Cinco años atrás, Agustina perdió al amor de su vida. Hoy, Louis ha regresado.
Lo que él no sabe es que tiene un hijo.
Y acaba de salvarlo.
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un encuentro que el destino no puede evitar
En la casa de Agustina, Cristian estaba acostado junto a Leo, contándole una historia antes de dormir.
—Y el conejito saltó hasta la luna y allí se quedó. Por eso la leyenda dice que hay un conejo en la luna —contó Cristian mientras arropaba a su sobrino.
Leo lo miró con curiosidad.
—Tío, ¿sabes dónde está mi papá?
La expresión de Cristian cambió de inmediato.
—¿Y qué caso vas a pedirle a tu papá que tu tío no pueda darte? —preguntó, intentando quitarle importancia mientras le hacía cosquillas—. Vamos, dime.
Leo dejó de reír y se quedó pensando.
—Quiero que mamá esté feliz… Quiero quedarme con ella y jugar con él. Que me cuente cuentos y que me proteja.
Cristian sintió cómo se le cristalizaban los ojos.
—Quiero un papá así, como mis compañeros —agregó Leo.
Cristian lo abrazó con fuerza.
Mientras tanto, Agustina y Andrés caminaban juntos después de comer.
—Felicidades por tu primer día. Encima tuviste una operación —dijo Andrés entre risas.
—Sí, fue duro, pero lo hice. Aunque jamás creí que volvería a ver a Louis —respondió Agustina mientras seguía caminando.
Andrés la miró con seriedad.
—¿Acaso ya se habían visto?
—Sí. Me llevó a su casa y comimos. Solo eso.
Andrés se detuvo.
—¿Y le dijiste que Leo es su hijo?
Agustina negó rápidamente.
—No sabe nada. Solo lo vio porque él lo salvó durante el accidente. Cree que es un niño al que yo estaba cuidando.
—¿Y por qué no se lo dices? El seguro se hará cargo de todo.
Agustina bajó la voz.
—¿Para que me pregunte por qué lo dejé ir? ¿Para decirme que después tuve miedo de que el bebé que iba a tener no fuera suyo… o para que descubra que quizá sí era suyo? —susurró—. No quería que se ilusionara y dejara todo por nosotros.
Andrés quedó en silencio.
Agustina respiró profundamente.
—Olvídalo. Vamos por aquí.
Ella siguió caminando.
Andrés la observó durante unos segundos y suspiró.
—Yo habría aceptado a Leo aunque no fuera mi hijo —susurró.
Horas después, Agustina llegó a casa.
—Hola, hermanito. ¡Adivina! —dijo feliz—. Tengo un nuevo lugar de trabajo.
—¿En serio, hermana? —Cristian sonrió.
—Sí. Ahora ganaré el doble. Así podré regalarle a Leo lo que quiera.
Cristian soltó una pequeña risa.
—Hermanita, creo que Leo está queriendo algo que tú no podrás darle.
Agustina frunció el ceño.
—¿Y ahora qué quiere ese niño?
—Un padre. Lo que nunca le dijiste que tenía.
La sonrisa de Agustina desapareció.
—Otra vez con eso…
Cristian se puso serio.
—Hermana, ¿quién es el padre del niño? Si no es Andrés… ¿quién es? Tú sabes perfectamente que te embarazaste cuando yo estaba metido con gente pesada. Por eso fuiste a vivir con la tía Verónica y su familia.
Agustina fingió no escucharlo.
—Mejor me voy a dormir. Mañana Leo tiene jardín.
—Leo no tiene jardín. Dijo que su maestra no va a estar —le recordó Cristian—. Puedes llevarlo contigo.
—No, no puedo.
—¿Por qué no? A él le encanta ayudar en la enfermería.
Agustina buscó rápidamente una excusa.
—Porque en el nuevo lugar donde estoy no permiten niños.
Cristian la miró, poco convencido.
—Bueno. Igual mañana tengo que ir a mi nueva agencia de modelaje. Lo llevaré yo.
Agustina se fue a dormir feliz.
Pero había algo que ella todavía no sabía.
El destino era demasiado juguetón.
En la casa de la familia Adams, Jacob observaba unas fotografías de los nuevos modelos de la agencia.
—Mira qué guapo es nuestro nuevo modelo —dijo con una sonrisa.
Jacob lo miró.
—Sí, hermano. No puedo creer que, con tanto esfuerzo, hayas conseguido levantar tu propia agencia de modelos.
—Y está teniendo mucho éxito. Pero este chico, Cristian Torres, es la cereza que le faltaba a nuestra empresa.
En ese momento apareció Louis, todavía con expresión de fastidio.
—¿Qué pasó, hermano? —preguntó Jacob.
—Nada. ¿Y eso qué es? —preguntó Louis al ver las fotografías.
—Nuestro nuevo modelo. Cristian.
Louis tomó la fotografía.
Su expresión cambió.
Era el mismo hombre que había visto junto a Agustina.
—¿Cuándo lo vamos a conocer?
—Mañana. ¿Qué te pasa?
—A mí, nada.
Pero Louis recordó las palabras de Agustina.
“Vivo con Cristian.”
Al día siguiente, Leo hizo un pequeño puchero.
—No quiero ir con el tío. Es aburrido.
—Pero no puedes quedarte solo —respondió Cristian.
—Yo lo llevo conmigo —dijo Mónica, apareciendo con un café en la mano.
Leo sonrió.
—¿En serio?
—Claro. Vamos con Andrés a Pediatría. Eso, si Agustina quiere.
Cristian tomó sus cosas.
—Llévatelo. Agustina se fue temprano.
Horas después, Cristian llegó a la agencia.
Miró a su alrededor y suspiró.
—Ah, Leo… ¿quién será tu familia?
Cuando levantó la mirada, vio a un hombre acercándose.
—Hola. Soy Jacob Adams, vicepresidente de la agencia —dijo con una sonrisa.
Cristian lo observó sorprendido.
Había algo extraño en aquel hombre.
La sonrisa.
Los ojos.
Algo en él le resultaba demasiado familiar.
En ese momento entró Kai.
—Mucho gusto. Soy Kai Adams, presidente de la agencia. Estamos orgullosos de tener a un modelo de tu estatura aquí.
Cristian los miró a ambos.
¿Por qué los dos tienen la misma sonrisa que mi sobrino?
Incluso sus ojos le resultaban familiares.
—No estoy aquí por casualidad… —dijo finalmente—. ¿Conocen a Agustina Torres?
Jacob y Kai se miraron.
—¿No es una modelo? —preguntó Jacob.
—No… no importa —respondió Cristian con una pequeña risa.
Pero aquella pregunta había dejado algo en el aire.
Mientras tanto, en el patio del hospital, Andrés se acercó a Leo y Mónica.
—¿Qué onda? ¿Leo y Mónica? ¿Qué hacen aquí?
Mónica tomó un sorbo de café.
—Su señorita no vino y su mamá está trabajando en un lugar nuevo. Así que lo traje conmigo.
Leo siguió comiendo su galleta.
—Aunque me duele un poquito la garganta.
Andrés lo miró.
—Claro que te va a doler. ¡Estás mal abrigado!
Después miró a Mónica.
—¿Y así eres enfermera? ¡Irresponsable!
—¿Quién habla? —respondió Mónica—. El que una vez recetó un medicamento equivocado porque estaba distraído. Si no fuera por mí, te habrían despedido.
Andrés la miró serio.
—¿Por qué no dejas de meterte? No necesito tu ayuda, como cuando íbamos a la escuela. Yo puedo defenderme solo.
Mónica le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Oye! ¿Qué te pasa?
—Yo te pego lo que quiera. Tu madre me dio permiso hace mucho.
Leo comenzó a reír.
Mónica y Andrés lo miraron.
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó ella.
—Es que parecen novios. ¿Y qué tal si salen, se casan y tienen hijos?
Los dos se miraron.
—¡Nunca! —dijeron al mismo tiempo.
Leo volvió a reír.
Mónica y Andrés se conocían desde que eran muy pequeños. Ella se había marchado durante un tiempo y, cuando regresó, se hizo amiga de Agustina. Sin embargo, con Andrés seguía comportándose como cuando eran niños.
Mientras tanto, Louis estaba en el quirófano.
Agustina permanecía a su lado, concentrada en la operación.
Horas después, ambos salieron.
—Agus —la llamó Louis mientras caminaba detrás de ella.
Agustina se detuvo.
—¿Qué pasa, señor Adams?
Louis frunció el ceño.
—No me digas así.
Ella lo miró confundida.
Louis dudó unos segundos antes de hacerle una pregunta.
—Oye… ¿tienes novio? ¿O estás casada?
Agustina se quedó mirándolo.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Louis sonó.
Él miró la pantalla.
—Espera aquí.
Y se alejó para contestar.
Agustina soltó lentamente el aire que estaba conteniendo.
En el patio del hospital, Louis hablaba por teléfono.
—Hola. No, Carolina, déjame de decir eso…
De pronto, alguien chocó contra él.
—¡Ay! Eso dolió, señor —dijo una pequeña voz.
Louis bajó la mirada.
Frente a él había un niño de cinco años.
Lo observó detenidamente.
Entonces Leo levantó la cabeza y sonrió.
—¡Usted es el señor que me ayudó en el accidente!