Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 18
Seinec, sintiendo una profunda tristeza por la situación, le dijo con suavidad:
—Bueno, ya se hizo tarde, deberías ir a dormir.
—Oye, Seinec, ¿podrías quedarte conmigo hasta que me duerma?
—Claro que sí. ¿Te leo un cuento de hadas? —preguntó Seinec.
—¿Conoces algunos?
—¡Muchos! ¿Te gustaría escuchar la historia de Pulgarcito?
—¡Sí! —exclamó la pequeña.
Mientras Seinec contaba la historia, Borans estaba despierto en la oficina, evaluando qué podía robar o vender. Minutos después, salió a la sala para observar de cerca el cuadro de pintura. En ese momento, Seinec bajó las escaleras y se toparon de frente.
—¡Ay! —exclamó ella.
—La asusté, disculpe —dijo él.
—No, no es que me haya asustado... —respondió ella, tratando de recomponerse.
—Estaba buscando la cocina.
—¿La cocina? —dijo ella—. La cocina está enfrente de su habitación.
—¿En serio? ¡Qué tonto! Debe ser un efecto secundario de la medicina —dijo Borans, fingiendo confusión.
Ella lo miró con duda:
—¿Se encuentra mejor?
—Sí, de hecho los medicamentos funcionaron; ya no me duele la garganta y me siento mejor del estómago, solo un poco mareado.
—Bueno, si necesita otra cosa...
—No, ¿qué más se puede pedir? Gracias. Ahora sé dónde está la cocina, así que bajaré. Buenas noches.
—Buenas noches, que descanse —respondió ella, observándolo alejarse antes de regresar junto a Zerimar.
Pasada la medianoche, la pequeña Zerimar comenzó a agitarse en la cama, atrapada por una pesadilla.
—¡Tía, tía! —gritaba entre sollozos—. ¡No te vayas! ¡No me dejes, por favor! ¡No me dejes!
Seinec, al escucharla, entró rápidamente a la habitación.
—Zerimar, Zerimar, está bien, ya pasó —dijo mientras la rodeaba con sus brazos—. Estoy aquí, cálmate, no te preocupes.
La pequeña se aferró a ella, llorando desconsolada.
—¿Qué pasó? ¿Tuviste una pesadilla? Ya pasó, tranquila —susurraba Seinec intentando calmarla.
—Quiero a mi papá... —dijo la niña entre hipidos.
—Tu papá está abajo, tesoro.
—Quiero verlo, por favor, Seinec —suplicó la pequeña, intentando bajar de la cama.
—Está bien, pero está durmiendo. ¿Quieres que lo despierte?
—¿No se ha ido? —preguntó ella con miedo.
—No, está aquí.
—Quiero verlo, por favor —insistió Zerimar.
—Está bien, sal de la cama —cedió Seinec—. Vamos a ver a tu padre, te sentirás mucho mejor. Toma mi mano, vamos a lavarte la cara primero; tranquila, ya falta poco.
Borans, que escuchaba sus pasos acercarse, se hizo el dormido de inmediato. Al llegar, Seinec señaló al hombre con delicadeza.
—Mira, tu padre está durmiendo.
Zerimar se acercó a verlo, pero Seinec, manteniendo el tono bajo, le dijo:
—No lo molestemos, debe de estar cansado. Vámonos.
Ambas dieron media vuelta y regresaron a la habitación. Apenas la puerta se cerró, Borans abrió los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio.
—Ay, espero que no haya soñado conmigo —murmuró, sintiendo un escalofrío—. Uff, no puede ser... —dijo antes de volver a quedarse profundamente dormido.
A la mañana siguiente, los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana. La pequeña Zerimar despertó antes que nadie. Con mucho cuidado, extrajo de su escondite una lámina arrugada que parecía un antiguo mapa. Sus ojos recorrían las líneas y los dibujos con una seriedad impropia de su edad, mientras susurraba para sí misma, repitiendo en voz baja las instrucciones escritas en el papel, palabra por palabra, como si estuviera memorizando un conjuro o una ruta secreta que solo ella debía conocer.
Mientras tanto, en la oficina, Borans aún permanecía sumido en un sueño profundo, ajeno a los descubrimientos de su hija. El silencio de la casa fue interrumpido abruptamente por el sonido estridente de su teléfono celular, que vibraba con insistencia sobre la mesa de madera.
Borans se removió, aturdido, y logró alcanzar el aparato. Al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par: era su amigo Ogur, quien lo llamaba con urgencia. Borans se sentó en el sofá, aún con el peso del sueño sobre los hombros, y contestó con cautela, asegurándose de que nadie lo estuviera escuchando desde el pasillo.