Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 18 - NADIE ENTRA AQUÍ
Valeria
La tensión desapareció tan rápido como había aparecido.
Un segundo antes, Enzo estaba demasiado cerca de mí.
Demasiado.
Su mano había apartado mi cabello lentamente y yo no me había movido. No había pensado. No había reaccionado. Solo me había quedado ahí, mirándolo como si hubiera olvidado cómo respirar.
Y al siguiente segundo…
la alarma del teléfono rompió todo.
“Encontramos a alguien intentando entrar a la mansión.”
Sentí un escalofrío inmediato.
Enzo se levantó del sofá de golpe.
Toda la suavidad que había aparecido en él desapareció instantáneamente.
Volvió el hombre frío.
El hombre peligroso.
—¿Quién? —preguntó con voz firme.
Silencio.
La voz del guardia respondió algo que no alcancé a escuchar completamente.
Pero sí vi la expresión de Enzo endurecerse.
Mucho.
—No lo dejen salir —ordenó—. Voy para allá.
Colgó.
Yo seguía sentada en el sofá intentando procesar el cambio tan brusco.
—¿Qué pasó?
Enzo guardó el teléfono.
—Uno de los guardias encontró a un hombre intentando entrar por la parte trasera de la propiedad.
Me levanté inmediatamente.
—¿Qué?
—Ya lo tienen retenido.
El corazón me empezó a latir demasiado rápido.
—¿Crees que tenga que ver con Camila?
Enzo no respondió enseguida.
Y eso fue suficiente para preocuparme más.
—Enzo.
Él levantó la mirada hacia mí.
—No lo sé todavía.
Pero claramente sí tenía una idea.
Y eso era peor.
Se acercó a una mesa cercana y abrió uno de los cajones. Sacó algo metálico.
Tardé un segundo en entender qué era.
Un arma.
Mi respiración se detuvo.
—¿Tienes una pistola?
Enzo levantó apenas la mirada.
—Sí.
—¿Por qué demonios tienes una pistola?
—Porque hay personas peligrosas, Valeria.
La forma tan tranquila en que lo dijo me puso más nerviosa.
Él revisó el arma rápidamente y volvió a guardarla dentro de su saco.
Intenté ignorar lo mucho que eso cambió la atmósfera.
—Quédate aquí —dijo.
Solté una risa incrédula.
—Ni loca.
—Valeria.
—No voy a quedarme sola mientras tú sales armado a revisar quién entró a la casa.
Él se acercó lentamente.
—Precisamente por eso debes quedarte aquí.
Lo miré fijamente.
—No me des órdenes.
—Y tú deja de discutir todo.
—¿Sabes qué? Eso ya ni siquiera funciona conmigo.
Por primera vez en medio de toda esa tensión, vi una pequeña sombra de sonrisa aparecer en él.
Muy pequeña.
Muy rápida.
Pero estaba ahí.
—Cinco minutos —dijo finalmente—. Y no sales de mi lado.
Parpadeé.
—¿Eso fue un permiso?
—Fue una negociación.
—Terrible negociación.
—Y aun así aceptaste.
Quise responder algo, pero él ya caminaba hacia la salida.
La mansión se veía completamente distinta de noche.
Más fría.
Más inmensa.
Más peligrosa.
Dos guardias estaban junto al jardín trasero cuando llegamos. Entre ellos había un hombre sujetado contra el suelo.
Mi cuerpo se tensó automáticamente.
—¿Quién es? —preguntó Enzo.
Uno de los guardias respondió inmediatamente.
—No traía identificación. Intentó saltar el muro norte.
Enzo se acercó despacio.
Y verlo así era… extraño.
Porque no parecía el mismo hombre que hacía unos minutos estaba sentado frente a mí en la sala.
Ahora era otra cosa.
Más duro.
Más oscuro.
El hombre retenido levantó apenas la cabeza.
—Yo no hice nada —dijo nervioso.
Enzo lo observó en silencio unos segundos.
—Entraste ilegalmente a mi propiedad —respondió con calma.
—Me pagaron…
Silencio.
Todos se quedaron quietos.
Enzo entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Quién?
El hombre tragó saliva.
—No sé su nombre.
—Entonces dame algo útil.
El hombre dudó.
—Era una mujer.
Sentí el estómago tensarse.
Enzo seguía completamente quieto.
Pero podía sentir la tensión salir de él.
—¿Qué quería? —preguntó.
—Solo tomar fotos.
Fruncí el ceño.
—¿Fotos de qué?
El hombre me miró apenas.
—De ustedes.
Silencio absoluto.
Mi corazón empezó a latir todavía más rápido.
—¿Qué? —murmuré.
El hombre habló rápido, nervioso.
—Me dieron dinero para entrar y tomar fotos de la casa… de ustedes juntos… eso es todo, lo juro.
Enzo dio un paso más cerca.
—¿Quién te contrató?
—No sé su nombre, lo juro. Solo me contactaron por teléfono.
Silencio.
Los guardias miraron a Enzo esperando instrucciones.
Y por primera vez entendí algo importante:
todos le tenían miedo.
Incluso cuando hablaba tranquilo.
Incluso cuando no levantaba la voz.
Había algo en él que imponía control automáticamente.
Enzo se pasó una mano por la mandíbula.
Luego habló:
—Llévenlo con Marco. Que averigüe todo.
—Sí, señor Ricci.
Los guardias se llevaron al hombre rápidamente.
Y el jardín quedó en silencio otra vez.
Yo seguía intentando procesar todo.
—¿Fotos? —pregunté finalmente—. ¿Por qué alguien querría fotos?
Enzo no respondió enseguida.
Miraba hacia el muro por donde el hombre había entrado.
Pensando.
Calculando.
Eso me desesperó.
—Enzo.
Él finalmente volteó hacia mí.
—Porque quieren confirmar algo.
—¿Qué cosa?
Silencio.
Y luego:
—Que esto ya dejó de parecer falso.
Sentí un calor extraño subir por mi pecho.
Porque esa frase no sonó empresarial.
Sonó personal.
Demasiado personal.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.
El viento movió ligeramente mi cabello y por un instante todo volvió a sentirse igual que en la sala.
Esa tensión.
Esa cercanía rara.
Ese momento donde parecía que algo iba a pasar.
Pero entonces vi algo más en él.
Cansancio.
Mucho cansancio.
Fruncí ligeramente el ceño.
—No has dormido nada, ¿verdad?
Enzo soltó una pequeña exhalación.
—Estoy bien.
—Eso significa que no.
Me acerqué un poco.
—¿Siempre haces esto?
—¿Esto qué?
—Cargar todo tú solo.
Él me sostuvo la mirada unos segundos.
Y por primera vez no respondió con sarcasmo.
—Sí.
Eso me dolió más de lo esperado.
Porque entendí que probablemente nadie antes le había preguntado eso.
El silencio se volvió más suave.
Menos tenso.
Más íntimo.
Y entonces, muy despacio, dije:
—Ya no tienes que hacerlo solo.
La expresión de Enzo cambió apenas.
Solo un poco.
Pero suficiente para notar que mis palabras realmente llegaron a él.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Porque el hombre que tenía enfrente ya no parecía alguien imposible de alcanzar.
Parecía alguien cansado de estar solo.
Y yo estaba empezando a acercarme demasiado.