Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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La sonrisa de Lola
Capítulo 9: La sonrisa de Lola
El sábado amaneció diferente para Camila. Por primera vez desde que había llegado a Madrid, no tenía que ir a la oficina. Apagó el despertador antes de que sonara y permaneció unos minutos observando a Lola, que seguía profundamente dormida con su inseparable osito de peluche entre los brazos.
Aquella imagen era suficiente para recordarle que todos los sacrificios habían valido la pena.
Se levantó en silencio y preparó el desayuno. El aroma del café recién hecho comenzó a invadir el pequeño departamento.
—¡Huele rico! —dijo Lola mientras aparecía despeinada en la cocina.
Camila sonrió.
—Buenos días, dormilona.
—¿Hoy no trabajás?
—No. Hoy es nuestro día.
Los ojos de Lola se iluminaron.
—¿Podemos pasear?
—Claro. Vamos a conocer un poco más Madrid.
La pequeña dio un salto de alegría y corrió a cambiarse de ropa.
Una hora después caminaban por las calles del centro de Madrid. Camila llevaba una mochila pequeña con agua, frutas y una campera por si refrescaba. Lola, en cambio, no dejaba de mirar cada rincón con una curiosidad infinita.
—¡Mamá, mirá ese edificio!
—Es precioso, ¿verdad?
—¿Y esa fuente?
—También.
Todo parecía sorprenderla.
Camila disfrutaba verla tan feliz. Después de meses difíciles en Argentina, volvía a escuchar esa risa que tanto había extrañado.
Llegaron a la Plaza Mayor, donde decenas de familias paseaban entre artistas callejeros, músicos y turistas.
Un hombre inflaba enormes pompas de jabón que volaban con el viento.
Lola abrió los ojos de par en par.
—¿Puedo ir?
—Claro, pero despacito.
La niña comenzó a correr detrás de las burbujas mientras reía sin parar.
Camila la observaba desde un banco.
No podía dejar de sonreír.
Al mismo tiempo, a pocas cuadras de allí, Nicolás Ferrer terminaba una sesión de fotos para uno de sus patrocinadores.
Había sido una mañana larga.
Lo único que quería era caminar un rato sin cámaras ni periodistas.
Se colocó una gorra y unas gafas de sol para pasar desapercibido.
Su guardaespaldas insistió en acompañarlo a cierta distancia.
Nicolás caminó sin rumbo por el centro de Madrid.
Necesitaba despejar la cabeza.
Sin darse cuenta, terminó llegando a la Plaza Mayor.
Se detuvo unos segundos para observar el ambiente.
Familias.
Niños jugando.
Turistas sacando fotografías.
Era agradable sentirse una persona normal, aunque fuera por unos minutos.
Entonces escuchó una carcajada infantil.
Una risa tan contagiosa que hizo que girara la cabeza.
Era una niña de cabello castaño persiguiendo pompas de jabón.
Sonreía con una felicidad que parecía iluminar toda la plaza.
Nicolás no pudo evitar sonreír también.
Le recordó a su infancia.
Mientras seguía observándola, la pequeña corrió detrás de una burbuja que el viento empujó hacia un banco.
Sin mirar hacia adelante, chocó suavemente contra sus piernas.
—¡Uy! Perdón —dijo la niña levantando la vista.
Nicolás se agachó hasta quedar a su altura.
—No pasó nada.
—Es que quería atrapar esa burbuja.
—¿La alcanzaste?
Lola negó con la cabeza haciendo un puchero.
—Se escapó.
Nicolás soltó una risa.
—Seguro aparece otra.
En ese momento una voz conocida se escuchó a pocos metros.
—¡Lola!
Camila caminaba rápidamente hacia ellos.
Cuando levantó la vista y reconoció al hombre que estaba frente a su hija, se quedó completamente inmóvil.
—¿Nicolás?
Él también la reconoció de inmediato.
—Camila...
Durante unos segundos ninguno supo qué decir.
Lola miró a uno y a otro con curiosidad.
—¿Se conocen?
Camila sonrió con algo de vergüenza.
—Sí... trabajamos en la misma empresa.
Nicolás volvió a mirar a la pequeña.
—Así que vos sos Lola.
—¿Cómo sabés mi nombre?
Camila respondió antes que él.
—Lo acabo de decir.
—Ah... es verdad.
Los tres rieron.
La tensión desapareció por un instante.
—¿Vinieron a pasear? —preguntó Nicolás.
—Sí. Quería que conociera un poco la ciudad.
Lola tomó la mano de su mamá.
—Madrid es muy lindo.
—Estoy de acuerdo —respondió Nicolás.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos.
Camila seguía sorprendida por aquella coincidencia.
No podía creer que, entre millones de personas, el destino volviera a cruzarlos.
Nicolás tampoco encontraba una explicación.
Había salido sin un plan.
Y allí estaba otra vez ella.
—Bueno... no queremos molestarte —dijo Camila.
—No es ninguna molestia.
Lola levantó la vista.
—¿Vos sos futbolista?
Camila abrió mucho los ojos.
—Lola...
Nicolás sonrió.
—Sí.
—¿Jugás bien?
Él soltó una carcajada.
—Eso intento.
La pequeña asintió muy seria.
—Cuando sea grande voy a ir a verte.
—Entonces voy a tener que jugar muy bien ese día.
Los tres volvieron a reír.
Después de unos minutos, Camila decidió continuar el paseo.
—Fue un gusto verte.
—Igualmente.
Lola levantó la mano.
—¡Chau!
—Hasta luego, campeona.
Nicolás los observó alejarse entre la gente.
No podía borrar la sonrisa de su rostro.
Había algo especial en esa mujer.
Y algo aún más especial en la forma en que miraba a su hija.
Mientras tanto, Camila caminaba en silencio.
No entendía por qué cada encuentro con Nicolás parecía tan natural.
Como si el destino insistiera, una y otra vez, en demostrarles que sus caminos apenas estaban comenzando a unirse bajo el cielo de Madrid.