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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Cap. 01: La sirvienta que pidió su libertad.

Camila Rojas no tenía derecho a entrar al salón principal de la Casa Vega.

La celebración era para Damián Vega.

Tres años atrás, el heredero de la manada había regresado de la frontera con las piernas destrozadas, el lobo encerrado bajo la piel y un temperamento tan oscuro que hasta los guerreros evitaban respirar cerca de su puerta. Durante tres años, Camila había cambiado vendajes, preparado baños de hierbas, limpiado sangre seca de las sábanas y soportado mordidas de palabras más dolorosas que cualquier garra.

Ahora Damián caminaba.

Ahora Damián sonreía.

Y Camila, que había contado cada madrugada de fiebre a su lado, esperaba en el pasillo de servicio con una charola vacía entre las manos.

La música del salón cruzaba las puertas de madera como una burla. Violines, copas, risas. El perfume caro de las familias invitadas flotaba por encima del olor a carne asada, vino tinto y flores blancas. Bajo todo eso, Camila alcanzaba a distinguir la marca de cada lobo: orgullo, ambición, deseo de acercarse al heredero que todos daban por perdido y que ahora volvía a ser útil.

Su propia loba, pequeña y cansada, permanecía quieta.

No era miedo.

Era costumbre.

Una de las criadas mayores abrió apenas la puerta para entrar con otra bandeja. Camila alcanzó a ver a Damián al centro del salón, vestido de negro, con una copa entre los dedos y los ojos plateados brillando como si la enfermedad de esos años nunca lo hubiera tocado. Beatriz Vega estaba a su lado, cubierta de joyas y sonrisas. Frente a ellos, Elena Salazar aceptaba felicitaciones con una serenidad perfecta.

La futura Luna de Vega.

Hermosa, noble, limpia de cualquier rumor.

Camila bajó la mirada antes de que alguien pudiera verla.

No le dolía que Damián fuera a casarse con Elena. Eso se sabía desde antes de la guerra, desde antes de la herida, desde antes de que Camila fuera comprada para servir en la casa. Lo que dolía era recordar la mano de Damián apretándole la muñeca cuando el dolor lo hacía delirar, su voz rota llamándola en la oscuridad, la forma en que la obligaba a seña junto a su cama porque decía que solo su olor lo dejaba dormir.

Y ahora ni siquiera la había mandado llamar.

«Mejor», pensó Camila.

Si no la llamaba, no tendría que arrodillarse.

Entonces, una risa más alta que las demás cortó la música.

Tomás Yáñez. Camila conocía esa voz. Todos los empleados de Casa Vega la conocían. Era el tipo de hombre que bebía antes del mediodía y usaba el rango de su familia para tocar lo que no debía.

—Damián, hay algo que todos queremos saber —dijo Tomás, arrastrando las palabras con alegría venenosa—. La muchacha que te cuidó estos años... esa rango bajo de trenzas oscuras. Fue muy devota, ¿no? ¿Vas a recompensarla con algún lugar en tu casa?

El pasillo se quedó en silencio.

Camila dejó de respirar.

Dentro del salón, las risas se apagaron una por una. Hasta la música pareció inclinarse para escuchar.

Por un instante absurdo, Camila pensó que Damián no respondería. Que bebería de su copa, miraría a Elena y dejaría morir la pregunta por vulgar. Había cosas que un heredero no necesitaba decir en público.

Pero Damián rió.

Una risa baja, limpia, casi joven.

—¿Camila? —preguntó, como si el nombre apenas le sonará—. Es buena sirviendo. Muy buena. Si te interesa, pídele a mi madre que te transfiera su juramento. Quizás en tu casa también sepa ser útil.

Algo se rompió.

No fue un sollozo. Camila no le dio a nadie ese gusto.

Fue más pequeño. Más profundo. Como una hebra que llevaba años apretada alrededor de su pecho y por fin se partía.

Adentro, alguien rió con incomodidad. Otro hizo un comentario que Camila no alcanzó a distinguir. El aroma de Elena, naranja fría y papel limpio, se agitó apenas, pero su voz no llegó al pasillo.

Camila bajó la charola al suelo con cuidado. Si la soltaba, haría ruido. Si hacía ruido, entrarían a verla. Si la veían, le exigirían que bajara la cabeza.

Ya no.

Se limpió las manos en el delantal, aunque las tenía limpias, y caminó hacia la oficina de Beatriz Vega.

La encontró media hora después, cuando la matriarca se retiró del salón para cambiarse los pendientes. Beatriz olía a rosas frías y sándalo, un perfume tan denso que cubría casi todo rastro de lobo. Casi.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Beatriz, sin levantar la vista del espejo.

Camila se arrodillo porque aún no tenía permiso para hacer otra cosa.

—Vengo a pedir mi liberación, doña Beatriz.

La mujer detuvo los dedos sobre un broche de oro.

—¿Tu liberación?

—Mi Collar de juramento. El servicio de tres años terminó. El alfa Damián ya camina, ya puede presentarse ante la manada y ya no necesita una cuidadora en su habitación.

Beatriz la miró entonces. Primero con sorpresa, después con cálculo.

Camila sabía lo que la otra mujer veía: una joven de veintiún años, rango bajo, manos agrietadas por jabones medicinales, vestido gris de servicio, trenza oscura sobre un hombro. Nada peligroso. Nada caro. Nada que una familia como Vega no pudiera reemplazar antes de la cena.

—Creí que pedirías un lugar —dijo Beatriz.

—No quiero un lugar en Casa Vega.

—Muchas muchachas matarían por tenerlo.

—Entonces dele mi cama a una de ellas.

La frase salió antes de que Camila pudiera suavizarla.

El aire de la oficina se enfrió.

Beatriz apoyó lentamente el broche sobre la mesa.

—Cuidado, niña.

La loba de Camila se encogió. La mujer frente a ella no era alfa, pero llevaba demasiados años mandando dentro de esas paredes. Su voz tenía peso, costumbre, dientes prestados.

Camila inclinó la cabeza.

—Perdón. Solo quiero irme.

Beatriz la observó un largo momento. Afuera, el salón volvió a reír. Una carcajada masculina, un brindis, el nombre de Damián dicho con admiración.

La matriarca suspiró.

—Si te quedas, tarde o temprano alguien dirá que mi hijo te prometió algo. Si te mando lejos sin nada, dirán que los Vega no sabemos pagar lealtades. —Su sonrisa apareció despacio—. Muy bien. Te daremos una liberación limpia. Dinero suficiente para que tu familia deje de ladrar en nuestra puerta. Ropa. Algunas cosas de la despensa. Y no volverás a hablar de lo que ocurrió en la habitación de mi hijo.

—No había nada de qué hablar.

—Me alegra que lo entiendas.

Un escribano de la casa fue llamado. El documento llegó en una carpeta de cuero. Camila vio su nombre, Camila Rojas Marín, escrito junto a la palabra «liberada». Vio el sello de la manada Vega, la firma de Beatriz y una línea final donde Damián debía confirmar que ya no reclamaba su servicio.

El escribano carraspeó.

—El heredero está ocupado. Doña Beatriz puede firmar en su nombre como matriarca autorizada.

Camila miró la línea vacía.

Algo en su pecho se tensó.

—¿Es válido?

Beatriz arqueó una ceja.

—¿Ahora sabes de leyes de manada?

—No, señora. Por eso pregunto.

El escribano mojó la pluma en tinta.

—Es válido mientras nadie lo dispute.

No era una respuesta tranquilizadora.

Pero era una puerta abierta.

Camila tomó la carpeta cuando se la entregaron. El cuero estaba tibio por las manos de otros. Su libertad olía a tinta, cera roja y rosas frías.

No olía a ella todavía.

Dos horas después, un coche negro de los Vega la dejó frente a la casa de los Rojas con dos baúles, tres canastas de comida y un sobre con dinero. Los vecinos salieron a mirar. Marta Rojas corrió a la puerta con las mejillas encendidas, primero de susto, después de codicia.

—¡Virgen santa, Cami! ¿Qué hiciste?

—Me fui.

—¿Te echaron?

—Pedí mi liberación.

Marta abrió la boca como si Camila hubiera dicho que había incendiado la casa.

—¿Pediste irte? ¿De Casa Vega? ¿Justo ahora que el señor Damián está sano?

Camila cargó una canasta antes de que el cochero pudiera tirarla al suelo.

—Justo ahora.

Su hermano Nico apareció detrás de Marta, con manchas de tinta en los dedos y los ojos enormes.

—¿Te quedas en casa?

La pregunta tenía tanta esperanza que Camila sonrió por primera vez en todo el día.

—Si me dejan dormir.

Marta no sonrió. Entró tras ella, cerró la puerta y bajó la voz.

—Hija, dime que no fuiste tan tonta. Una mujer como tú no consigue otra oportunidad así. Si el heredero te tenía cerca, algo sentía. Podías pedir una casa pequeña, una pensión, un hijo reconocido...

Camila dejó la canasta sobre la mesa.

Olían a pan dulce. A carne guisada. A fruta madura. Por primera vez en años, todo eso era suyo y no sobras contadas por otra ama de llaves.

—Damián Vega dijo en pleno salón que, si otro hombre quería, podía pedirme transferida como quien pide una silla.

Marta palideció.

—Tal vez fue una broma.

—Entonces que se ría sin mí.

—Cami...

—Mamá, si vuelves a decirme que debí quedarme para que un hombre rico me mire con lástima, mañana mismo busco una pieza en otro barrio.

El silencio llenó la cocina.

Marta tenía defectos. Muchos. La pobreza le había metido miedo en los huesos y ambición en la lengua. Pero no era cruel hasta el final. Miró la carpeta de cuero bajo el brazo de Camila, luego sus manos marcadas por años de servicio, y sus ojos se humedecieron.

—Solo no quiero que pases hambre.

Camila soltó una risa cansada.

—Hoy no voy a pasar hambre.

Abrió una de las canastas. Sacó pan, queso, un frasco de miel, tamales envueltos y una olla pequeña aún tibia. Nico aplaudió como si aquello fuera un banquete de reyes. Marta intentó regañarlo por meter los dedos, pero Camila le puso un pan entero en la mano.

—Come.

Esa noche comió hasta que le dolió el estómago.

Comió pan dulce con miel. Comió caldo. Comió dos tamales y medio porque Nico no terminó el suyo. Marta la miró con preocupación, como si cada bocado fuera una moneda menos, pero no dijo nada. Camila se lo agradeció en silencio.

Más tarde, cuando la casa quedó quieta y el scent de la lluvia entró por las rendijas, Camila se acostó en el colchón que había sido suyo de niña. La manta olía a jabón barato, madera vieja y polvo. No olía a sangre. No olía a medicina amarga. No olía al lobo herido de Damián despertándola a mitad de la noche.

Su loba levantó la cabeza dentro de ella.

Camila apoyó la carpeta de liberación contra el pecho.

—Ya no somos de Vega —susurró.

Por primera vez en tres años, nadie la llamó.

Y el silencio le supo a libertad.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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