Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 3: La Emperatriz dicta sentencia en la oficina
Una semana fue tiempo más que suficiente para que la soberana del norte entendiera los hilos invisibles que movían este nuevo mundo. Aprendió que la ropa ya no se tejía a mano en los telares del reino, sino que se compraba en suntuosos palacios de cristal llamados centros comerciales. Por eso, esa mañana, Valentina caminaba por los relucientes pasillos del prestigioso buffet de abogados luciendo un traje azul formal impecable. La prenda, lejos de ocultar su figura de talle grande, abrazaba sus curvas con una elegancia imponente. Su postura era tan recta, majestuosa y dominante que el murmullo habitual de los empleados se extinguió a su paso. La gente se frenaba en seco, perpleja por el drástico cambio de aura de la mujer a la que solían ignorar.
Antes de llegar a las oficinas principales, Valentina se topó con las puertas metálicas que daban acceso al piso superior. Al verlas, una chispa de desconfianza brilló en sus ojos felinos y soltó un bufido despectivo.
—Maldito demonio de metal —susurró entre dientes, mirando el indicador luminoso.
Todavía tenía fresco el recuerdo de su salida del hospital unos días atrás. Su abuela la llevaba del brazo cuando la guió hacia una de esas cajas metálicas empotradas en la pared. Valentina, confiada en su estatus real, había entrado sin sospechar nada, hasta que las puertas se cerraron solas con un siseo siniestro, atrapándolas en un cubículo sin ventanas. De pronto, el suelo se había sacudido y una fuerza invisible empujó sus entrañas hacia abajo.
En ese instante, la Emperatriz había entrado en pánico absoluto. Había comenzado a golpear las paredes de metal, gritando que aquello era un demonio devorador de almas, un hechizo oscuro de brujería plebeya diseñado por sus enemigos para enterrarla viva. Su abuela, asustada por los gritos pero intentando calmarla, la aferraba de las manos repitiendo que solo era un ascensor. Valentina no se lo creyó; para ella, cualquier caja flotante que desafiara la gravedad sin caballos era obra del mismísimo infierno.
Recordar su propia indignación la hizo recuperar la compostura. Observó el cubículo abierto frente a ella y, con una dignidad inquebrantable, decidió que una soberana no le temía a los artilugios de los campesinos del nuevo siglo. Entró al ascensor con la cabeza en alto, desafiando a la máquina con la mirada.
Al bajarse en el piso del buffet, caminó directo hacia su cubículo de trabajo. Sin embargo, la paz le duró muy poco. Esperándola justo al lado de su escritorio, se encontraba el abogado arrogante que lideraba la firma, el mismo tipo que durante meses se había dedicado a pisotear el orgullo de la antigua Valentina aprovechándose de su timidez.
Al verla llegar, el hombre ni siquiera se tomó la molestia de saludarla. Con un gesto de desprecio, levantó una pesada montaña de carpetas y la tiró con brusquedad sobre la mesa, haciendo que varios papeles salieran volando.
—Haceme los informes de estos casos para ayer, gorda —le espetó con una sonrisa burlona y autosuficiente, cruzándose de brazos—. Y movete rápido, que no tenemos todo el día para esperar a que camines a tu ritmo.
Cualquier otra persona en el buffet habría esperado el inicio del espectáculo de siempre: Valentina agachando la cabeza, pidiendo disculpas con la voz temblorosa y corriendo a encerrarse en el baño a llorar por las burlas sobre su peso. Pero la mujer que estaba de pie frente a él ya no formaba parte de ese juego.
La Emperatriz observó la pila de papeles desordenados y luego desvió la vista hacia el hombre. En lugar de reaccionar con sumisión, se acercó a su silla de escritorio con una lentitud calculada. Se acomodó el traje azul y se sentó. No parecía estar acomodándose en un mueble de oficina barato; la forma en que apoyó los brazos y enderezó el torso transformó la silla giratoria en un auténtico trono de oro y hierro.
Elevó el mentón y lo miró de arriba a abajo. Su mirada era tan gélida, afilada y desprovista de cualquier rastro de humanidad que el aire de la oficina pareció congelarse por completo. Una sonrisa gélida y despiadada se dibujó en sus labios.
—Si vuelves a usar esa lengua bífida para ladrar en mi presencia, haré que te la arranquen y se la echen a los puercos —pronunció Valentina. Su tono de voz no fue un grito, sino un susurro cargado de una autoridad tan letal que resonó en todo el piso—. Deja los papeles en mi escritorio y retírate de mi vista antes de que decida que tu miserable existencia es un estorbo para este lugar.
El abogado arrogante se quedó estupefacto. La réplica lo golpeó como un balde de agua helada. Abrió la boca para responder, para gritarle o recordarle quién mandaba ahí, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. El instinto más primitivo de su cuerpo le advirtió que la mujer que tenía enfrente no estaba bromeando; sus ojos transmitían la promesa real de una ejecución inminente. El color desapareció por completo de su rostro, quedando pálido como un espectro. Empezó a temblar sin entender la razón física de su miedo, y de manera inconsciente, retrocedió dos pasos, alejándose de su escritorio como si hubiera topado con una bestia salvaje.
Los empleados que espiaban desde los cubículos vecinos se quedaron mudos, conteniendo el aliento ante la humillación invertida más espectacular que jamás hubieran presenciado.
Justo en ese instante de tensión absoluta, las pesadas puertas de vidrio templado de la entrada principal del buffet se abrieron de par en par. El silencio de la oficina se profundizó aún más cuando los pasos firmes de unos zapatos de diseñador resonaron en el mármol del pasillo.
Era el cliente más poderoso de toda la firma: el CEO millonario. Un hombre de negocios frío, calculador y de una presencia física imponente, acostumbrado a que los directores de los buffets se arrastraran por el suelo con tal de conseguir su firma en un contrato. En sus visitas anteriores, jamás se había dignado a mirar a los costados, pasando de largo frente al escritorio de Valentina como si ella fuera parte del mobiliario.
Sin embargo, esta vez fue diferente. Al cruzar el pasillo principal y pasar cerca del cubículo de Valentina, el empresario se detuvo en seco. Sus ojos oscuros, siempre desinteresados, se clavaron en la figura de la abogada vestida de azul. El CEO frunció ligeramente el ceño, desconcertado por el cambio. El espacio ya no se sentía como una oficina común; estaba impregnado de un aura peligrosamente real, pesada y dominante que emanaba directamente de esa mujer de curvas imponentes que miraba a su jefe como si fuera un simple insecto. Por primera vez en su vida, el hombre más poderoso de la ciudad se sintió intrigado.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.