"Él es el hombre más poderoso de la ciudad. Ellos tienen 8 años y acaban de hackear su vida."
Elara ha guardado un secreto durante cuatro años: es madre soltera de dos genios que el sistema escolar no puede controlar. Para su jefe, el implacable y frío millonario Killian Vane, ella es solo la asistente perfecta, la mujer que nunca falla y que parece no tener vida personal. Pero cuando el colegio de los gemelos exige una cuota impagable para niños superdotados y el padre biológico desaparece con las migajas de la manutención, Elara llega al límite.
Lo que Elara no sabe es que sus hijos, Evans y Edans, han tomado una decisión: Mamá necesita un respiro y ellos necesitan un papá que esté a su nivel.
Tras analizar a cientos de candidatos en la plaza local, los gemelos fijan su objetivo en el hombre que aparece en las noticias: Killian Vane. Es rico, es brillante y, según sus cálculos, es el único hombre con el ADN lo suficientemente fuerte para lidiar con ellos.
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Capítulo 4: Tacones, ojeras y un café demasiado amargo
El despertador sonó a las cinco de la mañana con un pitido estridente que se le clavó en las sienes a Elara como un taladro. No recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero el dolor de espalda le recordaba que no había sido en su cama, sino en la silla de la cocina, vigilando que ninguno de sus hijos intentara encender una tablet a escondidas durante la madrugada.
Se levantó con un gruñido, arrastrando los pies hacia el baño. Se miró al espejo y soltó un suspiro de derrota. Las ojeras eran profundas, oscuras, casi azules sobre su piel pálida. Parecía que no había dormido en una década.
—Malditos genios —susurró, lavándose la cara con agua helada para intentar despertar sus neuronas.
Preparó el desayuno en silencio: avena con fruta, lo más barato y nutritivo que podía permitirse. A las seis, Evans y Edans aparecieron en la cocina, con el cabello revuelto y una cara de aburrimiento que era el reflejo exacto del castigo. Sin internet, los niños parecían dos leones enjaulados que habían perdido las ganas de rugir.
—Coman —ordenó Elara, dejando los platos sobre la mesa—. Y hoy, nada de experimentos. Nada de hackear la calefacción. Nada de "análisis de microexpresiones" con la maestra. Van, se sientan, escuchan la lección sobre las tablas de multiplicar y regresan a casa. ¿Entendido?
—Es tortura intelectual, mamá —se quejó Evans, removiendo la avena con desgano—. Es como pedirle a un corredor de Fórmula 1 que maneje un triciclo.
—Pues hoy te toca el triciclo, Evans. Porque si recibo una llamada más de esa escuela, juro que los inscribo en el colegio público de la vuelta, donde el director no tiene calefacción que hackear, sino una regla de madera.
Los niños guardaron silencio. Sabían que, cuando Elara usaba ese tono, no había espacio para la lógica. Ella se puso su uniforme de guerra: el traje sastre gris, el moño perfecto y, por supuesto, los tacones de diez centímetros. Esos malditos zapatos que la hacían sentir poderosa por fuera, pero que le destrozaban los pies por dentro.
Los dejó en la puerta de la escuela con un beso rápido y una mirada de advertencia que decía más que mil palabras. Luego, se subió al metro apretujada entre cientos de personas, repasando mentalmente la agenda de Killian Vane. No podía permitirse un error. Ni uno solo.
Torre Vane. 08:30 AM.
Killian llegó a la oficina con un humor de perros. No había dormido bien. La imagen de los gemelos en la plaza se le había quedado grabada como una espina. Su abuelo le había preguntado tres veces durante el desayuno por qué estaba tan distraído, y Killian odiaba que alguien, incluso su abuelo, notara una grieta en su armadura de acero.
Cuando entró en su despacho, Elara ya estaba allí. Estaba de pie junto a su escritorio, revisando unos documentos en su tablet. Pero algo era diferente.
Killian se detuvo a medio camino y la observó. Elara siempre estaba impecable, pero hoy, a pesar del maquillaje, las sombras bajo sus ojos eran evidentes. Su postura era rígida, casi forzada, y notó que sus dedos temblaban levemente mientras sostenía el lápiz digital.
—Llega tarde, Elara —soltó Killian con frialdad, aunque sabía perfectamente que ella había llegado diez minutos antes que él. Solo quería ver su reacción.
Elara se tensó, pero no bajó la mirada.
—He llegado a las ocho en punto, señor Vane. Los informes de la fusión con la farmacéutica están sobre su mesa, filtrados y con las notas de riesgo resaltadas en rojo —respondió ella con una voz que intentaba ser firme, pero que sonaba peligrosamente cansada.
Killian se sentó en su silla de cuero, dejando su maletín a un lado. No le quitó los ojos de encima.
—Parece que su "inundación" de ayer fue más grave de lo que pensaba. Tiene cara de haber pasado la noche achicando agua con un balde.
Elara apretó los dientes. Si él supiera que la "inundación" se llamaba Evans y que tenía un coeficiente intelectual más alto que la mitad de sus directores, probablemente le daría un infarto.
—Fue una noche larga, señor. Pero estoy aquí y mi trabajo está hecho. ¿Necesita algo más o puedo retirarme a mi puesto?
—Café. Negro. Y que esté caliente de verdad, Elara. La máquina de la cocina común parece que hace sopa, no café.
Elara asintió y salió del despacho. Al llegar a la pequeña cocina del piso ejecutivo, se apoyó contra la encimera y cerró los ojos por cinco segundos. Solo cinco segundos de oscuridad. Le dolían los pies, le dolía la cabeza y sentía una punzada de culpa en el estómago por haber dejado a sus hijos tan tristes esa mañana.
"Es por ellos", se repitió. "Aguanta por ellos".
Preparó el café con una precisión mecánica. Cuando regresó al despacho, Killian estaba hablando por teléfono con alguien, pero le hizo una seña para que entrara.
—...sí, abuelo, lo sé. Pero no es tan fácil encontrar a alguien que cumpla con todos los requisitos... No, no voy a ir a esa gala benéfica solo para que me presenten a la hija de los Harrison. Es una hueca.
Killian colgó el teléfono con un gesto de fastidio y tomó el café que Elara le ofrecía. Le dio un sorbo y, por primera vez en la mañana, su expresión se suavizó un milímetro.
—Al menos alguien en esta empresa sabe hacer algo bien —murmuró, más para sí mismo que para ella. Luego, la miró de nuevo—. Dígame algo, Elara. Usted lleva cuatro años conmigo. ¿Alguna vez ha pensado en tener familia? ¿Hijos, un esposo, esa vida doméstica que tanto parece obsesionar a mi abuelo?
Elara sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones. La pregunta la golpeó como un bofetón. ¿Por qué le preguntaba eso ahora? ¿Acaso sospechaba algo?
—Mi vida personal es privada, señor Vane. Y mi enfoque está totalmente en mi carrera y en cumplir con mis obligaciones en esta empresa —respondió con una frialdad que hasta a ella misma le sorprendió.
Killian soltó una risa seca, casi cínica.
—Privada. Qué palabra tan conveniente. A veces pienso que usted es la única persona cuerda en este edificio, Elara. Los hijos son una distracción. Un gasto de energía inútil. Ayer me encontré con un par de... de pequeños monstruos en la calle. Mocosos con pretensiones de genios. Me hicieron perder diez minutos de mi vida.
Elara sintió que la sangre se le congelaba. Sus hijos. Killian se había encontrado con sus hijos. ¿En la plaza? ¿Cómo? ¿Cuándo?
—¿Pequeños monstruos, señor? —preguntó, tratando de que su voz sonara casual mientras su corazón martilleaba como un tambor loco.
—Sí. Gemelos. Un par de insolentes que se atrevieron a criticar mis zapatos y a hablarme de mi nivel intelectual. Tenían una mirada... —Killian se detuvo, frunciendo el ceño—. No importa. Solo fue un encuentro irritante. Pero me hizo pensar que si alguien como usted tuviera hijos, probablemente serían igual de fríos y eficientes que su madre.
Elara no supo si eso era un cumplido o un insulto, pero el alivio de que él no supiera la verdad fue tan grande que casi se marea.
—Espero que nunca tenga que lidiar con niños así en su oficina, señor Vane —dijo ella, con una ironía que él no captó—. Sería una verdadera prueba para su paciencia.
—Mi paciencia es infinita cuando se trata de negocios, Elara. Pero para la insolencia... para eso no tengo tiempo.
—Entiendo. Con su permiso.
Elara salió del despacho con las piernas temblando. Se sentó en su escritorio y se cubrió la cara con las manos. Sus hijos se habían acercado a Killian. Lo habían "estudiado". El plan de "Operación Papá" seguía en marcha, a pesar del castigo, a pesar de las amenazas.
"Están locos", pensó. "Están absolutamente locos".
Mientras tanto, en la escuela St. Jude, Evans y Edans estaban sentados en el almuerzo, ignorando sus sándwiches. Sin internet, tenían que usar el método tradicional: papel y lápiz.
—Fase dos: la aproximación emocional —susurró Evans, dibujando un diagrama en su libreta—. Mamá está cansada. Si el Iceberg nota que ella es indispensable no solo en la oficina, sino como persona, empezará a bajar la guardia.
—¿Y cómo hacemos eso si estamos castigados y no tenemos acceso al servidor de la empresa? —preguntó Edans.
Evans sonrió con una malicia que habría hecho temblar a la directora Smith.
—No necesitamos el servidor, Edans. Mañana es el cumpleaños del abuelo de Vane. Lo vi en el periódico que mamá usa para limpiar las ventanas. Habrá una fiesta privada. Y mamá tendrá que trabajar hasta tarde para organizarlo todo.
—¿Y nosotros?
—Nosotros vamos a ser el "regalo" inesperado que nadie pidió.
Los gemelos chocaron los cinco por debajo de la mesa. La guerra contra el Iceberg apenas estaba comenzando, y ellos no tenían ninguna intención de perder, aunque el premio fuera un mes más sin internet. Porque para Evans y Edans, ver a su madre sonreír de verdad valía cualquier castigo del mundo.
debe ser alguien del pasado
o alguien a quien afectaron los gemelos en el pasado 💣
es un viaje de emociones ...