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La Chica De Los Días Prestados

La Chica De Los Días Prestados

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:161
Nilai: 5
nombre de autor: Natalia Cubilla

En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.

NovelToon tiene autorización de Natalia Cubilla para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bajo el Cerezo de las Mil Primaveras

"El tiempo puede borrar los nombres, las ciudades y los rostros. Pero jamás consigue borrar una promesa hecha con el alma."

La casa quedó sumida en un silencio absoluto.

La enorme criatura de ojos carmesí permanecía inmóvil en el centro de la habitación. Su cuerpo parecía estar formado por sombras líquidas que cambiaban de forma a cada instante. Decenas de manos surgían de su espalda y desaparecían nuevamente, como si innumerables almas intentaran escapar de su interior.

Sin embargo, ninguna de ellas parecía interesada en Hana.

Ni en Kuro.

Ni siquiera en el Guardián.

Todos sus ojos estaban clavados en Akira.

La presión en el ambiente era tan intensa que resultaba difícil mantenerse en pie.

Akira sintió cómo un extraño calor nacía en el centro de su pecho.

No era dolor.

Era reconocimiento.

Como si una parte de él hubiera esperado toda la vida para volver a encontrarse con aquella presencia.

— ¿Quién... eres...? —preguntó con dificultad.

La criatura sonrió.

Una sonrisa antigua.

Melancólica.

—Hace quinientos años...

...me llamabas hermano.

El corazón de Akira dejó de latir por un instante.

Un estruendo resonó dentro de su cabeza.

Miles de imágenes comenzaron a aparecer.

No eran recuerdos aislados.

Eran vidas enteras.

Montañas cubiertas de nieve.

Templos iluminados por faroles.

Guerreros con armaduras negras.

Campos de flores blancas.

Una inmensa ciudad amurallada.

Y, en el centro de todo...

Un gigantesco cerezo cuyos pétalos caían como si jamás conocieran el invierno.

Akira cayó de rodillas.

Sus manos temblaban.

Sentía que su mente iba a romperse.

—¡Akira!

Hana corrió hacia él.

Esta vez Kuro no intentó detenerla.

Ella sujetó su rostro entre sus manos.

—¡Mírame!

Él levantó lentamente la vista.

Pero durante un instante...

Aquellos no eran los ojos de Akira.

Eran los ojos de alguien mucho más antiguo.

Mucho más sabio.

Y mucho más triste.

—Aoi...

susurró.

Hana quedó inmóvil.

Jamás había escuchado ese nombre.

Pero algo dentro de ella respondió antes que su memoria.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—¿...Hayato?

Su propia voz la sorprendió.

No sabía por qué había pronunciado aquel nombre.

Simplemente...

Había salido de su corazón.

Ren cierra los ojos.

—Comenzó.

El Guardián apretó los puños.

—Demasiado pronto.

Kuro respiró profundamente.

—Las memorias originales están despertando.

El mundo desapareció.

Todo quedó cubierto por una intensa luz blanca.

Akira abrió lentamente los ojos.

Ya no estaba en la antigua casa.

Frente a él se extendía un inmenso jardín cubierto por millas de flores.

El aire oía a primavera.

El canto de los pájaros llenaba el bosque.

Y en el centro del jardín...

El enorme cerezo.

Muchísimo más grande que cualquier árbol que hubiera visto jamás.

Sus ramas parecían tocar el cielo.

Miles de pétalos blancos caían lentamente como nieve.

Debajo del árbol había dos jóvenes.

Un muchacho y una muchacha.

Ambos vestían kimonos tradicionales.

Reían.

El muchacho sostenía una espada de entrenamiento.

La joven llevaba el cabello recogido con una cinta roja.

Akira sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Ellos...

Eran él.

Y Hana.

—Hayato.

La joven sonrió.

—¿Qué ocurre, Aoi?

—Crees que algún día este árbol dejará de florecer?

El muchacho levantó la vista hacia el inmenso cerezo.

-No.

—¿Por qué estás tan seguro?

Él sonrió.

—Porque alguien siempre lo cuidará.

Ella rió.

—¿Y quién será?

Hayato dio un pequeño golpe sobre su propio pecho.

—Nosotros.

Siempre.

El recuerdo cambió.

Los pétalos desaparecieron.

El cielo se volvió gris.

El sonido de campanas reemplazó al canto de los pájaros.

Había fuego.

Muchísimo fuego.

La ciudad ardía.

La gente correría desesperada.

Soldados invadían las calles.

El gran cerebro estaba siendo consumido por las llamas.

Hayato corría sujetando la mano de Aoi.

—¡No te detengas!

Ella lloraba.

—¡Mi padre sigue allí!

—¡Ya no podemos volver!

Un grupo de soldados apareció frente a ellos.

Rodeándolos.

El muchacho desenvainó su espada.

Era apenas un adolescente.

Pero luchaba con una determinación feroz.

Entonces...

Entre los soldados apareció un hombre.

Vestido completamente de negro.

Con unos ojos azules idénticos a los de Ren.

El recuerdo volvió a romperse.

Akira abrió los ojos bruscamente.

Respiraba agitadamente.

El pecho le doría.

Hana seguía sujetándolo.

También lloraba.

—Yo...

Lo vi...

Akira apenas podía hablar.

—Nosotros...

Vivimos eso...

Ren lentamente.

—Fue la primera vez que murieron juntos.

Hana levantó la vista.

—¿Primera?

Ren caminó lentamente hacia la ventana destruida.

La lluvia había cesado.

La luna comenzaba a asomarse entre las nubes.

—No fueron dos vidas.

Ni tres.

Ni diez.

Han vivido juntas...

Cuarenta y siete veces.

El silencio fue absoluto.

Akira sintió que el mundo volvía a desmoronarse.

—¿Cuarenta... y siete?

—En cada una lograron encontrarse.

En ninguno pudieron permanecer juntos.

Siempre ocurrió algo.

Una guerra.

Una enfermedad.

Un desastre.

Una traición.

El destino siempre encontró una forma de separarlos.

Hana comenzó a comprender.

Aquella extraña sensación de conocer a Akira desde el primer instante...

No pertenece únicamente a su infancia.

Venía de muchísimo antes.

Muchísimo más atrás.

De vidas que ambos habían olvidado.

—Entonces...

¿Todo esto ha ocurrido una y otra vez?

preguntó.

Ren respondió con una serenidad dolorosa.

-Si.

Y esta...

Es la cuadragésima octava.

El Guardián bajó lentamente la cabeza.

—La última oportunidad.

Akira lo miró.

—¿Por qué todos repiten eso?

¿Por qué es la última?

Ren guardó silencio.

Fue la criatura de ojos rojos quien respondió.

Su voz era profunda.

Antigua.

Como si hubiera nacido junto al universo.

—Porque el Árbol de las Almas...

Está muriendo.

Nadie entendió aquellas palabras.

Excepto el Guardián.

Su rostro perdió todo color.

-No...

La criatura se levantó lentamente una mano.

En el aire apareció la imagen del inmenso cerezo que Akira acababa de recordar.

Pero ahora estaba marchito.

Sin flores.

Sin hojas.

Las ramas se quebraban lentamente.

Como si la propia vida estuviera abandonándola.

—Cada reencuentro consume una parte de su fuerza.

Cada promesa incumplida rompe una de sus raíces.

Y cuando el último pétalo caiga...

Las almas destinadas dejarán de renacer.

Para siempre.

Akira observa la imagen en silencio.

Comprendió entonces que aquella historia jamás había tratado únicamente sobre él y Hana.

Su amor estaba unido a algo mucho mayor.

Algo que sostenía el equilibrio entre los mundos.

Y si fracasaban...

No solo perderían la oportunidad de estar juntos.

Desaparecería la posibilidad de que cualquier alma destinada volviera a reencontrarse.

La criatura sonrió.

Pero aquella vez su sonrisa transmitía compasión.

—Por eso te estaba esperando, Hayato.

Oh... Akira.

Como prefieres llamarte.

Porque solo tú puedes decidir...

Si el árbol florecerá una vez más...

O morirá con ustedes.

La habitación se volvió temblar.

A lo lejos, desde el puente donde Hana había esperado durante doce años, comenzó a escucharse una campana.

Una sola.

Tumba.

Lenta.

El Guardián levantó la vista hacia la ciudad.

Su expresión se volvió seria.

—Ya comenzó a buscarlos.

Kuro desenfundó por primera vez una espada completamente negra, cuya hoja parecía absorber la luz de la luna.

Ren cierra los ojos.

Y murmuró con tristeza.

—Entonces... la Cacería de las Almas ha comenzado.

1
Ma Viviana Medina
el que?
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