Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 6
Capítulo 6: La cicatriz de plata
El juramento no dolía todo el tiempo.
Eso lo hacía peor.
Milena pasó el día encerrada en el ala este, con dos guerreros en la puerta y una bandeja de comida intacta sobre la mesa. Cada cierto tiempo, la muñeca izquierda le ardía. Sin marca, sin hilo visible; solo una punzada roja bajo la piel.
Cada vez que ardía, pensaba en Dante.
No por gusto.
Porque el dolor no parecía suyo.
Al anochecer, Jacobo apareció con ropa limpia y una orden.
—El Alpha necesita el baño de purga.
Milena miró la puerta abierta detrás de él.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Preguntó por usted.
—Qué honor.
—No sonó como un favor.
Milena se levantó.
—Nunca suena como un favor con ustedes.
Jacobo la condujo a un ala subterránea de Casa Lirio. Cuanto más bajaban, más fuerte olía a piedra caliente, metal y acónito. El aire le raspó la garganta.
La sala de baño era circular. En el centro había una tina de piedra negra, llena de agua humeante con brillo verde oscuro y pequeñas flores blancas flotando sobre la superficie.
Dante estaba sentado en el borde, sin camisa.
Milena se detuvo.
El cuerpo del Alpha parecía hecho para la guerra y para la fiebre. Hombros anchos. Costillas marcadas por días sin alimento. Cicatrices viejas sobre el pecho. Y las líneas plateadas en las muñecas, más visibles bajo la luz de las velas.
Era peligro enfermo, no belleza tranquila.
—Cierre la boca, Cruz —dijo Dante.
Milena la cerró.
Luego la volvió a abrir.
—Usted está sentado al lado de una tina llena de veneno y quiere burlarse de mí.
Jacobo dejó una caja de frascos sobre una mesa.
—El baño baja la fiebre del acónito.
—También le quema la piel.
—Sí.
Milena miró a Dante.
—¿Y esta es la parte donde todos fingen que es normal?
Dante apoyó una mano en la piedra.
—Esta es la parte donde usted decide si sabe hacer algo útil.
El juramento ardió en su muñeca.
Milena apretó los dientes.
—Si quiere mi ayuda, pídala.
Jacobo se quedó inmóvil.
Dante la miró.
El aire se tensó.
—Ayúdeme —dijo al fin.
La palabra no fue suave. Pero fue real.
Milena tomó aire y se acercó a la mesa. Había frascos con acónito diluido, sal negra, aceite de laurel y polvo de plata. Demasiada plata.
—Esto está mal.
Jacobo frunció el ceño.
—El sanador Vargas preparó la mezcla.
—Entonces Vargas quiere que sobreviva débil, no que sane.
Dante soltó una risa seca.
—Eso suena a él.
Milena quitó dos frascos de plata.
Jacobo dio un paso.
—No puede alterar la dosis.
—Míreme.
Él la miró.
Milena sostuvo el frasco frente a su nariz.
—Esto huele a cadena, no a cura.
Dante no dijo nada.
Jacobo tampoco.
Milena mezcló aceite de laurel con agua limpia y una sola gota de acónito. Luego tomó el paño y lo hundió en la tina.
—Entre.
Dante se levantó.
Milena apartó la mirada tarde.
Él lo notó.
—¿Le incomoda mi cuerpo o las cicatrices?
—Me incomoda la gente que habla cuando está a punto de desmayarse.
—Entonces voy mejorando. Ayer no podía hablar.
Entró en la tina.
El agua tocó su piel.
Dante no gritó.
Pero sus dedos quebraron el borde de piedra.
El olor a veneno subió de golpe. Milena se acercó y le puso el paño en la nuca. Su piel quemaba. El acónito salía por los poros y mordía el aire.
—Respire por la boca.
—No me dé órdenes.
—Entonces ahóguese con dignidad.
Un sonido bajo le vibró en el pecho.
No llegó a ser risa ni amenaza.
Milena cambió el paño. El vapor le pegó en la cara. Las cicatrices ardieron.
Primero fue una punzada.
Luego fuego.
Milena retrocedió.
Dante abrió los ojos.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Otra punzada le cruzó la mejilla. El vapor de la tina tocó sus cicatrices y la piel se tensó hasta hacerle agua los ojos.
No.
No delante de él.
Se giró.
Dante salió de la tina con un movimiento brusco. El agua cayó al suelo.
Jacobo entró un paso.
—Alpha.
—Fuera.
—Pero...
—Fuera.
La orden llenó la sala.
Jacobo obedeció.
La puerta se cerró.
Milena se cubrió la cara con la mano.
—No tenía que echarlo.
—Míreme.
—No.
Dante se acercó. Cada paso dejaba agua oscura en el piso.
—Milena.
Era la primera vez que decía su nombre sin usarlo como arma.
Eso fue peor.
Ella bajó la mano.
El vapor había abierto una línea en la cicatriz más gruesa. No sangraba. Brillaba. Una línea fina, plateada, bajo la piel.
Dante se quedó quieto.
Su olor cambió.
El acónito seguía allí. También la fiebre.
Pero debajo apareció otra cosa.
Ira.
Pura.
—¿Quién le hizo eso?
Milena soltó una risa sin humor.
—La pregunta favorita de todos.
—No de todos.
Dante levantó una mano.
No la tocó.
La dejó a un dedo de su mejilla.
El calor entre ellos volvió. Más bajo que en el cuarto. Más peligroso porque ninguno estaba muriendo en ese instante.
—Esto es plata —dijo él.
—No me diga.
—Plata sucia.
Milena tragó.
—Yo tenía seis años. No recuerdo todo.
—¿Recuerda quién olía así?
La pregunta entró donde no debía.
Milena cerró los ojos.
Humo.
Flores blancas.
Algo dulce pudriéndose.
Abrió los ojos.
—No.
Dante no le creyó.
Pero no empujó.
La puerta se abrió sin permiso.
Un hombre de túnica gris entró con una bolsa de curas. Cabello oscuro, ojos cansados, olor a alcohol, hierbas y luna vieja.
—Alpha, Jacobo dijo que...
Se detuvo al ver a Dante de pie, mojado, sin camisa, frente a Milena.
Luego vio la cara de ella.
—Santa Luna.
Milena levantó la barbilla.
—Si va a mirar, cobre entrada.
El hombre parpadeó.
Dante no apartó los ojos de la cicatriz.
—Vargas —dijo—. Va a revisar esto.
—No —dijo Milena.
Los dos hombres la miraron.
—Mi cara no es un expediente de manada.
Dante bajó la mano.
—Entonces dígame cómo quiere hacerlo.
Milena no esperaba esa respuesta.
El silencio se volvió distinto.
No seguro.
Pero menos afilado.
Antes de que pudiera contestar, Dante dobló los dedos contra el pecho.
Sus ojos se oscurecieron.
Una sombra negra pasó por sus pupilas.
No humana.
La tina tembló.
Vargas retrocedió.
—Alpha...
Dante apretó la mandíbula.
Por un segundo, sus ojos se volvieron negros con borde dorado.
Milena vio al lobo mirar desde dentro.