Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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capítulo 18: Un puesto propio
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras la señora Elizondo, Yoselin soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo durante semanas. Todo había salido perfecto: los ajustes que habían acordado en la prueba quedaron impecables, la clienta se fue encantada, y por primera vez Alejandro no solo no tuvo objeciones, sino que le había dado su reconocimiento más claro. Sintió que el cansancio acumulado de tantas noches trabajando hasta tarde le caía de golpe sobre los hombros, y sonrió con alivio. Hoy se iría temprano a casa: cerraría la puerta de su taller, dejaría los lápices y las telas a un lado, y descansaría todo lo que no había podido hacerlo en estos días.
Guardó sus cosas con calma, apagó la luz de su mesa y caminó hacia la salida, sintiéndose ligera. Pero justo cuando cruzaba el vestíbulo, la secretaria de Alejandro se acercó a ella con paso tranquilo.
—Yoselin, disculpa que te detenga —le dijo con amabilidad—. El señor Varela quiere hablarte un momento antes de que te vayas. Te espera en su despacho.
El corazón le dio un pequeño salto. ¿Qué podría querer ahora? ¿Había pasado algo que no había notado? Respiró hondo y subió de nuevo, llamando suavemente a la puerta del último piso.
—Pase —respondió la voz grave de adentro.
Alejandro estaba de pie junto a su escritorio, sin papeles en la mano, con esa expresión seria pero ya sin la frialdad que la había recibido la primera vez. Hizo un gesto para que se acercara.
—Quería decirte esto antes de que te vayas —empezó sin rodeos—. He visto cómo trabajaste desde que llegaste: la forma en que entendiste lo que la clienta necesitaba, el cuidado con el que hiciste cada ajuste, que no te conformaste con nada que no estuviera perfecto aunque ya todos estuvieran satisfechos. Eso es algo que no cualquiera sabe hacer.
Hizo una pausa breve, como si sopesara bien las palabras que seguirían.
—Por eso he decidido que, a partir de ahora, estarás a cargo exclusivamente de los pedidos personalizados. Serás tú quien reciba a los clientes que buscan algo único, quien diseñe y supervise cada pieza desde el boceto hasta la entrega final, sin tener que compartir el trabajo con nadie más. Es tu área, con tus reglas, siempre que mantengas la excelencia que has demostrado con este proyecto.
Yoselin se quedó sin palabras por un instante. Recordó el día que entró allí por primera vez, llena de esperanza pero rechazada de inmediato; recordó las noches de duda, las pruebas de materiales, cada puntada y cada modificación que había hecho para mejorar lo que ya parecía terminado. Todo había valido la pena. No solo había ganado un lugar en la empresa: había ganado el espacio para crear tal cual era ella.
—Muchas gracias —dijo con voz firme, aunque los ojos le brillaban—. No te defraudaré.
—Ya lo veo —respondió él con un leve asentimiento—. Ahora sí, vete a descansar. Te lo has ganado.
Cuando salió de nuevo hacia la calle, el sol empezaba a ocultarse. Ya no tenía prisa, ni miedo, ni dudas. Caminó sabiendo que el rechazo del principio había sido solo el comienzo de algo mucho más grande, y que todo el esfuerzo puesto en aquel conjunto único le había abierto las puertas a un futuro que ahora ella misma diseñaría.