Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 19: La cena del juicio final (El clan Grien en acción)
La casona de la calle Rivadavia no era una casa; era un templo de la nostalgia, el linaje y las corrientes de aire gélidas que el abuelo Román se negaba a corregir por considerar que el aire acondicionado era un invento de gente débil. Al entrar, Maximiliano Starling lucía un esmoquin a medida que parecía esculpido con láser, manteniendo una postura tan erguida que su columna vertebral se confundía con la arquitectura neoclásica del vestíbulo. A su lado, Valeria, enfundada en un vestido de seda que ocultaba apenas la incipiente curva de su vientre, le clavó un codazo preventivo en las costillas.
—Si haces esa sonrisa ensayada de androide, te juro que te dejo solo frente al abuelo —siseó ella, susurrando a través de los dientes mientras caminaban hacia el comedor.
—Mi sonrisa está calibrada para proyectar estabilidad conyugal, Grien. No me hagas perder la sincronización —respondió él con la mandíbula tensa.
El comedor principal era un despliegue de cubiertos de plata y tensión familiar. En la cabecera, el abuelo Román presidia la mesa con una mirada que parecía atravesar el alma de sus invitados. A un lado, la madre de Valeria y Leonor Starling ya habían iniciado una guerra fría sobre quién tendría acceso prioritario a la elección del cochecito del bebé, discutiendo el calibre de las ruedas como si se tratara de una licitación de obra pública. Y luego estaban los colados: Gabriel, que se había presentado del brazo de su primo Julián luciendo un despliegue de joyería que avergonzaría a un sultán, y Alma, que observaba la escena con la misma curiosidad de quien mira un documental de naturaleza salvaje.
La cena comenzó con un silencio sepulcral, roto solo por el roce de los cubiertos contra la porcelana. Román, después de dar cuenta de un trozo de carne que habría alimentado a una familia entera, dejó los cubiertos con un chasquido metálico y clavó sus ojos de halcón en el yerno.
—Dígame, Starling —dijo el anciano, con esa voz que hacía temblar la vajilla—. Usted es un hombre de números. Pero en esta mesa no cotizamos en bolsa. Quiero saber cuáles son sus intenciones reales con mi nieta y el bisnieto que viene en camino. ¿Es esto una fusión de activos o está usted dispuesto a dejar la piel en el campo por ellos?
Maximiliano, tras un segundo de duda, dejó su copa de vino. Valeria, bajo la mesa, le clavó el tacón en el empeine con la sutileza de una excavadora. Maximiliano ni parpadeó, aunque sus ojos grises revelaron una chispa de dolor ante el impacto.
—Señor Grien —respondió él, con una firmeza que hizo que Valeria lo mirara de reojo con genuina sorpresa—, en el mundo de los negocios aprendí que los contratos son papel mojado si no hay compromiso de largo plazo. No tengo intenciones de fusión. Tengo la intención de garantizar la seguridad de mi familia. El activo que Valeria lleva en su vientre es, para mí, el único proyecto que no admite errores de cálculo ni hojas de ruta alternativas.
El abuelo Román se quedó en silencio, escrutándolo. Gabriel, sentado frente a ellos, soltó una carcajada estridente y, aprovechando el momento, deslizó una mano bajo el mantel para rozar la solapa de seda del esmoquin de Maximiliano con una irreverencia absoluta.
—Qué discurso tan tierno, Maximiliano —dijo Gabriel con una sonrisa envenenada, mientras sus dedos jugaban con la tela del traje del millonario—. Casi puedo ver tu corazón latiendo... si es que tienes uno que no esté configurado por una hoja de cálculo. Por cierto, ¿es esta seda de Italia o es una tela técnica de alto rendimiento? Me encanta cómo se amolda a tus hombros, es casi un pecado dejarla cubierta por esa chaqueta.
Valeria sintió que le hervía la sangre. Debajo de la mesa, la pierna de Gabriel rozó la de Maximiliano, y ella, sin dudarlo un segundo, le lanzó una patada magistral a la espinilla de su primo, logrando que el esmalte de su uña del pie izquierdo se salvara de puro milagro.
—Gabriel, si no quitas tu mano del traje de mi esposo, te juro que el próximo plato de sopa te lo sirvo directamente en tu escote de diseñador —dijo Valeria, con una voz cargada de una dulzura tan azucarada que resultaba letal.
—Valeria, por favor —intervino la madre de Valeria, con un gesto de horror mientras se ajustaba el collar de perlas—. Estamos en una cena familiar. Maximiliano, ¿podrías pasarle la sal a tu esposa? ¿Y por qué no le das un poco de ese pastel de carne? Se te ve muy delgada, hija.
Valeria rodó los ojos. Maximiliano, captando la señal de "peligro inminente", cortó un trozo de carne con una precisión quirúrgica, lo pinchó con el tenedor y lo acercó a los labios de Valeria.
—Come, querida. Necesitas energía —dijo él, con una intensidad dramática que habría hecho llorar a cualquier espectador de telenovela.
Valeria tuvo que abrir la boca para recibir el bocado mientras, por debajo de la mesa, Maximiliano le propinaba un pisotón deliberado en el dedo gordo del pie, una forma silenciosa de recordarle que el juego de la pareja perfecta también era su condena. Valeria masticó la carne con odio, pero mantuvo una sonrisa radiante frente al abuelo, que observaba la coreografía con una mezcla de sospecha y diversión contenida.
—Vemos que tienen mucha química —añadió Leonor Starling, lanzándole una mirada de triunfo a la madre de Valeria—. Es evidente que están profundamente enamorados. Yo misma he estado revisando catálogos de cunas de roble importado para el cuarto del bebé. Considero que un heredero Starling debe dormir en una estructura con estabilidad sísmica de grado seis.
—¿Cunas de roble? —la madre de Valeria soltó una carcajada ácida—. Leonor, querida, el bebé es Grien. Necesita una cuna ergonómica, con textiles de algodón puro y una estructura minimalista. Nada de roble pesado que parece un ataúd victoriano. Ya hablé con el arquitecto del abuelo para que diseñe una pieza única en el estudio de la casona.
Mientras las dos madres subían el tono de voz, el abuelo Román golpeó el bastón contra el suelo, deteniendo el parloteo al instante.
—Basta —tronó el patriarca—. Starling, sírvame otra copa de vino. Y ustedes dos —señaló a Valeria y Maximiliano—, dejen de patearse bajo la mesa. Soy viejo, no ciego. Si van a formar un frente común, aprendan a coordinar sus ataques, porque si el niño sale con la mitad del temperamento que tienen ustedes dos, este clan va a arder en tres generaciones.
El comentario dejó a todos en un silencio tenso. Gabriel, visiblemente aburrido al ver que su juego no había causado la ruptura inmediata del matrimonio, se limitó a beber su vino mientras miraba a Maximiliano con ojos de depredador.
La cena terminó siendo un despliegue de alta tensión diplomática. Valeria y Maximiliano, forzados por el guion de su propia farsa, terminaron la noche dándose de la mano frente a la chimenea para complacer al abuelo, mientras sus mentes trabajaban a mil por hora calculando cuánto tiempo más podrían aguantar sin que la realidad —o la patada asesina de Valeria— hiciera colapsar todo el esmoquin de Maximiliano. Al despedirse, Maximiliano le dedicó al abuelo un apretón de manos tan firme que le puso el rostro colorado, y Valeria le lanzó una última mirada de advertencia a Gabriel, quien solo respondió con un guiño de complicidad.
Al subir al coche, en el silencio de la noche porteña, Maximiliano soltó un suspiro, aflojó el nudo de su corbata y miró a Valeria.
—Tengo un moretón en el empeine, Grien. Has desarrollado una fuerza mecánica peligrosa.
—Y tú, Starling, tienes una capacidad de improvisación romántica que da asco —respondió ella, quitándose los tacones—. Si volvemos a tener que comernos el pastel de carne a la vista de todos, te aseguro que la próxima patada va a ir directamente a un lugar mucho más estratégico de tu anatomía.
Maximiliano arrancó el auto, ocultando una sonrisa. Por primera vez, la guerra fría se sentía extrañamente habitable.