Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 1: El Peso de la Esperanza
El reflejo en el espejo agrietado no mentía, pero Astra deseaba con todas sus fuerzas que, al menos por una noche, la realidad fuera diferente.
Se alisó las faldas del sencillo vestido blanco de lino. Era la prenda más limpia que poseía, reservada exclusivamente para la Ceremonia de Aceptación Lunar. No tenía joyas, ni encajes caros, ni los perfumes exóticos que las hijas de los Betas y Guerreros usaban para llamar la atención. Solo se tenía a sí misma. Una Omega. La casta más baja de la Manada Colmillo de Plata.
Sin embargo, mientras presionaba una mano contra su pecho, una sonrisa involuntaria curvó sus labios.
Allí, justo encima de su corazón, un calor místico y latente comenzaba a pulsar con una intensidad rítmica. Era una vibración dorada, un eco espiritual que no le pertenecía a ella, sino a su otra mitad. El lazo de apareamiento se estaba despertando, respondiendo a la alineación de la luna llena. Y ese lazo la guiaba inconfundiblemente hacia una sola persona.
Logan.
El futuro Alpha de la manada. El hombre que estaba a punto de heredar el trono de Colmillo de Plata. El destino, en su misteriosa benevolencia, la había entrelazado con el ser más poderoso de la región. Astra respiró hondo, autoconvenciéndose de que todas las noches de hambre, los abusos y los trabajos forzados en las cocinas habías valido la pena solo para llegar a este momento. Logan la salvaría de la miseria. Logan la reclamaría ante todos.
Caminó hacia el Gran Salón de la manada, pero el frío de la noche de invierno pareció filtrarse en sus huesos antes de cruzar el umbral. Cuando las pesadas puertas de roble se abrieron para ella, el bullicio del banquete no disminuyó; en su lugar, se transformó en una ola de susurros cargados de veneno.
Astra mantuvo la barbilla en alto, intentando ignorar las miradas de desprecio que la envolvían como dagas.
—¿Qué hace esa muerta de hambre aquí con un vestido blanco? —se burló una mujer Beta en voz baja, cubriéndose la boca con una copa de vino.
—¿De verdad cree que tiene una oportunidad esta noche? Es una simple Omega —respondió un guerrero a su lado, soltando una risotada— Un estorbo para el linaje de cualquier lobo respetable. Debería estar limpiando las letrinas, no arruinando la vista.
Los comentarios golpearon el orgullo de Astra, pero no dejó que las lágrimas nublaran sus ojos. Continuó avanzando por el pasillo central. Sabía que las leyes de la Luna eran absolutas: cuando el lazo de mate se manifestaba, ningún Alpha, por más orgulloso que fuera, podía negar el diseño de la naturaleza.
De repente, el salón quedó en un silencio sepulcral.
Las puertas traseras se abrieron de par en par y él entró. Logan Thorne.
Su sola presencia física cortaba la respiración. Era alto, de hombros anchos y mandíbula esculpida, vestido con un traje militar oscuro que acentuaba su porte aristocrático. Su aura de Alpha era tan densa y sofocante que obligaba a los lobos de menor rango a inclinar la cabeza por puro instinto de sumisión.
Astra, sin embargo, no se movió. Su pecho ardió con una calidez ardiente, casi dolorosa. El lazo en su interior dio un vuelco salvaje, reconociendo a su dueño.
Logan caminó por el pasillo con paso firme. En un segundo que pareció congelarse en el tiempo, sus ojos oscuros se desviaron y se encontraron con los de Astra. Ella contuvo el aliento, esperando ver el destello de reconocimiento, la chispa de alivio o la calidez de un hombre que descubre a su compañera eterna. Esperó una sonrisa.
Pero no hubo nada de eso.
Logan solo le dedicó una mirada gélida, distante y extrañamente calculadora, antes de apartar la vista como si ella fuera un paisaje aburrido. El calor en el pecho de Astra flaqueó, reemplazado por un presentimiento helado que le oprimió la garganta.
El Alpha actual, un hombre canoso y cicatrizado por mil batallas, subió al estrado principal y alzó las manos para exigir la atención de la multitud. Logan se colocó a su derecha, imponente, con los brazos cruzados tras la espalda.
—¡Hijos de la Luna! —bramó el viejo Alpha, su voz resonando en las vigas del techo— Esta noche, mi sangre, Logan Thorne, asume el liderazgo de los Colmillos de Plata. Un nuevo ciclo comienza, y un Alpha necesita a su Luna para consolidar el poder de nuestra estirpe.
Astra dio un paso al frente de manera casi inconsciente. La multitud a su alrededor se abrió, no por respeto, sino para dejarla expuesta en el centro del salón. Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que temía que los demás pudieran escucharlo. El lazo seguía tirando de ella, instándola a subir a ese estrado, a reclamar el lugar que el destino le había asignado.
Logan dio un paso adelante, relevando a su padre. Tomó el micrófono ceremonial de plata con una mano firme. Su rostro era una máscara de absoluta seriedad.
Por un instante, su mirada volvió a posarse en Astra, manteniéndose fija durante unos segundos agónicos. Sin embargo, antes de emitir una sola palabra, los ojos de Logan se desviaron deliberadamente hacia la primera fila de la aristocracia de la manada, donde una loba hermosa, vestida con sedas rojas y joyas ostentosas, le sonreía con total complicidad.
Astra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Logan regresó la mirada hacia ella. Esta vez, la indiferencia en sus ojos se había transformado en algo mucho peor. Algo cruel.
El futuro Alpha inhaló profundamente y habló, usando su Voz de Mando, una frecuencia mística que hizo vibrar el aire del salón y obligó a Astra a tensar cada músculo para no caer de rodillas por la sumisión biológica.
—Miembros de Colmillo de Plata... esta noche anuncio que no gobernaré solo —declaró Logan, su tono resonando de manera implacable— Pero la debilidad no tiene lugar en mi trono.
Mientras pronunciaba esas últimas palabras, Logan clavó sus ojos en Astra, torciendo los labios en una mueca de absoluto asco.