Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 24
Capítulo 24
El resultado llegó por correo a las nueve de la noche.
Ximena abrió el PDF frente a Don Ernesto y Rodrigo. Bajó hasta la última página.
Índice de parentesco biológico: 99.9999%.
Gael Alcázar era el padre biológico de Santiago y Sofía Salcedo.
—Ya está —dijo Ximena.
Nadie celebró. No hacía falta.
El teléfono vibró casi enseguida.
—¿Ya lo viste? —preguntó Gael.
—Sí.
—Mis papás y mi abuelo quieren verlos. ¿Puedes traerlos mañana?
—Sí. Son su familia.
Gael tardó un segundo en responder.
—Gracias, Ximena.
Al día siguiente, ella preparaba regalos para los Alcázar cuando Sofi se agachó junto a las bolsas.
—¿Vamos a casa del tío Gael?
Ximena se quedó quieta.
—Sí.
Gael llegó antes de lo esperado.
—Vine por ustedes.
Sofi corrió hacia él.
—¡Tío Gael!
Él le acarició la trenza y miró a Ximena.
Ella negó apenas con la cabeza. Todavía no se los había dicho.
Llamó a Santi del jardín y sentó a los dos en el sillón.
—Tengo que contarles algo.
Los niños la miraron con esos ojos claros que a veces la hacían sentir desarmada.
—Gael no es solo su tío. Gael es su papá.
Sofi giró hacia él.
—¿El tío Gael es papá?
Santi no pareció sorprendido. Lo había sospechado desde hacía tiempo.
—Sí —dijo Ximena—. Él es su papá.
Los dos sonrieron.
—Papá —dijeron al mismo tiempo.
Gael se agachó frente a ellos. Le temblaba un poco la voz.
—Sí, mis amores. Soy papá.
Los llevó a la residencia Alcázar en Lomas. Durante el camino, Sofi no dejó de hablar.
—Papá, mira esa grúa.
—Papá, pasó una pipa de agua.
Gael respondió cada cosa con paciencia.
Ximena lo observó desde el asiento delantero. Podía negarle muchas cosas al pasado, pero no esa: Gael era bueno con los niños.
En la residencia, Fernando, Elisa y Don Víctor esperaban en la entrada.
Sofi bajó primero.
—Abuelita, ¿esta es tu casa?
Elisa casi lloró.
—Sí, mi niña. Esta también es tu casa.
Ximena presentó a todos.
—Él es su bisabuelo. Ellos son su abuelo y su abuela.
Santi y Sofi saludaron uno por uno.
Elisa los llevó de la mano. Les había preparado habitaciones completas: una rosa y blanca para Sofi, otra azul y gris para Santi. Ropa en los clósets, escritorio, cuarto de música, zona de juegos.
—Mamá, me gusta mucho —dijo Sofi.
Ximena sintió un dolor pequeño en la sien.
Gael y Elisa tenían la misma habilidad para tender trampas dulces.
Los niños comieron, jugaron, durmieron la siesta y volvieron a jugar. Cuando se fueron, el coche iba lleno de regalos.
Ximena vio por el retrovisor a Elisa limpiarse las lágrimas.
—Podemos venir más seguido —dijo en voz baja.
Gael la miró.
—¿De verdad?
—Por los niños.
—Claro.
Pero sonrió como si hubiera ganado más de lo que ella había dicho.
Tres días después, Ximena llegó a un hotel de Polanco para una cena con clientes de Del Río Joyas. Mateo la esperaba en el privado. Los clientes llegaron después y la reunión salió limpia: acuerdos, números y cero alcohol.
En el mismo hotel, Gael asistía a una cena empresarial.
Bebió poco. Aun así, de pronto el cuerpo le ardió y la cabeza le dio vueltas.
Una mano lo sostuvo.
—Gael, estás mal. Te llevo a descansar.
Lía.
Él intentó apartarla.
—No.
Pero las piernas le fallaron.
Lía lo llevó a una habitación preparada. Lo dejó en el sillón y se acercó.
—Déjame ayudarte.
Gael sintió sus dedos en el cuello y recuperó un segundo de lucidez. La empujó.
—¿Estás enferma?
—Gael...
—No vuelvas a tocarme.
Salió de la habitación golpeándose la mano contra la pared para mantenerse consciente.
En el estacionamiento, Ximena estaba por subir a su coche cuando lo vio.
—Gael, ¿qué te pasó?
Él levantó la vista, perdido.
—Ximena... llévame al hospital.
Ella lo sostuvo.
La fragancia de Ximena le quebró lo poco que quedaba de control. Antes de llegar a la puerta del coche, Gael la tomó de la cintura, la sentó sobre el cofre y la besó.
Ximena se quedó helada.
Después lo empujó.
—¿Qué crees que haces? ¿Tomaste y ya puedes hacer lo que quieras?
Gael vio sus ojos húmedos y el golpe fue peor que el dolor en la mano.
—Perdón. No estoy bien. Lía me puso algo.
Ximena abrió la puerta del coche.
—Entonces súbete. Y no me toques.
Gael obedeció. Se dejó caer en el asiento del copiloto con la respiración rota.
Ximena cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Le ardían los labios y también la memoria. No quería volver a ser la mujer que confundía un momento de deseo con amor.
Pero al verlo temblar, rojo, con la mano lastimada y la camisa abierta por la desesperación, el enojo se mezcló con miedo.
—Respira —ordenó ella, encendiendo el coche.
Gael cerró los ojos.
—No debí besarte.
—No. No debiste.
—Lo sé.
Ximena tragó saliva. No quería hablar de ese beso. No ahí, no con él en ese estado, no con su propio cuerpo todavía recordándolo.
—Ahora lo importante es que no te pase nada.
—Te hice llorar.
—Gael, cállate o te dejo en urgencias y me voy.
Él obedeció.