Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 10
—No te preocupes, mamá, no existe nada entre él y yo. El señor Rossi solo me habla de su hijo en mi vientre, nada más —dijo Cassandra, intentando infundir una tranquilidad en la voz de su madre que ella misma no terminaba de sentir.
Don Mateo miró a su alrededor, contemplando la calidez de la madera, la amplitud de los ventanales y la solidez de las paredes que los resguardaban del viento helado de la colina. Una leve y amarga sonrisa se dibujó en sus labios gastados.
—Bueno, por lo menos esta pequeña casa está más cómoda y lujosa —dijo su padre sonriendo con cierta resignación.
—Les hacía falta, papá. La casita tiene muchas grietas y cuando llovía se llenaba de agua —dijo Cassandra, recordando con un nudo en la garganta las noches enteras que pasaban colocando cubetas para frenar las goteras en su antiguo hogar.
—Eso es cierto, hija —asintió doña Elena, suspirando hondo mientras acariciaba el hombro de su hija.
—Yo iré a la mansión a buscar a la señora Martha para que te venga a conocer, mamá —dijo Cassandra, acomodándose el vestido antes de dirigirse hacia la salida.
Al quedarse solos en la estancia de la casa de huéspedes, la pesada atmósfera del sacrificio de su hija volvió a caer sobre los dos ancianos. Doña Elena miró hacia la puerta por la que acababa de salir Cassandra y sintió que el corazón se le quebraba en pedazos.
—Lo que nuestra pobre niña tiene que pasar por nuestra culpa —dijo la mujer, rompiendo a llorar en un susurro desconsolado.
Don Mateo se acercó despacio a su esposa, la rodeó con sus brazos cansados y la apegó contra su pecho, buscando transmitirle un consuelo que a él también le hacía falta.
—No digas eso, Elena. La hemos cuidado con mucho amor, lo mejor que hemos podido hacer por ella —dijo don Mateo, abrazando a su esposa con fuerza mientras la miraba con los ojos empañados de nostalgia.
Mientras tanto, Cassandra cruzó el sendero de piedra que conectaba la casa de huéspedes con la residencia principal. El viento fresco de la mañana le azotaba el rostro, pero su mente estaba enfocada en encontrar al ama de llaves para organizar la rutina de su madre.
Cassandra entró a la mansión buscando a la señora Martha. El silencio de la casa era imponente, interrumpido únicamente por el leve crujido del suelo de madera bajo sus pasos. Avanzó por el gran pasillo del ala ejecutiva y, al pasar por el despacho del señor Rossi, la puerta sutilmente entornada dejó al descubierto una escena que le congeló la sangre en las venas.
A través del espacio entre la madera y el marco, Cassandra vio a Damián sentado en su imponente silla de cuero tras el escritorio de caoba. Sobre sus piernas estaba Victoria, rodeándole el cuello con los brazos y luciendo una sonrisa victoriosa y provocativa mientras se inclinaba hacia él.
Por un segundo, justo en el instante en que Cassandra cruzaba frente a la entrada, los ojos de Damián se desviaron de su esposa y se cruzaron directamente con los de Cassandra. La mirada del Alfa era oscura, indescifrable y densa. Cassandra sostuvo ese contacto apenas una fracción de segundo, sintiendo una punzada helada e inexplicable en el pecho, pero no se detuvo; apretó el paso, levantó la barbilla y siguió de largo por el pasillo, dejando atrás la imagen del alfa y su esposa en la intimidad de su despacho.
Cassandra apretó el paso a lo largo del pasillo, sintiendo que sus pies pesaban toneladas sobre las baldosas de mármol. Esa punzada amarga en el centro del pecho la tomó por sorpresa. ¿Por qué le afectaba ver a Damián con su esposa? Se repetía a sí misma que Victoria era la mujer legítima, la señora de la casa, mientras que ella solo cumplía el rol de gestante por contrato. No tenía derecho a sentir resentimiento, ni celos, ni absolutamente nada por Damián Rossi.
Al doblar hacia el área de servicio, encontró a la señora Martha revisando los inventarios de lencería de hogar.
—Señora Martha —dijo Cassandra, esforzándose por mantener la voz serena y borrar cualquier rastro de agitación de sus facciones.
El ama de llaves se giró de inmediato, ajustándose los anteojos con un gesto amable.
—Dígame, señorita Cassandra. ¿Todo está en orden en la casa de huéspedes?
—Sí, todo está impecable. Mis padres están muy agradecidos. Quería pedirle si puede acompañarme un momento para conocer a mi madre. Ella quisiera coordinar con usted los detalles de la cocina y la rutina que seguiremos.
La señora Martha asintió con una cálida sonrisa.
—Por supuesto que sí. Vamos de una vez. La cocina de esta casa funciona bajo horarios muy estrictos, pero con el visto bueno del patrón, acomodaremos todo para que su madre se sienta cómoda.
Ambas mujeres regresaron hacia el ala sur, evitando pasar de nuevo frente al despacho del Alfa. Durante el trayecto, la señora Martha observó de reojo la palidez de Cassandra y el silencio pensativo que la envolvía.
Al llegar a la casa de huéspedes, doña Elena recibió a la señora Martha con la calidez humilde y sincera que la caracterizaba. Se estrecharon las manos y, en cuestión de minutos, ambas mujeres ya conversaban en la cocina sobre los ingredientes frescos, los caldos nutritivos y los remedios naturales para las náuseas matutinas. Don Mateo, desde el sillón, las escuchaba con una leve sonrisa, aliviado al ver a su esposa recuperar el entusiasmo en medio de tanta incertidumbre.
Mientras tanto, en el despacho principal de la mansión, el ambiente no era tan idílico como Cassandra había imaginado.
En cuanto la sombra de la joven desapareció del pasillo, Damián tomó a Victoria por la cintura y la apartó de su regazo con un movimiento firme y frío, poniéndose de pie de inmediato.
—¿Qué significa esto, Damián? —protestó Victoria, recomponiéndose el vestido de seda con rabia en los ojos—. Ni siquiera te inmutas cuando estoy sobre ti.
Damián caminó hacia la ventana, dándole la espalda y sirviéndose un vaso de whisky en las rocas.
—Te pedí que no vinieras a interrumpirme mientras reviso los balances de la corporación, Victoria —dijo el Alfa con voz helada—. La puesta en escena que acabas de armar frente a la puerta no funciona conmigo.
Victoria soltó una risa amarga y se cruzó de brazos.
—¿Puesta en escena? Vi cómo la miraste cuando pasó. ¿Ahora te importa lo que piense esa sirvienta? ¿Te da vergüenza que vea a tu esposa en tu regazo?
Damián giró la cabeza despacio, clavando sus ojos oscuros en ella con una intensidad amenazante.
—Lo que piense o deje de pensar la señorita López no es de tu incumbencia. Pero te advierto una cosa, Victoria: no intentes provocar situaciones incómodas en esta casa. Cassandra está bajo mi estricta protección y no toleraré ninguno de tus juegos ni los de tu madre.
—Ella no es nada en esta familia —siseó Victoria, acercándose a él con los puños apretados—. Es solo una incubadora a la que le pagaste un precio. En nueve meses estará fuera de nuestras vidas.
—En nueve meses traerá al mundo al heredero Rossi —la cortó Damián, dando un sorbo a su copa—. Y mientras eso ocurra, cualquier falta de respeto o amenaza hacia ella será considerada una afrenta directa hacia mí. Ahora, sal de mi despacho.
Victoria apretó las mandíbulas, sabiendo que insistir solo congelaría más la distancia entre ambos. Con una mirada llena de odio contenido, dio media vuelta y salió dando un portazo que retumbó en la estancia.
Damián se quedó a solas, contemplando el líquido dorado en su vaso. Sus pensamientos regresaron involuntariamente a la mirada de Cassandra en el pasillo: esos ojos marrones, llenos de una dignidad pura y dolida, que no temían sostenerle la cara ni a él ni a su esposa.
Apretó el vaso de cristal entre sus dedos. El contrato recién comenzaba, pero el Alfa sabía que la verdadera batalla no se libraría en los juzgados ni en los consejos de administración, sino dentro de las paredes de su propia mansión.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏