Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
...AITANA ...
Colgó sin esperar respuesta y guardó el teléfono.
Se giró hacia mí, cruzando las manos detrás de la espalda. Su rostro no mostraba la menor pizca de alteración, pero la vena que titilaba en su sien delataba que estaba conteniendo una furia de dimensiones volcánicas.
—Señorita Vega, usted se va a quedar en esta biblioteca —me instruyó, con un tono que no admitía réplicas—. En cuanto mi hijo regrese con Mía, los quiero a ambos aquí adentro. Usted presenciará las consecuencias de lo que sucede cuando se desafía la estructura de esta familia. Le servirá de lección para entender con quién está tratando.
—Entendido, señor Montenegro —respondí, sosteniendo la mirada.
Augusto asintió una sola vez, dio media vuelta y salió de la biblioteca.
Me dejé caer en la silla de roble, frotándome las sienes. El dolor de cabeza del viernes por la noche regresó con fuerza.
Acababa de quemar todos los puentes con Henrry. Cuando él cruzara esa puerta y se diera cuenta de que yo lo había delatado con su padre...
El tipo me iba a querer destruir. Pero no me arrepentía; antes de que él usara el poder de su apellido para pisotear a una familia de los suburbios y arrastrarme a mí en su complicidad, prefería que se estrellara de frente contra el verdadero dueño del imperio.
.........
El reloj de la pared avanzaba con una lentitud tortuosa. Diez de la mañana. Diez y media.
De repente, el eco de unos pasos apresurados y pesados resonó en el pasillo. Las pesadas puertas dobles de la biblioteca se abrieron de par en par con una violencia que las hizo chocar contra las paredes.
Era Henrry.
Entró como un torbellino. Traía la camisa blanca arrugada, la corbata floja y el cabello desordenado. Detrás de él venía Mía, con los ojos hinchados de tanto llorar, el rostro rojo y la mirada clavada en el suelo, completamente triste.
Henrry barrió la habitación con los ojos encendidos en odio hasta que me encontró sentada al fondo.
Caminó directo hacia mí, pisando con tanta fuerza que parecía querer romper el mármol. Se detuvo a un metro de la mesa, apoyó ambas manos sobre la madera de roble y se inclinó hacia mí, respirando con agitación.
—Fuiste tú —siseó Henrry, con una voz ronca que vibraba de puro veneno—. Fuiste tú la que le abrió la maldita boca a mi padre.
Mía levantó la cabeza, mirándome con desprecio absoluto.
—Te lo advertí en el club, Vega —continuó Henrry, acortando la distancia, con los ojos fijos en los míos—. Te dije que no te metieras en los asuntos de mi familia. Te di la oportunidad de manejar esto con inteligencia, pero preferiste jugar a la empleada del mes. ¿Tienes una maldita idea de lo que acabas de desatar?
No me moví. Me puse de pie despacio, sintiendo la electricidad estallando entre los dos.
—Hice mi trabajo, Director Montenegro —le respondí, con una frialdad cortante—. Lo que usted llama "manejar las cosas" era una locura impulsiva. No voy a arriesgar mi cuello por sus arranques imprudentes.
Antes de que Henrry pudiera soltar la réplica que ya le deformaba la mandíbula, una voz grave, pausada y sepulcral llegó desde el umbral de la puerta.
—Cierra la boca, Henrry.
Augusto Montenegro entró a la biblioteca, cerrando las puertas detrás de sí con parsimonia.
Henrry se tensó, pero no se apartó de mí inmediatamente. Su respiración seguía siendo errática, caliente contra mi rostro.
Cuando finalmente se giró hacia su padre, su arrogancia se esfumó. Tenía casi treinta años, era un hombre con un cargo ejecutivo de alto nivel, pero en ese momento, acorralado por el verdadero dueño del imperio, emergió el adulto inmaduro y caprichoso que se creía intocable.
—No me pidas que me calle, papá —escupió Henrry, alzando la voz, perdiendo por completo la compostura—. Esta mujer es una hipócrita. Nos vendió el maldito cuento de la profesional intachable, la mentora con valores excepcionales, ¿y sabes dónde estaba anoche? ¡Metida en la zona VIP de The Void, enredándose con los ingenieros de Carlos!
Mía levantó la vista de golpe, con los ojos abiertos de par en par, procesando la información.
Henrry dio un paso hacia atrás, señalándome con un dedo tembloroso por la rabia, descargando toda la frustración de haber sido humillado por su padre.
—Es una zorra trepadora, papá —soltó sin ningún filtro, mirándome con un desprecio asqueroso que me hizo sentir incómoda—. Vino aquí a darnos discursos de moralidad sobre Mía, pero los viernes por la noche se pone un vestido apretado y sale a cazar hombres con dinero en los clubes privados de la ciudad. ¡Ese es el maldito ejemplo que le trajiste a Mia! Una mujer que se vende al mejor postor el fin de semana y viene a posar de santa en nuestra propiedad. No tiene el estatus, no tiene la clase, ¡no es digna de pisar esta casa!
Sentí el impulso de cruzarle la cara de una bofetada, pero me obligué a clavar los tacones en el suelo. No le iba a dar el gusto de verme perder el control. Mi dignidad no dependía de los insultos de un tipo que no sabía lidiar con un "no".
—¿Y tú sí eres un buen ejemplo? —La voz de Augusto Montenegro me sorprendió.
Henrry se quedó mudo a mitad de un gesto, congelado por el tono gélido de su padre. Augusto se acercó a la mesa, mirándolo desde su impecable altura, con un desdén que redujo a Henrry a un niño regañado en un segundo.
—¿Te estás escuchando, Henrry? Tienes veintinueve años, manejas una división del holding y te comportas como un adolescente despechado porque la tutora no te pidió permiso para salir a divertirse —le recriminó Augusto, fulminándolo con la mirada—. Me importa un demonio lo que la señorita Vega haga con su vida privada los viernes en la noche, mientras venga a las horas sugeridas y cumpla con el contrato. Lo que no voy a tolerar es que mi hijo, el Director educativo, monte un circo con tres camionetas blindadas en un barrio de clase media para amedrentar a la familia de un chico de catorce años.
—¡Lo estaba solucionando! —gritó Henrry, el rostro rojo de frustración—. ¡Estaba salvando la situación antes de que se volviera un escándalo! Investigué al chico, fui a cortarle las alas...
—¡Fuiste a dejar una huella gigante de los Montenegro en un suburbio donde todos los vecinos tienen cámaras en sus malditos teléfonos! —le rugió Augusto, perdiendo la paciencia por primera vez, dando un golpe seco en la mesa de roble que hizo eco en toda la sala—. Actuaste de forma imprudente, como un imbécil impulsivo. ¿Qué pretendías? ¿Que un periodista nos viera ahí? Ocultaste información crítica sobre una brecha de seguridad en esta familia. Me mentiste.
Mía comenzó a sollozar con más fuerza, encogiéndose en su silla. Henrry miró a su padre, luego me miró a mí, y la mezcla de odio y humillación en sus ojos me dejó claro que esto ya no era solo por Mía.
Esto era personal.
Le dolía que yo hubiera preferido ir a Augusto antes que confiar en él. Le dolía haber quedado en evidencia.
—Ella te utilizó, papá —dijo Henrry, bajando la voz, intentando desesperadamente recuperar terreno—. Te trajo la foto para salvar su propio pellejo porque sabe que si tú te enterabas por otro lado, la echabas a la calle. Es una estratega barata.
—Hizo exactamente lo que un empleado leal y con cerebro debe hacer: reportar el problema a la cabeza de la organización, no al intermediario inestable —sentenció Augusto, dándole la espalda a su hijo de manera definitiva. Se giró hacia mí, recuperando su máscara de frialdad—. Señorita Vega, disculpe los calificativos de Henrry. Sus honorarios serán incrementados a partir de este mes por su discreción y manejo de la situación.
Miré a Henrry. Estaba inmóvil, con los puños tan apretados que los nudillos se le veían blancos, respirando como un animal enjaulado.
Ver cómo su propio padre lo desautorizaba y lo humillaba frente a mí fue una venganza mucho más dulce de lo que esperaba.
—Gracias, señor Montenegro —respondí, sosteniéndole la mirada al Presidente y luego desviándola hacia Henrry con una sonrisa gélida—Acepto el aumento. Y no se preocupe, entiendo perfectamente que el Director a veces olvida que el dinero no compra la educación ni la madurez.
Henrry soltó una risa seca, desquiciada, y dio un paso atrás, asintiendo con la cabeza mientras la mandíbula le temblaba de rabia pura.
—Esto no se va a quedar así, Vega —me prometió en un hilo de voz, directo al oído, antes de que su padre le ordenara sacar a Mía de la biblioteca.