Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 24
La humillación del ático todavía quemaba en las muñecas de Anna. Al llegar a la mansión, se encerró en su habitación, ignorando los golpes secos de David en la puerta. Su mente analítica, usualmente un mar de calma, era ahora un incendio de indignación y despecho. Se despojó del vestido color champán, dejándolo caer como una piel muerta, y se enfundó en la bata de seda negra.
—¿Quieres a tu fantasma, David? —susurró, con los dedos temblando sobre la pantalla de su teléfono secreto—. Ten a tu fantasma. Pero te va a costar la cordura.
Con un movimiento preciso, envió el mensaje: “El invernadero es demasiado frío para un hombre con tanta rabia. Te espero en el pabellón de caza. Ven solo. Ven ahora.”
Anna sabía que David no dudaría. El pabellón de caza era una estructura de madera y piedra en el extremo más alejado de la propiedad, un lugar donde el servicio rara vez entraba a estas horas. Se colocó el antifaz de encaje y una capa pesada, saliendo por la puerta de servicio para evitar las cámaras del vestíbulo.
Cuando llegó, el aroma a madera de cedro y humedad la envolvió. Minutos después, escuchó el motor del coche de David deteniéndose bruscamente. Él irrumpió en la estancia, todavía con el esmoquin de la gala, pero con la mirada desencajada. La luz de una sola lámpara de aceite proyectaba sombras grotescas en las paredes.
—Viniste —dijo ella desde las sombras, forzando esa voz ronca y cargada de misterio que él tanto ansiaba.
David se detuvo, jadeando. Al ver la silueta del antifaz, su postura defensiva se derrumbó. Se acercó a ella con la desesperación de un náufrago, deteniéndose a escasos centímetros. El olor a whisky y a una derrota emocional emanaba de él.
—Necesitaba encontrarte —confesó David, su voz rompiéndose en un barítono vulnerable—. Mi mundo se está cayendo a pedazos y tú eres lo único que se siente... real. Aunque seas un misterio, eres más real que la farsa que vivo cada día.
Anna sintió una punzada de dolor físico en el pecho. Estaba allí, frente a él, escuchando cómo la despreciaba en su versión oficial.
—Pareces un hombre que acaba de perder una guerra, extraño. ¿Qué te ha pasado?
David se dejó caer en un viejo sillón de cuero, cubriéndose el rostro con las manos. Era la primera vez que Anna lo veía así: despojado de su armadura de "Heredero de Hielo", con los hombros hundidos.
—Es mi esposa —soltó él, con un tono de cansancio infinito—. Anna. Se ha vuelto una extraña. Hoy me desafió frente a todos. Se fue con otro hombre, me miró a los ojos y me dijo que no me tiene a mí aunque lleve mi apellido. Es rebelde, es fría, es... insufrible. Me está volviendo loco, y lo peor es que no puedo dejar de pensar en ella.
Anna se acercó lentamente y se colocó detrás de él. Con una audacia que solo el anonimato le permitía, puso sus manos sobre los hombros de David. Sintió la tensión de sus músculos bajo la tela fina del esmoquin. Empezó a masajearlo con una lentitud sensual, sintiendo cómo él soltaba un suspiro entrecortado ante su contacto.
—Quizás ella solo quiere que la veas, David —susurró Anna cerca de su oído, su aliento rozando su piel—. Quizás su rebeldía es un grito para que dejes de tratarla como a un contrato y empieces a tratarla como a la mujer que es.
David echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el abdomen de Anna. Cerró los ojos, entregándose al contacto.
—No puedo —confesó él, su voz apenas un susurro—. Cada vez que intento acercarme a ella, siento que te traiciono a ti. Siento que si la toco, borro lo que tuvimos esa noche. Ella es el deber, tú eres el deseo. Ella es el hielo que me mantiene a salvo, y tú eres el fuego que quiero que me consuma. Estoy atrapado entre dos mujeres y siento que me estoy rompiendo por la mitad.
Anna sintió que las lágrimas escocían tras el antifaz. Era una humanización profunda y dolorosa. Veía al hombre vulnerable que amaba, pero le dolía con una intensidad insoportable que él necesitara una máscara para ser honesto. Él estaba confesándole su amor y su tormento a ella misma, pero solo porque creía que ella era "otra".
—Mírame —pidió ella, su voz temblando levemente.
David se giró en el asiento y la rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en su vientre. La abrazó con una posesividad desesperada, como si ella fuera su único ancla en la tormenta. Anna pasó sus dedos por el cabello de David, acariciándolo con una ternura que nunca se atrevería a mostrar como la "esposa analítica".
—Si ella supiera que estás aquí... —empezó Anna.
—No lo sabe. Ella no siente nada —respondió David, levantando la vista. Sus ojos grises estaban empañados—. Ella solo ve números y estrategias. Tú... tú me ves a mí. Sálvame de ella una noche más.
David se puso de pie y la atrajo hacia un beso cargado de una urgencia devoradora. Era un beso que buscaba consuelo, que buscaba borrar el dolor del desplante de Anna con Arturo. La sensualidad era cruda, casi violenta por la necesidad acumulada. David la pegó contra la pared de madera, sus manos recorriendo su cuerpo con una memoria hambrienta.
Anna se entregó al beso, dejando que su propio deseo hablara por ella. Pero por dentro, una parte de ella se estaba fragmentando. Estaba besando a su esposo mientras él buscaba refugio de ella misma. Era el juego más peligroso que había jugado nunca.
—Te deseo tanto que me duele —masulló David contra su cuello, dejando marcas de fuego en su piel.
Al final del encuentro, cuando David se quedó dormido por unos minutos agotado por la tensión y el alcohol, Anna se soltó de sus brazos con cuidado. Lo miró una última vez, durmiendo con una expresión de paz que nunca veía en la mansión.
—Me tienes aquí, David —susurró ella antes de desaparecer en la noche—. Pero eres demasiado ciego para ver que el fuego que buscas es el mismo que intentas congelar cada mañana.
Regresó a la mansión antes de que él despertara, guardando el antifaz como si fuera un arma cargada. El arco del "Juego del Teléfono" se cerraba con una victoria amarga: David estaba más obsesionado que nunca, pero el abismo entre la esposa y la amante se había vuelto tan profundo que Anna no sabía si algún día podría cruzarlo sin destruirlos a ambos. Su humanización la había acercado a él, pero su mentira la había condenado a ser su propia rival.