Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 19: Recuerdos de otra vida.
La noche había caído suavemente sobre la mansión Wén, cubriendo todo con un manto de oscuridad salpicado por miles de estrellas brillantes que parecían estar mucho más cerca que en cualquier otro lugar. El aire era fresco, perfumado por las flores del jardín, y el silencio solo se rompía por el canto lejano de algún grillo y el sonido suave del viento entre las hojas de los árboles.
Era una de esas noches tranquilas, sin prisas, sin obligaciones, sin miradas ajenas ni asuntos de la corte. Roxana estaba sentada en el porche de madera, con sus tres hermanos pequeños a los pies y su padre en el banco de al lado. Li Longjun, que había llegado poco antes y se había quedado para disfrutar de la paz del lugar, estaba un poco más atrás, apoyado en una columna, observándola en silencio como siempre hacía, con esa mezcla de amor y admiración que ya le era tan habitual.
Todos estaban relajados, cómodos, en esa confianza que ya existía entre ellos. Y fue entonces, sin saber muy bien por qué, cuando la memoria de Roxana voló lejos, muy lejos, a un tiempo y a un lugar que solo ella conocía, y que nunca le había contado a nadie.
Mientras miraba las estrellas, sus ojos se llenaron de una luz lejana, distinta, y con voz suave, casi como si estuviera soñando, empezó a hablar:
—A veces, cuando miro el cielo así, me acuerdo de otro lugar… de otro mundo, donde yo viví antes de llegar aquí.
Su padre y sus hermanos la miraron con curiosidad, pero sin sorpresa. Estaban acostumbrados a que ella dijera cosas extrañas, cosas que nadie más sabía, cosas que parecían salir de sueños o de conocimientos muy antiguos. Se quedaron en silencio, esperando a que continuara. Y Li Longjun, al escuchar esas palabras, se irguió un poco, con el corazón latiendo más rápido, sintiendo que estaba a punto de descubrir algo fundamental sobre la mujer que amaba.
El relato de un mundo distinto
—Era un mundo muy diferente a este —continuó Roxana, con una sonrisa suave y triste a la vez—. Allí, las ciudades no eran casas bajas y extendidas como aquí. Allí, construíamos edificios que llegaban hasta el cielo, tan altos que parecían tocar las nubes. Había calles anchas y llenas de luz, incluso de noche. Luces de todos los colores, brillantes, que nunca se apagaban.
Sus hermanos abrieron los ojos muy grandes, fascinados. El pequeño Wén Yǔ, el más joven, preguntó con voz emocionada:
—¿Luces que no se apagan? ¿Sin fuego? ¿Cómo es posible?
—Eran luces que venían de una energía especial —explicó ella con paciencia—. Y teníamos máquinas… máquinas de todo tipo. Unas se movían solas, sin caballos ni bueyes, y nos llevaban de un sitio a otro muy rápido, más rápido que el caballo más veloz del imperio. Otras volaban por el aire, grandes como casas, y cruzaban mares y montañas en pocas horas. Otras trabajaban por nosotros: cavaban, cargaban peso, tejían, cocinaban, hacían todo lo que antes hacían las manos de las personas.
Hizo una pausa, mirando al vacío, recordando:
—Teníamos cajas planas donde se podían ver imágenes, escuchar voces, saber lo que pasaba en cualquier parte del mundo en ese mismo momento. Podíamos hablar con alguien que estuviera al otro lado del océano, como si estuviera sentado a nuestro lado. Teníamos barcos que bajaban hasta el fondo del mar y naves que viajaban hasta la luna y las estrellas.
Su padre, Wén Chen, escuchaba todo con una atención profunda, sin interrumpirla, con una expresión de absoluta confianza. Sabía que su hija era especial, que tenía una sabiduría que no venía de libros ni de maestros, y ahora entendía que venía de algo mucho más grande.
—Y la salud… —continuó Roxana, con voz más seria—. Allí, la medicina era algo maravilloso. Sabíamos por qué nos enfermábamos, sabíamos que había seres muy pequeños, invisibles a los ojos, que nos hacían daño, y sabíamos cómo combatirlos. Teníamos remedios para casi todo: para el dolor, para la fiebre, para curar huesos rotos o heridas profundas. Podíamos operar dentro del cuerpo, cambiar partes que estaban dañadas, ayudar a nacer a los bebés con seguridad. La gente vivía mucho más tiempo, los niños casi no morían al nacer, y las enfermedades que aquí matan a miles, allí se curaban en pocos días.
Habló de escuelas donde todos aprendían, de ciencias que explicaban cómo funcionaban el sol, la luna, la tierra y todo lo que existía. De cómo entendían el agua, la tierra, el viento y el fuego no como fuerzas misteriosas, sino como cosas que se podían estudiar, entender y usar para el bien de todos.
—Era un mundo lleno de conocimientos —dijo ella al final—. Un mundo donde todo cambiaba muy rápido, donde siempre se buscaba saber más, hacer mejor, ir más lejos. Pero… era también un mundo muy ruidoso, muy lleno, donde a veces la gente se olvidaba de mirar las estrellas, de sentir el aire, de estar cerca de los que amaba. Y un día, sin saber cómo ni por qué, desperté aquí. En este cuerpo, en esta familia, en este tiempo. Y aunque echo de menos algunas cosas… aquí he encontrado cosas que allá no tenía: paz, cariño, y un lugar donde todo lo que sé puede servir para ayudar de verdad.
La fe absoluta de los suyos
Cuando terminó de hablar, se hizo un silencio largo y profundo. Sus hermanos estaban con la boca abierta, imaginando esas ciudades altas, esas luces mágicas, esas máquinas que volaban y corrían solas.
—¡Qué mundo tan maravilloso! —exclamó Wén Hào, el mayor de los niños—. ¡Tú eres como una princesa de otro lugar, hermana! ¡Por eso sabes tantas cosas, por eso eres tan diferente a todos!
—¿Y podremos verlo algún día? —preguntó Wén Lín, con esperanza en los ojos.
Roxana sonrió, le acarició el pelo y le respondió con ternura:
—No lo creo, pequeño. Ese mundo se quedó muy lejos, en otro tiempo. Pero lo que aprendí allí… todo eso se lo puedo enseñar a ustedes, y a todos. Y así, poco a poco, podemos hacer que este mundo sea también un lugar mejor, más parecido al que yo conocí, pero sin perder lo bonito que tiene este.
Su padre se inclinó hacia ella, le tomó la mano entre las suyas, grandes y cálidas, y le dijo con voz llena de emoción y de respeto:
—Hija mía, nada de lo que me has dicho me sorprende. Desde que eras pequeña, supe que había algo especial en ti. Que pensabas distinto, que veías cosas que nadie más veía, que entendías lo que nadie más entendía. Ahora lo sé: no eres de aquí, pero te has convertido en lo mejor de aquí. Y te creo cada palabra, porque sé que tú no mientes, y porque todo lo que has hecho hasta ahora demuestra que sabes cosas que ningún otro ser humano podría saber.
No hubo preguntas incrédulas, no hubo dudas, no hubo miedo. Solo hubo aceptación, amor y orgullo. Porque para ellos, ella era Roxana, su hija, su hermana, y lo que fuera que hubiera sido o de donde fuera que viniera, seguía siendo la persona más querida y más importante de sus vidas.
Li Longjun entiende todo
Pero mientras la familia hablaba, mientras compartían ese momento tan íntimo y especial, Li Longjun permanecía en silencio, inmóvil, con el corazón lleno de sentimientos que no podía explicar.
Había escuchado cada palabra, cada detalle, cada recuerdo de ese mundo extraño y maravilloso. Y poco a poco, mientras ella hablaba, todo lo que él no había entendido antes, todo lo que le había parecido misterioso o imposible, se aclaró por fin.
Ahora entendía por qué ella era tan distinta a todas las mujeres que conocía.
Porque no le importaban las joyas ni las sedas.
Porque no quería títulos ni poder.
Porque pensaba que las mujeres valían lo mismo que los hombres.
Porque sabía cómo llevar el agua, cómo hacer que la tierra diera más fruto, cómo curar enfermedades con cosas sencillas.
Porque veía el mundo de una forma que nadie más podía ver.
No es que fuera más sabia, o más lista, o más extraña… es que venía de un lugar donde todo eso ya se sabía, ya se hacía, ya se vivía. Ella traía consigo el conocimiento de siglos y siglos de avance, de descubrimientos, de sabiduría acumulada. Ella no inventaba nada… solo recordaba lo que ya se había aprendido en otro sitio, en otra vida.
Y entendió también por qué ella era difícil de conquistar, por qué no se impresionaba con su corona ni con sus riquezas. Porque ella venía de un mundo donde el poder de un hombre solo no lo era todo, donde había cosas mucho más importantes: la libertad, el saber, la justicia, el progreso. Ella no se podía comprar con oro ni con títulos, porque ella venía de un lugar donde esas cosas tenían mucho menos valor que la verdad y el entendimiento.
Li Longjun dio unos pasos hacia delante, saliendo de las sombras, y todos lo miraron. Él no dijo nada sobre magia, ni sobre dioses, ni sobre cosas imposibles. Solo caminó hasta donde estaba ella, se arrodilló a su lado —algo que casi nunca hacía delante de otros— y le miró con una mezcla de asombro, respeto y un amor que ahora era mucho más profundo, mucho más completo.
—Ahora lo entiendo todo —le dijo con voz suave y llena de emoción—. Entiendo por qué eres así. Entiendo por qué eres diferente, por qué eres maravillosa, por qué eres la persona más increíble que existe. Tú no eres solo una mujer de este tiempo, de este lugar. Tú eres un regalo que nos ha llegado de muy lejos, de otro mundo, para enseñarnos, para guiarnos, para hacernos mejores.
Le tomó las manos entre las suyas, con mucha suavidad, como si estuviera sosteniendo algo sagrado y precioso:
—Me dijiste que te ganara con hechos, sin usar mi corona. Y ahora sé por qué: porque tú vienes de un lugar donde el poder no es lo más importante. Me dijiste que cambiara las leyes, que escuchara a todos, que cuidara la tierra y la salud… y ahora sé que me lo decías porque tú ya sabes que eso es lo justo, lo bueno, lo que funciona.
La miró a los ojos, y en su mirada ya no había ninguna duda, ningún misterio sin resolver:
—Te creo, Roxana. Te creo absolutamente todo. Porque todo lo que has contado explica quién eres, explica por qué te amo tanto, explica por qué eres la única capaz de cambiar este imperio y de cambiarme a mí. Eres de otro mundo, sí. Pero ahora estás aquí. Y ahora eres mía. Y te prometo que haré todo lo posible para que este lugar, este tiempo, este mundo al que has llegado… sea un lugar digno de ti.
Roxana lo miró, vio que por fin entendía, que por fin conocía su secreto más grande, y vio que no había miedo, ni rechazo, ni confusión. Solo había amor, admiración y aceptación.
Se inclinó hacia él, y por primera vez, fue ella quien le tomó la cara entre las manos y le dijo con voz suave y llena de cariño:
—Gracias por creerme, Li Longjun. Gracias por no preguntarme cómo ni por qué, sino solo aceptarme tal como soy, con todo lo que traigo dentro. Vengo de otro lugar, sí. Pero ahora, mi hogar está aquí. Con mi familia. Y contigo.
Esa noche, nadie durmió mucho. Los hermanos soñaban con ciudades altas y máquinas que volaban. El padre pensaba en el regalo inmenso que era tener a esa hija tan especial. Y Li Longjun… él se quedó mirando las estrellas, pensando en el inmenso privilegio que tenía: ser el hombre al que una mujer de otro mundo, una mujer que sabía más que nadie, una mujer que venía del futuro o de un lugar lejano, había elegido para amar, para enseñar y para caminar a su lado.
Ahora sabía todo. Y ahora, más que nunca, estaba decidido a merecerla. Porque ella no era solo una mujer difícil de conquistar… era un tesoro caído del cielo, de otra vida, de otro mundo. Y él, el Emperador, el Dragón Dorado, tenía la suerte más grande de todas: haber sido el elegido para amarla, para protegerla y para ser amado por ella.