Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 10: Vestido Negro
Por fin llegó el día de la boda. El jardín de la mansión Lecrec había sido decorado de forma provisional y austera: sillas blancas dispuestas en filas, un pequeño arco de flores blancas y un juez de paz esperando bajo un toldo. Apenas había una docena de invitados: algunos abogados, John Anderson, Benjamin y el resto de la familia Spencer. Ningún amigo cercano de Elena. Ninguna celebración real.
Sebastian esperaba de pie junto al juez, impecable con un traje negro hecho a medida. Su expresión era seria, casi impenetrable.
Cuando Elena apareció en la entrada del jardín, un murmullo recorrió a los pocos presentes. Llevaba un vestido negro largo, elegante pero completamente inapropiado para una boda. El color oscuro contrastaba con su piel pálida y su cabello rubio recogido en un moño sencillo. Caminaba con la cabeza alta, aunque sus ojos verdes brillaban con desafío.
Sebastian se acercó a ella con pasos medidos. Se inclinó ligeramente y le susurró al oído:
—Te ves bien de negro. Sabes perfectamente que todo esto lo haces para enfadarme, ¿verdad?
Elena no lo miró.
—Este es el color que merece este circo.
La ceremonia fue breve y fría. El juez carraspeó y comenzó:
—Sebastian Spencer, ¿acepta usted a Elena Lecrec como su esposa, por libre y espontánea voluntad, en los términos acordados?
—Acepto —respondió Sebastian con voz firme y clara.
El juez se volvió hacia Elena.
—Elena Lecrec, ¿acepta usted a Sebastian Spencer como su esposo, por libre y espontánea voluntad, en los términos acordados?
Elena sintió un nudo enorme en la garganta. Las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo con pura fuerza de voluntad. Tras unos segundos eternos, susurró:
—Acepto.
Firmaron los documentos. El juez declaró el matrimonio legal. No hubo beso. No hubo aplausos. Solo un silencio incómodo.
Durante la pequeña reunión posterior, Matilda se acercó a Elena con el rostro rojo de furia.
—¿Por qué hiciste esto? —siseó, señalando el vestido negro—. ¡Nos has dejado en ridículo delante de todos! ¿Qué clase de esposa se presenta de luto en su propia boda?
Elena la miró directamente, sin miedo.
—Solo me vestí para la ocasión. Hoy es el día más oscuro de mi vida. No voy a fingir que celebro nada.
Matilda perdió el control. Tomó una tijera que estaba sobre una mesa de servicio (usada antes para cortar cintas) y, delante de todos los presentes, cortó violentamente la falda del vestido de Elena. El tejido se rasgó con un sonido horrible.
—¡Esto es lo que mereces por tu insolencia!
Elena soltó un grito ahogado. La humillación fue gigantesca. Con el vestido destrozado, giró sobre sus talones y corrió hacia la mansión, ignorando las miradas de todos. Se encerró en la habitación principal y no salió en todo el día. Ni siquiera bajó a cenar.
A la mañana siguiente, Elena despertó con un peso sobre el colchón. Sebastian dormía a su lado, completamente vestido sobre las sábanas, como si hubiera velado su sueño. Su presencia era imponente incluso dormido.
Elena se levantó con sigilo, se duchó, se maquilló cuidadosamente para ocultar las ojeras y se vistió con uno de sus trajes de oficina. Bajó al comedor dispuesta a retomar algo de normalidad.
La servidumbre comenzó a servir el desayuno. Mary, una de las chicas más jóvenes, se acercó con la cafetera para servirle a Sebastian. Matilda levantó la mano de inmediato.
—Deja eso, Mary. Que sea la señora de la casa quien cumpla con sus obligaciones conyugales.
La mesa se tensó al instante. Alfred bajó la mirada. Benjamin frunció el ceño. Stephanie sonrió con malicia.
Elena se quedó paralizada unos segundos. Luego, con furia contenida ardiendo en su pecho, se levantó, tomó la cafetera de las manos de Mary y se acercó a Sebastian.
Sirvió el café con movimientos bruscos, casi derramándolo. El líquido caliente temblaba en la taza.
—Aquí tiene… esposo —dijo con voz cargada de veneno.
Sebastian levantó la mirada hacia ella. Por un momento, sus ojos grises mostraron algo parecido a satisfacción.
—Gracias, querida —respondió con calma deliberada—. Veo que empiezas a entender tu lugar.
Elena dejó la cafetera con fuerza y se sentó de nuevo, con la mandíbula apretada y el corazón latiéndole con rabia. La guerra entre ellos apenas comenzaba, y cada día prometía ser más dura que el anterior.