco, su voz cargada de preocupación genuina
—tranquilo, no es nada
—Estas palidas, tal vez deberíamos pasar por una clínica. No quiero que el estrés te pase factura. Hemos tenido días llenos de trabajo.
—Es solo la faja, de verdadInsistióió ella, aunque por dentro sabía que algo era diferente.
—Y los nervios de enfrentarme a ese imbécil, cuando se signe a aparecer.
—No me fío
Dijo Marco, guiándola con suavidad.
—Vamos a que te revisen. Si quieres que sea tu socio en el viñedo, tengo que asegurarme de que mi socia principal esté al cien por cien.
En la clínica privada, el ambiente era aséptico y tranquilo. Laura se sentía fuera de lugar, todavía procesando que era la dueña de un viñedo histórico. Marco no soltó su mano en la sala de espera, ignorando las miradas curiosas de la gente que lo reconocía.
La doctora, una mujer mayor de ojos amables, llamó a Laura. Marco insistió en entrar. Después de una breve revisión y algunas preguntas sobre sus síntomas, la doctora arqueó una ceja y miró a Marco, luego a Laura.
—Señorita Durán, ¿cuándo fue su último periodo?
Preguntó con naturalidad.
Laura hizo cálculos rápidos. Con todo el lío de la Hacienda, el trabajo y los papeles de su propiedad, ni siquiera lo había pensado.
—Eh... hace unas seis semanas, creo. Pero siempre he sido irregular, mi médico dice que es por el peso, ya sabe...
La doctora asintió y preparó el equipo de ultrasonido.
—Vamos a echar un vistazo por si acaso. El estrés a veces oculta otras cosas.
Marco se quedó de pie al lado de la camilla, visiblemente incómodo pero decidido a no irse. Él sabía, con una certeza amarga, que no podía ser lo que la doctora insinuaba. La infertilidad era su sombra constante.
Cuando el monitor se encendió, la doctora movió el transductor sobre el vientre de Laura. De repente, se detuvo.
—Bueno
dijo la doctora con una sonrisa.
— Aquí tenemos la razón de sus náuseas, señorita Durán.
Laura miró la pantalla, sin entender nada. Solo veía manchas grises. Pero Marco... Marco se quedó sin respiración. Sus ojos estaban fijos en dos pequeños puntos que palpitaban con una fuerza increíble.
—¿qué es?
susurró Laura, con la voz quebrada.
—estas embarazada, y es recién, pero aquí están los dos puntitos
Corrigió la doctora, moviendo el transductor ligeramente.
—Son dos. Tienes un embarazo gemelar. Unos pocos dias, diría yo.
El silencio que siguió fue más profundo que el de la sala de juntas. Laura miró a Marco, esperando ver rechazo, confusión o duda. Pero lo que vio la dejó sin palabras. Marco Alarcón, el hombre de acero, el CEO que no creía en milagros, estaba llorando. Se dejó caer de rodillas al lado de la camilla, tomando la mano de Laura y besándola con una devoción casi religiosa.
—Es imposible...
Murmuró Marco entre sollozos.
—Los médicos dijeron... Que no podía tener hijos...
—A veces los diagnósticos no son precisos y Dios existe, señor Alarcón.
Dijo la doctora con suavidad.
— Y la vida tampoco lee los informes médicos, señor Alarcón.
Laura acarició el cabello de Marco, sintiendo una conexión que trascendía los papeles, los viñedos y los kilos. En ese pequeño cuarto de hospital, el misterio de su pasado y la imposibilidad de su futuro se habían unido en un presente perfecto.
—Parece que vamos a necesitar mucha más comida de la que pensábamos, Marco
dijo Laura con una risa nerviosa, mientras las lágrimas también empezaban a rodar por sus mejillas.
—La busco toda si es posible, Laura
Respondió él, mirándola con una luz que ella nunca había visto.
La salida de la clínica no fue la marcha triunfal que Laura hubiera imaginado para la dueña de un viñedo y futura madre de gemelos. Fue más bien un desfile de sonambulismo emocional. Marco caminaba a su lado como si el suelo estuviera hecho de cristal soplado, sujetándola del brazo con una delicadeza que empezaba a poner a Laura de los nervios.
—Marco, por el amor de Dios, estoy embarazada, no me he convertido en una figurita de Lladró
bufó ella mientras intentaba abrir la puerta del coche.
—Puedo usar mis propios músculos, gracias.
Marco la miró con unos ojos que todavía brillaban por el rastro de las lágrimas, pero que ahora tenían ese brillo maníaco de quien acaba de descubrir el sentido de la existencia.
—Dos, Laura. Son dos
Susurró él, ignorando su protesta.
—Los médicos dijeron que mis probabilidades eran de un 0.01%. Eso no es ciencia, eso es un error de redondeo. Y ahora hay dos pequeñas fotocopias nuestras ahí dentro.
—Bueno, esperemos que saquen tu mandíbula y mi sentido del humor, porque si sacan mi metabolismo y tu carácter, vamos a necesitar un equipo de psicólogos y una panadería propia
Replicó Laura, subiendo al asiento del copiloto con un gemido.
—Y hablando de panaderías, si no como algo sólido en los próximos diez minutos, el primer gemelo se va a comer al segundo. Es una ley de la naturaleza, Marco.
Él se rió, un sonido limpio y juvenil que Laura nunca le había escuchado en la oficina. Arrancó el Porsche y puso rumbo al algún lugar para comer, decidiendo que la oficina podía arder en llamas por un par de horas