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EL NIDO DEL FENIX. ALIANZA DE ALQUILER

EL NIDO DEL FENIX. ALIANZA DE ALQUILER

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Matrimonio arreglado / Matrimonio contratado / Romance / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 8 LA RESITENCIA DEL ESPIRITU

El segundo año entre los muros de Saint-Pierre fue el verdadero examen para mi fuerza de voluntad. Si el primer año estuvo marcado por la rabia de la novedad y el ímpetu de la rebelión, los siguientes doce meses se convirtieron en una prueba de resistencia psicológica pura. El invierno en la frontera con Francia era implacable; la nieve cubría los jardines traseros del internado y un frío húmedo se filtraba por las rendijas de las viejas ventanas de piedra, calando hasta los huesos.

La rutina gris continuaba inalterable, repitiéndose día tras día como un engranaje sin fin. Sin embargo, el aislamiento comenzó a pasarme factura física y mentalmente. La falta de contacto con mi hermano Thomas y el silencio absoluto del lado de Óscar se sentían como un eco constante en mi cabeza. Había noches en las que, tumbada en mi estrecha cama del dormitorio común, me asaltaba el pánico de estar olvidando los matices de la voz de Óscar o la calidez de su mirada detrás de las gafas gruesas. Para evitar que la neblina del tiempo empañara mis recuerdos, repetía mentalmente, palabra por palabra, nuestra última conversación en el parque de Zúrich como si fuera un mantra sagrado.

Mis manos, que antes lucían siempre perfectas gracias a las manicuras que mi madre me imponía, ahora estaban ásperas y sufrían de sabañones por el frío de las aulas, que apenas contaban con una calefacción deficiente. Pero no me importaba. Utilicé ese mismo dolor físico como un ancla para no desvanecerme. Mientras mis compañeras de curso pasaban las tardes libres murmurando sobre los chicos de los internados vecinos o planeando qué harían en sus vacaciones de Navidad —unas vacaciones a las que yo tenía prohibido asistir por orden estricta de mi padre—, yo me encerraba en el rincón más apartado de la biblioteca.

A mis diecisiete años, mi obsesión por el estudio había alcanzado un nivel casi alarmante para el profesorado. Madame Laurent me vigilaba de cerca, sospechando que detrás de mi impecable expediente académico y de mi absoluta falta de faltas disciplinarias se escondía algo más. Y tenía razón. Cada ensayo sobre derecho internacional, cada análisis de las leyes civiles europeas que redactaba bajo la luz mortecina del flexo, era una piedra más en la construcción de mi balsa de rescate. Estaba memorizando los resquicios legales de la emancipación, las normativas de fronteras y los derechos fundamentales de las mujeres en el territorio internacional. Mi mente se había convertido en un arma jurídica que se afilaba en silencio.

El día que cumplí los dieciocho años no hubo pasteles, ni felicitaciones, ni regalos lujosos bajo el árbol de la mansión familiar. Lo pasé traduciendo un denso manual de derecho corporativo del latín al francés en una mesa coja de la biblioteca. Cuando el reloj marcó la medianoche, saqué la llave de plata de mi escondite en el estuche, la apreté contra mis labios y me felicité a mí misma en un susurro apenas audible:

—Feliz cumpleaños, Natalia. Ya eres mayor de edad ante la ley. Ya falta menos.

El final de mi estancia en Saint-Pierre llegó con la primavera. Las semanas previas a los exámenes de graduación del bachillerato internacional fueron un hervidero de exámenes de alta presión. Yo no buscaba simplemente aprobar; necesitaba una calificación tan extraordinariamente alta que mi padre no pudiera ignorar mi capacidad, una nota que me diera el prestigio necesario para entrar en cualquier facultad con la cabeza alta. Pasé noches enteras sin dormir, sobreviviendo a base de infusiones calientes y apuntes manuscritos que llenaban cajas enteras bajo mi cama.

Finalmente, el día de la graduación llegó. El gran salón de actos del internado estaba engalanado con banderas y flores frescas. Los padres de las alumnas más adineradas de Europa ocupaban las primeras filas, luciendo trajes de alta costura y abrigos de piel. Yo miré hacia el público con la esperanza de ver, al menos, la silueta de mi hermano Thomas o la mirada mansa de mi madre. Pero la silla reservada para la familia de la alumna con el primer expediente de la promoción estaba completamente vacía. Mi padre no se había tomado la molestia de viajar hasta la frontera; para él, mi éxito académico era simplemente una obligación cumplida de su propiedad, no un motivo de orgullo familiar.

Escuché mi nombre resonar en los altavoces del salón. Madame Laurent, con su habitual rigidez, anunció mi graduación con los máximos honores y la calificación más alta en la historia reciente de Saint-Pierre. Caminé hacia el estrado con el uniforme impecable, la espalda completamente recta y una expresión serena que ocultaba el vacío que sentía en el pecho. Al recoger el diploma, no sentí alegría, sino una fría satisfacción de victoria. Había sobrevivido a su prisión de piedra. Había vencido a su silencio.

Dos horas después de que terminara la ceremonia, mientras las demás chicas se despedían entre risas y abrazos cargados de planes futuros, Madame Laurent me citó en su despacho por última vez. Sobre su mesa de caoba no había flores, sino un sobre de alta calidad con el sello de los astilleros de mi padre.

—Su padre me ha encargado que le entregue esto, señorita Natalia —dijo la directora, recuperando su tono cortante mientras me pasaba el sobre—. Contiene sus instrucciones para el próximo ciclo. Mis felicitaciones por sus notas, aunque espero que en su próximo destino demuestre una actitud un poco más... dócil. El orgullo no es una virtud virtuosa en una joven de su posición.

—Gracias por sus consejos, Madame —respondí con una cortesía gélida, tomando el sobre sin parpadear.

Salí al pasillo y abrí el documento allí mismo, apoyada contra la pared de losas de piedra que me había visto crecer durante dos años. La carta de mi padre era breve, redactada con la frialdad de un memorando de empresa. No había ni una sola palabra de felicitación por mi expediente.

“Natalia:

He recibido el informe de tus calificaciones. Has cumplido con lo que se esperaba de tu capacidad intelectual. He gestionado tu ingreso inmediato en la Facultad de Derecho de la Universidad de Ginebra. Cursarás la carrera allí. Un chófer te recogerá mañana a primera hora en el internado para trasladar tus maletas directamente a la residencia universitaria que he seleccionado para ti. Mis socios comerciales en Ginebra tienen instrucciones de supervisar tu rendimiento y tus movimientos de forma periódica. Espero que mantengas la misma disciplina que en Saint-Pierre y que recuerdes que tus compromisos futuros en Zúrich siguen su curso inalterable. El contrato matrimonial se ratificará formalmente en cuanto obtengas tu titulación. No toleraré más desvíos.”

Doblé el papel con cuidado y lo guardé en mi mochila. Una sonrisa afilada y decidida se dibujó en mi rostro. Mi padre creía que al enviarme a Ginebra bajo la sutil vigilancia de sus socios comerciales seguía manteniendo el control absoluto sobre mí. Pero cometía un error de cálculo garrafal. Ginebra era una ciudad inmensa, una universidad pública llena de miles de estudiantes y, sobre todo, significaba el fin del régimen de internamiento cerrado. Volvería a tener un teléfono, volvería a pisar las calles libres y las rejas de hierro de Saint-Pierre quedarían atrás.

Miré por última vez los muros de piedra fría de la fortaleza mientras subía mis maletas al coche al día siguiente. Dos años atrás, había entrado allí como una niña asustada y rota por la separación de su primer amor. Ahora, salía de allí convertida en una mujer madura de dieciocho años, con la mente armada de leyes y un corazón blindado. Ginebra me esperaba, y con ella, el primer paso real hacia mi libertad y el reencuentro secreto con el único aliado que me quedaba en el mundo: mi hermano Thomas.

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Maria del Carmen Herrera
Una linda historia de amor, de sueños, de superación. Bien narrada. Me gustó! Gracias autora por brindarnos este material! Adelante!!
Adiana Navas
muy linda historiae enamoró
Maria del Carmen Herrera
Lindo capítulo 💕
Shony Zatarain
excelente 🌹
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, sin matadero y maldad, solo un padre que quiso someter a sus hijos a sus decisiones, sin importar lo que ellos querían, los hermanos apoyándose mutuamente....
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️
Yolanda Vaca
Dicen 17 años y ella tiene 25 años y según la novela se firmó ese contrato cuando nació!!!
Maria del Carmen Herrera
Humm...ya sé...es ficción...Perooo...algo de cordura... La salida del problema no impediría que el padre, frustrado por no poder llevar a cabo su plan, igualmente destruya el prestigio de su buffet, aunque sea temporalmente. Solo por venganza
Eva Sirena
Enhorabuena de lo mejor que he leido, gran temática, buena redacción y se entiende perfectamente su drama. Muchas gracias y siga así
Helizahira Cohen
interesante una trama sencilla, pero ese padre es de lo último como es capaz de esa locura
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
Hiradia Cohen
Yo no puedo creer que ella ni el tono de voz le parezca conocido al menos algún rasgos se que son 9 años pero la voz sigue siendo la misma tengo 72 años y es mi misma voz físicamente uno puede cambiar algo pero no como para no reconocer nada
Helizahira Cohen
Va muy interesante y vi que es corta
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