En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Restando importancia.
Silencio. Axel se inclinó un poco hacia ella, intentando usar su cercanía física para recuperar terreno, para ablandar la resolución de la chica.
—Estás exagerando la situación de una manera ridícula, Cenicienta. Es solo un drama de los tuyos.
Error. Un grave, monumental y destructivo error táctico.
Liv se levantó de la banca de golpe, haciendo que su bolso cayera al césped. Sus ojos centellearon con una chispa de furia y dignidad que Axel jamás le había visto.
—¡No estoy exagerando, Axel! ¡No te atrevas a llamarme dramática para restarle importancia a tu cobardía!
—Solo fue un maldito beso de pasillo con Freja, Liv. No significa nada.
—¡Exacto! —exclamó ella, con la voz temblando por la emoción contenida—. ¡Ese es el maldito problema contigo! Que nada significa nada para ti. Ni el beso con ella, ni el chocolate en tu departamento, ni el tiempo que pasas conmigo. Todo es un juego desechable en tu tablero.
—Liv… por favor, baja la voz.
—No soy estúpida, Axel Von Lindberg —sentenció ella, y las palabras salieron con una firmeza tan cortante que Axel se quedó helado en el sitio—. Sé perfectamente cuándo alguien me está usando para llenar sus horas vacías o para huir de sus propios fantasmas.
—Yo nunca dije que fueras estúpida, Liv —consiguió articular él, sintiéndose extrañamente pequeño ante la estatura moral de la chica.
—No necesitas decirlo en voz alta. Tus acciones y tus silencios cobardes lo dicen por ti cada vez que alguien de tu mundo te silba.
Silencio. Frío, cortante, definitivo. Por primera vez en toda su vida de privilegios y educación de élite, Axel no sabía qué decir. No porque su cerebro no pudiera generar palabras, sino porque sabía que ninguna de sus respuestas corporativas o sarcásticas iba a funcionar contra la verdad desnuda de Liv.
—Solo… —intentó una última vez, extendiendo una mano hacia ella de manera titubeante— no hagas esto más complicado de lo que ya es, Liv. Mantengamos las cosas simples.
Liv soltó una pequeña risa, pero fue un sonido carente de cualquier rastro de alegría, un eco amargo que dolió más que un grito.
—Siempre dices exactamente esa misma frase cuando te da miedo sentir algo real, Axel. “No lo compliques”.
—Porque es la verdad. La simplicidad evita que las personas salgan heridas.
—No —negó ella, dando un paso hacia atrás, alejándose de su alcance—. Dices eso porque es la única maldita frase que sabes decir para protegerte en tu jaula de oro. Eres un cobarde de buena familia.
El golpe fue directo al centro de su orgullo. Sin defensa posible. Axel se puso de pie de inmediato, intentando recuperar su postura de superioridad.
—Bien. Si tantas quejas tienes de mí, dime textualmente qué es lo que quieres de este asunto.
Liv lo miró fijamente por última vez. Y por un segundo, un brevísimo instante que pareció suspender el curso de la historia, sus labios se abrieron como si estuviera a punto de decir algo de una importancia devastadora. Algo real, algo que venía desde el fondo de su corazón herido. Pero se detuvo a tiempo, cerrando la puerta por completo.
—Nada, Axel. Ya no quiero absolutamente nada de ti.
—Eso no es una maldita respuesta, Liv. No seas evasiva.
—Es la única respuesta que tengo y la única que te mereces.
El silencio que se instaló entre ambos fue el más frío y distante de todo el invierno parisino.
—Tengo que irme a mi clase —dijo Liv finalmente, recogiendo su bolso del suelo con una dignidad impecable.
—Liv, espera…
Pero ella ya estaba caminando a paso firme por el sendero adoquinado. Sin voltear la cabeza ni una sola vez. Sin detenerse ante sus llamados. Axel se quedó ahí parado, solo en medio del jardín del campus, sintiendo una mezcla insoportable de molestia, frustración y un vacío negro que amenazaba con devorarlo.
—Maldición… —rugió entre dientes, pateando una rama seca.
Más tarde esa noche, en la barra de mármol de su departamento, el teléfono de Axel volvió a iluminarse con las notificaciones del grupo que manejaba los hilos de la facultad.
Grupo: Sistema
Erik: ¿Qué demonios pasó en el jardín? Te vimos discutir con la becada desde el edificio de leyes.
Louis: Se ve bastante rara, hoy no entró a la última tutoría. ¿Se rompió el juguete, Axel?
Freja: ¿Tenemos problemas en el paraíso de papel, de mi amor? Recuerda que el plazo se agota.
Axel colocó los dedos sobre la pantalla, listo para enviar la respuesta automática que mantendría su reputación intacta frente a sus amigos:
“Nada importante. Solo se está resistiendo un poco para llamar la atención. Lo tengo todo bajo arreglo.”
Pero esta vez, sus dedos se congelaron antes de presionar el botón de enviar. Se quedó mirando las letras del mensaje. Eran mentiras. Absolutas y flagrantes mentiras. Lo que había visto en los ojos de Liv no era una resistencia táctica para llamar la atención, ni era parte del retorcido juego de apuestas del System. Era algo infinitamente más profundo. Era el dolor real de una persona real a la que le habían roto la confianza.
Borró el texto completo. Bloqueó la pantalla y arrojó el teléfono sobre el sofá, incapaz de seguir fingiendo frente al espejo de su propia élite.
Esa misma noche, Axel hizo lo que mejor sabía hacer cuando sentía que el mundo se le venía encima: intentar recuperar el control de las variables por la fuerza de los hechos. Salió de su departamento sin un plan estructurado, sin una estrategia de seducción clara en la mente. Fue un impulso puro, una necesidad biológica de respirar el mismo aire que ella.
La encontró exactamente donde su intuición le dictaba: en el pequeño parque oculto del distrito de Marais. El parque de las luces. Ella estaba sentada sola en una de las bancas cubiertas de escarcha, con la cabeza inclinada hacia atrás, mirando fijamente las pequeñas bombillas cálidas que parpadeaban entre las ramas desnudas como estrellas atrapadas.
—Sabía perfectamente que estarías aquí —dijo Axel, rompiendo el silencio del lugar con sus pasos sobre la nieve fina.
Liv ni siquiera se molestó en girar la cabeza para mirarlo. Siguió con la vista fija en el cielo artificial.
—Siempre estoy aquí cuando el mundo exterior se vuelve demasiado falso para poder respirar, Axel. No es ninguna sorpresa.
Axel se acercó lentamente y se detuvo a un costado de la banca.
—Podemos arreglar esto, Liv. No hay necesidad de llevar las cosas a este extremo de silencio.
—¿Arreglar qué exactamente, Von Lindberg? —preguntó ella, con una voz extrañamente calmada que lo asustó más que sus gritos del campus.
—Esto. Lo que sea que nos esté pasando en las últimas veinticuatro horas.
Liv soltó una pequeña risa amarga, bajando la cabeza para mirarlo finalmente. Sus ojos brillaban bajo la luz cálida de los árboles, pero ya no reflejaban la misma ilusión infantil de antes. Estaban apagados, maduros, cansados.
—Otra vez esa palabra, Axel. “Esto”. Sigues sin tener el valor de darle un nombre real a lo que haces con las personas.
—Sabes perfectamente a qué me refiero, Cenicienta. No juegues con las palabras.
—No, la verdad es que no lo sé —dijo ella, ajustándose el abrigo—. No sé si te refieres a tu apuesta, a tu aburrimiento de junior rico o a tu miedo a que tus amigos vean que eres un ser humano.
Silencio. Axel sintió un frío glacial recorrerle la espalda al escuchar la palabra "apuesta", pero decidió omitirla en su pánico. Se sentó a su lado en la banca helada, reduciendo la distancia física.
—Solo… te pido que confíes en mí, Liv. Dame una oportunidad de explicarte cómo funciona mi mundo.
Error. El peor, el más devastador y definitivo error que Axel Von Lindberg había cometido en toda su existencia.
Liv lo miró de frente, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla izquierda, brillando como un cristal bajo las luces del parque antes de perderse en el cuello de su suéter.
—Eso es exactamente lo que he estado haciendo durante las últimas semanas, Axel. Confiar en ti a pesar de todas las advertencias. Confiar en que el chico de la cocina era el real.
Silencio sepulcral en el Marais. El parpadeo de las luces pareció ralentizarse.
Y fue en ese preciso instante cuando Axel entendió algo pequeño, sutil, pero absolutamente demoledor para su estructura mental. No estaba perdiendo el control del plan del System. No estaba perdiendo una simple apuesta millonaria entre juniors aburridos de Europa.
La estaba perdiendo a ella. De verdad.
Y lo peor de todo, lo que lo dejaba completamente desarmado y aterrorizado en medio de la noche parisina, era que no sabía por qué la opinión de una estudiante de letras de un pueblo ordinario le importaba muchísimo más que su apellido, los negocios de su padre o el respeto de toda la élite de Berlín.
Porque el gran problema ya no era el sistema. No era el juego de seducción. No era el maldito plan perfecto que había diseñado en su tableta.
El problema real era que, sin darse cuenta, en algún momento entre los panqueques quemados en la cocina y las carreras bajo la nieve del Luxemburgo… Axel Von Lindberg ya no quería ganar la partida. Quería quedarse con la anomalía.
Y esa absoluta falta de ambición corporativa, ese sentimiento puro y descontrolado, lo dejaba por primera vez en su vida… completamente perdido en su propio tablero.
me gustó mucho