La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 20: Un corazón que se atreve a latir
Ian no cabía en sí de alegría cuando le dije que le daría una oportunidad. Esa misma tarde nos llevó a cenar a un lugar elegante y tranquilo, donde no dejaba de estar atento a cada detalle: me abría la silla, pedía lo que yo deseaba, preguntaba si estaba cómoda, si necesitaba algo. Se comportaba como un caballero de principio a fin, sin una sola queja, sin una sola mirada hacia ningún otro lugar que no fuera hacia mí y hacia los niños.
Mientras lo veía reír con nuestros hijos, mi pecho empezó a sentirse extraño. Mi corazón latía más rápido de lo normal, y en mi mente solo pensaba: Me digo que es para mantener a Dalila lejos… pero sé que estoy mintiéndome a mí misma. Solo no estoy lista para decirlo en voz alta. No sé lo que es amar de verdad… pero mi corazón late por él.
—Morana —dijo Ian tomando mi mano con suavidad—, te juro que voy a corregir cada error del pasado. Voy a compensarte muy bien a ti y a los niños. Seré el mejor padre del mundo y el mejor esposo que puedas desear. No volveré a fallarles.
Regresamos a casa tarde. A la mañana siguiente desperté con el olor a café recién hecho y pan dulce inundando la casa. Al bajar las escaleras lo encontré en la cocina, con un delantal puesto, sirviendo el desayuno en la mesa.
—Ian… ¿qué haces? —pregunté, sorprendida.
Se giró con una sonrisa radiante.
—Eres mi reina. No tienes que hacer nada. Yo haré todo. Haré el desayuno, también la cena, y si quieres también te lavo la ropa. Hoy tú solo siéntate y disfruta.
Y entonces vi que el delantal… apenas le cubría lo necesario. Dios mío. Este hombre me está seduciendo, pensé sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. Morana, no puedes caer tan rápido. Mantente firme.
—Bien —dije, intentando sonar impasible—. Vete a cambiar. Tenemos trabajo en la compañía.
Se acercó despacio, con esa mirada tierna que empezaba a desarmarme.
—¿Y no me darás ni un pequeño beso? Solo uno…
Se inclinó despacio, dándome tiempo para apartarme. Yo no me aparté. Cuando sus labios tocaron los míos, fue suave, breve, como si temiera asustarme. Mis ojos se abrieron de par en par, y luego sentí cómo se me escapaba una sonrisa contra mi voluntad.
—¡Desgraciado! —exclamé, dándole un empujón suave mientras él salía corriendo riendo—. ¡Si vuelves a besarme sin mi permiso dormirás con el perro!
Mientras tanto, Dalila y Violeta empacaban sus cosas. Se iban a vivir a casa de sus padres. Dalila estaba furiosa, con las manos temblando de rabia, cuando el teléfono sonó. Era Ian.
—Dalila —dijo él con voz firme—, estás despedida. No quiero volver a verte en la compañía ni cerca de mi familia. Recoge tus cosas y vete.
—¡Maldita Morana! —gritó ella al colgar, golpeando la pared con el puño.
Se detuvo entonces, mirando alrededor de la habitación que había compartido con Violeta durante tanto tiempo. Acarició la cabecera de la cama donde su hija dormía cada noche.
—Algún día todo será nuestro —susurró, aunque no estaba segura de si intentaba convencer a Violeta o a sí misma—. No te preocupes, pequeña. Disfrútalo ahora, Morana. Porque nada dura para siempre.
Tomó la mano de la niña y salió por la puerta, sin mirar atrás.
En la sala de juntas, me puse de pie y expuse mi propuesta con claridad, pasión y precisión. Cada cifra, cada plano, cada beneficio social y económico lo expliqué con maestría. La sala entera guardaba silencio, escuchando impresionada. Cuando terminé, Ian me miró con un brillo de orgullo en sus ojos que nunca había visto antes. Se acercó y me susurró al oído:
—Eres increíble. No sabes lo orgulloso que estoy de que seas mi esposa.
Al salir de la compañía, fuimos directo a la escuela por los niños. Los recogimos felices y nos dirigimos a casa de la madre de Ian. Al llegar, ella me recibió con un abrazo cálido, más largo y más afectuoso que el que le daba a su propio hijo. Nos conocemos bien, y siempre me ha tratado con cariño, pero hoy había algo más en su forma de mirarme: alivio.
—Qué mujer tan extraordinaria tienes, Ian —decía ella, tomándome de la mano—. Morana, querida, me alegra tanto verte así de feliz. Aquí seguirás estando siempre bienvenida. Sabes que te aprecio como a una hija.
El padre de Ian apareció sonriendo, llevando una bandeja con un pastel de chocolate recién horneado.
—Lo hice esta mañana —dijo, sirviéndonos generosas porciones—. Para Morana, que se ha ganado este lugar con su esfuerzo y su corazón.
Después de comer, su madre miró a su hijo y a sus otros dos hermanos.
—Bien —dijo con cariño—. Ian, tú y tus hermanos, ¿les importaría ayudarnos con los platos? Nosotras nos quedamos aquí un ratito conversando.
Sin rechistar, sin quejarse, los tres hombres se levantaron y se dirigieron a la cocina. Ian me guiñó un ojo por el camino. Me quedé sentada junto a su madre y su hermana, sintiendo algo que nunca creí sentir: pertenencia. Calidez. Un hogar de verdad.
Miré por la ventana, donde el sol empezaba a ocultarse tiñendo el cielo de dorado y naranja. Todo es demasiado bonito, pensé, con una pequeña sombra de inquietud en el fondo del pecho. Espero que no se rompa tan pronto.
Y aunque no estaba lista para decirlo en voz alta, en el fondo de mi corazón… por primera vez en mucho tiempo, me sentía feliz.