Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap8
Haniel permaneció inmóvil frente al pasillo.
La puerta acababa de cerrarse.
No había escuchado pasos.
No había visto a nadie.
Solo aquella puerta y la fotografía de Zamira entre sus dedos.
Su teléfono volvió a vibrar.
No deberías haber venido.
Haniel apretó la mandíbula.
—¿Quién eres?
Esperó.
Nada.
—¡¿Quién eres?! —repitió, esta vez en voz alta.
El silencio fue la única respuesta.
Miró hacia la puerta.
Podía marcharse.
Era lo más inteligente.
Pero Haniel nunca había sido especialmente buena tomando decisiones inteligentes cuando la curiosidad podía más que el miedo.
Avanzó.
Un paso.
Después otro.
Llegó hasta la puerta y apoyó la mano sobre el picaporte.
Estaba abierta.
La empujó lentamente.
La habitación estaba vacía.
Una mesa.
Dos sillas.
Una lámpara encendida.
Y sobre la mesa, otro sobre.
Haniel se acercó.
Esta vez no lo abrió inmediatamente.
Miró alrededor.
—Esto ya no tiene gracia.
Nada.
Finalmente tomó el sobre.
Dentro había tres fotografías.
Una de Olivia.
Una de Zamira.
Y una de ella.
Las tres habían sido tomadas en lugares diferentes.
En momentos diferentes.
Pero había algo que las unía.
Todas habían sido tomadas sin que ellas lo supieran.
Haniel sintió un nudo en el estómago.
Debajo de las fotografías había una hoja.
Solo una frase.
Tres amigas. Tres vidas. Un secreto.
Haniel se quedó mirando aquellas palabras.
Un secreto.
No sabía a cuál se refería.
O quizá sí.
Por un instante pensó en algo que llevaba años guardando.
Algo que solo tres personas conocían.
Ella.
Olivia.
Zamira.
Haniel sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
No.
Era imposible.
Nadie más podía saberlo.
Guardó rápidamente las fotografías en su bolso.
Entonces escuchó un ruido.
Un automóvil.
Salió de la habitación y bajó las escaleras.
Al llegar a la calle, miró hacia ambos lados.
Nada.
Solo la ciudad.
Subió a su automóvil y cerró las puertas.
No encendió el motor inmediatamente.
Se quedó sentada, mirando el volante.
Su teléfono vibró.
No tengas miedo, Haniel.
Ella respondió:
¿Qué quieres de nosotras?
Esta vez la respuesta tardó varios minutos.
Todavía no lo sé.
Haniel frunció el ceño.
Después llegó otro mensaje.
Pero alguien más sí lo sabe.
La conversación terminó ahí.
Cuando Haniel regresó a la fiesta, Olivia la estaba esperando.
—¿Dónde estabas?
—Salí a tomar aire.
Olivia la miró de arriba abajo.
—¿Durante casi una hora?
—Sí.
—¿Y por qué estás pálida?
Haniel intentó sonreír.
—Hace frío.
Olivia cruzó los brazos.
—No hace frío.
Haniel no respondió.
—Haniel.
—Olivia, estoy bien.
La mirada de Olivia cambió.
Sabía que algo ocurría.
Pero también sabía que, cuando Haniel decidía cerrar una puerta, era muy difícil conseguir que la abriera.
—Está bien —dijo finalmente.
Haniel tomó su bolso.
—Vámonos.
—¿Ahora?
—Sí.
Olivia no preguntó más.
Esa noche, Haniel no pudo dormir.
Sacó las fotografías del bolso y las colocó sobre su cama.
Olivia.
Zamira.
Ella.
Las observó una por una.
Intentó encontrar algún detalle.
Una persona al fondo.
Una matrícula.
Un edificio.
Cualquier cosa.
Nada.
Entonces tomó la fotografía de Zamira.
La conocía demasiado bien.
Sabía exactamente dónde había sido tomada.
La universidad.
Eso significaba que quien las vigilaba tenía acceso a información sobre sus vidas.
Y probablemente no había empezado recientemente.
Haniel abrió el teléfono.
Entró en el chat de las tres.
Escribió:
¿Alguna de ustedes ha recibido algo extraño últimamente?
Olivia respondió casi inmediatamente.
¿Como qué?
Haniel borró el mensaje.
Escribió:
Nada. Olvídalo.
No quería asustarlas.
Todavía no.
A la mañana siguiente, Zamira llamó.
Haniel contestó inmediatamente.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Haniel, ¿por qué preguntas eso?
Haniel se quedó callada.
—¿Recibiste algo?
Silencio.
Un silencio demasiado largo.
—Zamira.
—Sí.
Haniel cerró los ojos.
—¿Qué recibiste?
—Una carta.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Qué decía?
Zamira respiró profundamente.
—Esta vez no era una amenaza.
—Entonces, ¿qué era?
—Una dirección.
Haniel se incorporó.
—¿Qué dirección?
Zamira se la dijo.
Haniel la anotó.
Era una dirección en su propia ciudad.
La misma ciudad donde ella estaba.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—No vayas.
—No pensaba hacerlo.
Haniel se quedó pensando.
—Zamira...
—¿Qué?
—Creo que alguien nos está observando.
Zamira permaneció en silencio.
—Yo también lo creo.
Por primera vez, Haniel sintió que el miedo dejaba de ser una sensación individual.
Ahora era algo que compartían.
Y eso lo hacía mucho más real.
Tres días después, la vida pareció volver a la normalidad.
Haniel salió con Olivia.
Zamira continuó con sus estudios.
Las llamadas volvieron.
Las risas también.
Pero ninguna de las tres volvió a sentirse completamente tranquila.
Había algo invisible alrededor de ellas.
Algo que no podían identificar.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El padre de Zamira la llamó desde el extranjero.
Su voz sonaba seria.
—Hija, necesito que tengas mucho cuidado.
Zamira se quedó quieta.
—¿Por qué?
—No quiero asustarte.
—Papá.
Él guardó silencio.
—Hay personas preguntando por nuestra familia.
Zamira sintió un escalofrío.
—¿Quiénes?
—No lo sabemos.
—¿Tiene que ver con la empresa?
Otra pausa.
—Probablemente.
—¿Qué está pasando?
—Todavía no lo sé.
Su padre cambió el tono.
—Pero quiero que recuerdes algo.
—¿Qué?
—No confíes en cualquiera.
La llamada terminó.
Zamira se quedó mirando el teléfono.
No sabía que, al mismo tiempo, Haniel recibía un mensaje.
Tu amiga acaba de descubrir que su familia también está involucrada.
Haniel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Respondió:
¿Involucrada en qué?
La respuesta tardó unos segundos.
Eso es lo que deberías averiguar.
Haniel levantó la mirada.
Por primera vez comprendió que quizá todo aquello no había comenzado con ella.
Tal vez había comenzado mucho antes.
Con una familia poderosa.
Con una empresa.
Con personas que se movían en lugares donde ellas jamás habían imaginado entrar.
Y si alguien había elegido precisamente a las tres...
no era por casualidad.
Haniel volvió a mirar las fotografías.
Tres mujeres.
Tres vidas.
Un secreto.
Y, en algún lugar que ninguna de ellas podía ver todavía, una mano desconocida acababa de mover la primera pieza