Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Rodrigo se cruzó con Esteban en la escalera.
—Vega. ¿Viniste a ver a Bruno?
—Sí, vicepresidente.
El título le molestó a Esteban. Rodrigo lo vio y siguió.
—Ojalá despierte pronto. Con Elías desaparecido, hay contratos gigantes parados. El proyecto Estrella Blanca, por ejemplo. Fosfatos raros, tecnología cerrada, cifras enormes. Pero no debería hablar de eso.
Se golpeó la frente con fingido arrepentimiento.
—Me voy. Si sabe algo de Elías, avíseme.
Esteban subió al cuarto de Bruno con la cara endurecida.
Cerró la puerta.
—Así que Estrella Blanca. Todo eso me escondías, mocoso.
Bruno permaneció quieto.
Esteban se acercó a la cama.
—Tu abuelo tampoco me dijo nada. Siempre vos. Siempre el perfecto Bruno. ¿Y yo? ¿Tu padre? ¿Mi hijo? Tomás tuvo que irse afuera por tu culpa.
La voz se le volvió venenosa.
—Elías está conmigo, ¿sabés? Duro el tipo. Lo golpeamos y no abre la boca. Pero ahora voy a preguntarle por Estrella Blanca. Si no habla, le rompo una mano.
Esteban le pisó la muñeca.
El dolor subió por el brazo de Bruno, limpio, rabioso.
—Te morís de una vez, o dejás de estorbar.
Le escupió encima antes de irse.
Bruno abrió los ojos cuando la puerta se cerró.
Miró la cámara oculta del reloj.
Todo grabado.
Lo único que quería era que Sol llegara a lavarle la mano.
Sol llegó recién de madrugada.
Entró por la ventana y apoyó mal la rodilla. Se mordió los labios para no gritar.
—Me hice mierda —susurró.
Bruno oyó el quejido y se quedó atento, demasiado atento.
Ella se sentó al borde de la cama.
—Compré otra cámara. Esta va en el pasillo. Quiero verle la cara al que tira el líquido.
Salió con una silla, instaló el dispositivo y volvió a probar la imagen.
—Mamá ya está en casa. Quiso limpiar todo, las macetas, las cortinas, la cocina. No la dejé. Terminé haciéndolo yo. Tengo la cintura partida.
Bruno pensó, con una mirada involuntaria hacia esa cintura, que ella no tenía edad para quejarse de eso.
Sol siguió hablando.
—Rodrigo me dijo que Marta fue presa por robo. Pero ella intentó matarlo. Me da bronca que parezca poco.
Bruno, por dentro, respondió con paciencia que ella no podía oír: Marta era carnada. Quien la mandaba iba a acercarse.
Pasos en el pasillo.
Sol apagó el celular y le tomó la mano.
—No tengas miedo. Soy Sailor Moon. Soy Sailor Moon.
Tenía la frente helada apoyada sobre su muñeca.
El olor químico apareció bajo la puerta.
Sol le tapó la nariz a Bruno y contuvo la respiración. En la cámara del pasillo vio una figura cubierta, con gorra y barbijo, alejarse rápido por la escalera.
Cuando el sonido murió, abrió la puerta y limpió el líquido. Guardó la gasa en otra bolsa sellada.
—No sé dónde poner estas pruebas. Si las llevo encima me voy a intoxicar. Si las tiro, lastimo a alguien. Si las dejo acá, desaparecen.
Miró la hora.
—Casi las tres. Hoy tengo parcial. Me voy.
Le acomodó la mano bajo la manta y le tocó la nariz.
—Portate bien.
Cuando se fue, Bruno llamó a Rodrigo.
—Hay otra cámara. Accedé.
—Sí, señor.
—Y llevále un botiquín. Con yodo.
Rodrigo quedó en silencio.
—¿Yodo?
—Rodrigo.
—Sí, señor.
A la mañana, Sol llegó a la facultad con la rodilla ardiendo. Rodrigo la esperaba con un botiquín pequeño.
—Señorita Linares, esto es para usted.
—¿Cómo sabía?
—Intuición laboral.
Sol se sentó en la escalinata y levantó el pantalón deportivo. La rodilla estaba violeta, raspada y con puntitos de sangre.
Rodrigo frunció el ceño.
—Debería verla un médico.
—Tengo parcial en cinco minutos.
Él le puso yodo y apósitos.
Abril Peralta apareció detrás, con dos chicas.
—Qué talento, Sol. Un hombre para la moto, otro para el botiquín. ¿Vas a abrir curso?
Sol bajó el pantalón y se levantó despacio.
—No tengo tiempo para vos.
Entró al edificio.
Abril apretó los dientes.
Ella había sido la mejor de la carrera hasta que Sol publicó un paper en inglés y le sacó la beca de debajo de la nariz. Sol pobre, Sol abandonada por el padre, Sol de comedor universitario.
Y aun así, siempre primera.
Abril tocó el papelito escondido en su cartuchera.
El último parcial de la semana iba a ser otra cosa.
2) a los otros de una se siente en confianza solo una vez le hablaste feo pero luego te suavisaste y te rechaza como si fueras una peste. si tenes dignidad alejate alejate de dónde no te quieren.
3) Sol eres doble cara, porque digo ay éxito le pasó algo a Bruno y luego le tienes miedo y lo dejas plantado más de una vez.
4) no eres honesta del todo a todo el mundo le mientes eres falsa chama.
Envidiar
y jalar bolas a Luna.
y Luna un rostro no define a nadie, define la personalidad de cada persona y por eso tu y Abril son caimán del mismo pozo mugriento. no son mujeres son sanguijuelas