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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:317
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11

Devolví la servilleta dos días después.

La puse dentro de su funda y de nuevo en el bolsillo del saco, que habían lavado hasta donde las manchas lo permitieron. Beto, uno de los escoltas que Poncho acababa de contratar, lo llevó a Monteverde.

Me habría sido fácil quedarme con el dibujo. Jerónimo estaba convaleciente y yo no sabía siquiera si lo había echado de menos. Pero destruir o esconder una cosa suya para proteger mi secreto se parecía demasiado a lo que tanto me dolía de Rodrigo.

Antes de devolverlo tomé una foto. Quería recordar cuándo lo había hecho y cómo pudo llegar hasta él.

Poncho me citó en el Camelia al tercer día. Tenía sobre la mesa la respuesta a otra pregunta.

—El equipo de Alcántara está revisando la clínica.

Me senté con cuidado. Todavía me ardía una rodilla al doblarla.

—¿Desde cuándo?

—Alrededor de una semana. Están pidiendo los registros del banco de muestras y buscando al personal que trabajó en tu ciclo.

Pensé en Robledo. Me había enviado un mensaje desde el extranjero diciendo que no lograba dormir.

—¿La encontraron?

—No tengo noticia de que hayan llegado a ella. Pero ya saben que falta un vial. No son solo rumores.

Me mostró la solicitud de revisión que una antigua colega le había enviado a Robledo. La doctora había tapado los datos de otras pacientes. El periodo que pedían comprobar seguía visible: incluía el mío. Si su colega había recibido esa hoja, otras personas de la clínica podían tenerla también.

—¿Quién descubrió la falta?

—Doña Soledad fue a preguntar por el material de su hijo. Eso dice la colega de Robledo.

Yo apenas conocía a la madre de Jerónimo. La había visto de lejos en la gala: una mujer a la que todos cedían el paso.

Poncho me explicó lo que había podido reconstruir. Soledad quería nietos y había intentado disponer de la muestra guardada. Al revisar la solicitud, la clínica detectó que el material se había utilizado. Después intervino el equipo de Jerónimo.

—¿Él pidió que lo usaran? —pregunté.

—No. Esa es parte de su reclamación.

Volví a leer el periodo escrito en el documento.

Hasta entonces había imaginado el momento en que Alcántara se enterara como algo lejano, que tal vez podría preparar. Ahora había ocurrido sin mí. Estaba buscando a la mujer con la que lo habían convertido en padre.

—¿Sabe que hay un embarazo?

—Está comprobándolo. No sé cuánto le dijeron ni qué cree todavía.

Agradecí la precisión y al mismo tiempo quise que Poncho supiera más. Quería una certeza que me permitiera decidir si hablarle, mudarme o dejar de mirar cada coche que frenaba frente al café.

Miré la foto de la servilleta que aún tenía abierta en el teléfono.

Él me había sacado de la lluvia. Yo había ayudado a mantenerlo vivo. Ninguna de esas dos cosas me decía qué haría su familia cuando conociera el parentesco de los bebés.

—Lo de V sigue también —añadió Poncho.

Dos galeristas habían recibido nuevas consultas. El regalo a Prudencia había puesto a Renata entre las personas capaces de conseguir piezas de Vivian. La hoja del dibujo podía llevarlo a relacionar a la joyera con la pintora, pero no demostraba quién sostenía el lápiz.

—Son búsquedas distintas —dijo Poncho—. Conviene que no actuemos como si ya supieran juntarlas.

Asentí. Había pasado dos días imaginando que cada coincidencia me delataba. Necesitaba distinguir los hechos de lo que yo misma añadía por miedo.

También necesitaba decidir cuánto tiempo podía seguir ocultándole a un hombre que tenía hijos.

No era una pregunta cómoda. La dejé sobre la mesa entre nosotros.

—¿Y si hablo con él?

Poncho no se apresuró a decir que sí ni que no.

—Hazlo cuando tengas asesoría y una forma de protegerte. No tienes que improvisar una conversación así porque te asustaron unos papeles.

Pensé en la doctora nueva, que me había preguntado si quería que alguien entrara conmigo a escuchar el ultrasonido. Había dicho que no sin pensarlo. Ya estaba acostumbrándome a que cualquier otra persona delante de esa pantalla pudiera reclamar una parte de lo que yo necesitaba guardar.

Quería salir de los Cardona antes de abrir otro conflicto.

Se lo dije a Poncho. Él sacó la tarjeta del despacho que había contactado para el divorcio.

—Empieza por ahí. Yo seguiré pendiente de Robledo.

El teléfono de Poncho vibró cuando me estaba poniendo de pie. Leyó el mensaje completo antes de mirarme.

La clínica estaba preparando una lista de pacientes del periodo investigado. La colega de Robledo quería saber si debía responder directamente o remitir la solicitud a la dirección médica.

Poncho me enseñó la captura que le había mandado. No estaban las identidades de todas las mujeres; sí el renglón del expediente sobre el que le preguntaban.

Mi nombre. Mi folio. La fecha del procedimiento.

No era una prueba de paternidad. Bastaba para que alguien llamara a mi puerta y me pidiera una explicación.

Debajo del renglón había una casilla vacía: “Entrevista pendiente”.

Me senté otra vez.

—¿Cuánto tiempo tengo antes de que me llamen?

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