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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 5: El Límite del Silencio

El martes amaneció con un cielo gris que amenazaba con una tormenta, un reflejo exacto del estado de ánimo que comenzó a apoderarse de la academia. Tras la sutil rendición en la mirada que Juliana le había entregado a Andrés la tarde anterior, ella había pasado la noche en vela, asimilando las palabras de Emmeline y aceptando, por primera vez, que estaba lista para dar un paso fuera de su zona de confort. Deseaba que llegara la tarde para hablar con él con el corazón en la mano.

Sin embargo, el destino tenía otros planes.

A las cinco de la tarde, la hora exacta en la que Andrés debía pasar a recoger a Athenea y al pequeño Andreis Julián para su tarde de juegos, el teléfono de Juliana vibró sobre el escritorio. Su corazón dio un vuelco, pero la decepción la golpeó al leer el mensaje de texto. No era de Andrés. Era de su chofer.

"Buenas tardes, Sra. Juliana. El Sr. Andrés me pidió que pasara por los niños hoy debido a un compromiso de última hora. Ya estoy afuera."

Juliana se quedó mirando la pantalla, sintiendo una extraña opresión en el pecho. Entregó a los niños con una sonrisa forzada y pasó el resto de la tarde sumida en una inquietud que no lograba calmar.

El verdadero golpe llegó al día siguiente, el miércoles por la mañana.

Juliana y Emmeline estaban en la recepción de la academia organizando las fichas de inscripción cuando la puerta de cristal se abrió. Juliana levantó la mirada con una sonrisa automática, esperando ver a Andrés, pero la energía en el lugar cambió de golpe.

Andrés entró vistiendo un traje sastre impecable, oscuro, que remarcaba su porte imponente de treinta años. Pero su rostro no reflejaba la calidez del lunes, ni el juego de seducción, ni la promesa que siempre llevaba en los ojos. Su mandíbula estaba rígida, su mirada oscura completamente blindada y fría. Era el reflejo exacto del hombre de negocios de la dinastía Fontane, el hombre que ponía un muro infranqueable ante el mundo.

—Buen día —dijo Andrés con una voz monocromática, dejando una carpeta de cuero sobre el mostrador, justo frente a Juliana.

—Andrés... hola —respondió ella, desconcertada por su postura, dando un paso al frente de manera instintiva—. Ayer no viniste por los niños y...

—Estaba ocupado, Juliana. Pero vine a dejarte esto —la interrumpió con una cortesía cortante, sin dejar que sus ojos se conectaran del todo con los de ella—. Son las propuestas de horarios para los próximos tres meses. Ya están organizados los días que me corresponden a Athenea y a Andreis. Están detallados los fines de semana, los días de la academia y las fechas festivas. Revísalo y me avisas si estás de acuerdo con tu abogado.

Juliana se quedó de piedra. Miró la carpeta y luego a él. El lenguaje corporal de Andrés la repelía; no había un solo milímetro de cercanía, ni la más mínima intención de que sus dedos se rozaran al entregar el documento.

—¿Con mi abogado? Andrés, ¿de qué estás hablando? Nosotros nunca hemos necesitado abogados para organizar los días de nuestra hija —articuló Juliana en un hilo de voz, sintiendo que el aire empezaba a faltarle.

Andrés se acomodó los puños de la camisa, manteniendo una calma que a ella le dolió más que un insulto.

—Tienes razón, no los hemos necesitado, pero creo que es momento de formalizar las cosas. Me cansé, Juliana —soltó él, con una franqueza lapidaria que hizo que incluso Emmeline dejara de respirar detrás del mostrador—. Me cansé de empujar una pared que no quiere moverse. Llevo cinco años insistiendo, demostrandote que cambié, que soy el hombre en el que puedes confiar, pero siempre te echas para atrás. Siempre soy un "error de contención" o un peligro para el equilibrio que tus padres, Julia y Joaquín, te ayudaron a construir.

—Andrés, por favor, lo del lunes... —intentó interceder ella, con los ojos cristalizados por el pánico. El miedo a perderlo de verdad la estaba desarmando por completo en su propio terreno.

—Lo del lunes me abrió los ojos —la cortó él con suavidad, pero con una firmeza que no admitía réplica—. Entendí que tienes razón. Las casas separadas funcionan. Los límites claros funcionan. Ya no voy a molestarte más con mis "impulsos", ni voy a intentar invadir tu espacio. A partir de ahora, nuestra relación se limitará estrictamente a la copaternidad de los niños. Mantendremos las distancias que tanto defiendes.

Andrés dio un paso atrás, abotonandose el saco del traje. Le dedicó una mirada breve a su hermana.

—Te veo luego, Emme. Juliana, avísame cuando firmes el documento. Buenas noches.

Se giró con paso firme y decidido, saliendo de la academia sin mirar atrás. La puerta de cristal se cerró con un eco sordo.

Juliana se quedó estática en medio de la recepción, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas y una sensación de vacío tan violenta que la obligó a apoyarse en el mostrador. El pánico, agudo y asfixiante, la dominó por completo. Por fin había logrado lo que tanto defendía: Andrés había dejado de insistir. Sus límites estaban a salvo. Sus casas seguían separadas.

—Te lo advertí, Juli... —susurró Emmeline desde atrás, con una mueca de dolor genuino por ver a su hermano y a su mejor amiga así—. El hombre más paciente también tiene un límite, y terminaste por agotar el de Andrés.

Juliana miró la carpeta sobre el mostrador, sintiendo que las lágrimas que tanto había contenido durante años por fin amenazaban con desbordarse. Nunca en sus treinta años se había sentido tan terriblemente perdida, y por primera vez, el orden de su academia no era suficiente para salvarla del caos.

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