Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
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UN DESTINO DECIDIDO (PARTE 1)
El otoño había comenzado a teñir de tonos dorados los extensos jardines de la residencia Storm.
La brisa movía suavemente las hojas de los antiguos robles mientras los sirvientes recorrían los senderos preparando los últimos detalles para el té de la tarde. Desde la terraza principal podía apreciarse la inmensidad de los terrenos de la familia, un símbolo del poder y la historia de una de las cuatro Grandes Casas Ducales del Imperio.
Alana observaba el paisaje con una taza entre las manos.
El vapor ascendía lentamente, pero su atención estaba lejos del delicado aroma del té.
Su mente volvía una y otra vez al mismo recuerdo.
La tarde en la que había coincidido con Aurelio en la ciudad.
La elegante reunión de la nobleza.
La manera en que él había pronunciado su nombre.
Eran recuerdos simples.
Insignificantes para cualquiera.
Pero suficientes para hacer que una sonrisa apareciera involuntariamente en su rostro.
—¿En qué piensa mi pequeña? —preguntó una voz cálida a su espalda.
Alana se sobresaltó ligeramente antes de girarse.
—¿Padre?
El duque sonrió con tranquilidad mientras tomaba asiento frente a ella.
Era un hombre de presencia imponente, respetado por toda la nobleza por su carácter firme y su inquebrantable sentido del honor. Sin embargo, delante de su hija, aquella imagen severa desaparecía para dar paso a un padre atento y afectuoso.
—Hace días que te noto distraída.
Alana intentó mantener la compostura.
—¿De verdad?
—Tu madre también lo ha notado.
La joven bajó la mirada hacia la taza.
El duque tomó un sorbo de té antes de continuar.
—Llevas semanas sonriendo sin darte cuenta.
Sonrió para sí mismo.
—Incluso los sirvientes comentan que nuestra señorita parece mucho más feliz últimamente.
Las mejillas de Alana comenzaron a adquirir un ligero tono rosado.
—No sabía que era tan evidente...
—Para un padre siempre lo es.
El silencio se instaló entre ambos durante unos instantes.
No era un silencio incómodo.
Era la tranquilidad de dos personas que disfrutaban de la compañía del otro.
Finalmente, el duque habló nuevamente.
—Alana.
—¿Sí?
—¿Hay alguien que haya logrado conquistar tu corazón?
La pregunta cayó como una piedra sobre un lago en calma.
Alana sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¡Padre!
—No tienes que avergonzarte.
Él rió con suavidad.
—Fuiste una niña hace muy poco y ahora eres toda una dama. Era inevitable que este día llegara.
Alana jugueteó nerviosamente con el borde de la taza.
Quería responder.
Pero las palabras no salían.
El duque no insistió.
Esperó pacientemente.
Sabía que presionarla solo conseguiría que se encerrara más en sí misma.
Pasaron varios segundos antes de que la joven reuniera el valor suficiente para hablar.
—Hay... alguien que ha llamado mi atención.
El duque sonrió con satisfacción.
—Eso imaginaba.
—Pero...
Alana levantó la vista.
—No sé si esto pueda llamarse amor.
Apenas lo conozco.
Solo hemos coincidido unas cuantas veces.
Simplemente... cuando estoy cerca de él siento una tranquilidad que nunca había experimentado.
El duque escuchó cada palabra con atención.
—¿Puedo saber de quién se trata?
Alana respiró profundamente.
Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo.
Finalmente respondió casi en un susurro.
—Del príncipe Aurelio.
El jardín quedó completamente en silencio.
Lejos de sorprenderse, el duque sonrió.
Aquella respuesta confirmaba todas sus sospechas.
—Es un buen hombre.
Alana levantó la cabeza.
—¿De verdad lo cree?
—Ha sido educado para gobernar algún día. Es inteligente, disciplinado y posee un gran sentido del deber.
Luego observó con ternura a su hija.
—Y, si debo ser sincero, no me desagradaría verlo convertido en mi yerno.
Alana abrió los ojos con sorpresa.
—¿Padre?
El duque soltó una pequeña carcajada.
—No me mires así.
Toda hija merece casarse con alguien a quien admire.
Y todo padre desea verla feliz.
Las palabras conmovieron profundamente a Alana.
No esperaba semejante comprensión.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Luego reunió valor para preguntar:
—¿Cree que... alguien como él podría fijarse en mí?
El duque respondió sin vacilar.
—Eres Alana Storm.
La heredera de una de las familias más respetadas del imperio.
Eres inteligente, bondadosa y has sido educada para convertirte en una gran duquesa.
Cualquier hombre tendría suerte de contar con una esposa como tú.
Los ojos de Alana comenzaron a humedecerse.
No por tristeza.
Sino porque aquellas palabras provenían de la persona cuya opinión más valoraba.
El duque extendió la mano y acarició con cariño el cabello de su hija, tal como hacía cuando era una niña.
—Déjame ocuparme del resto.
Alana lo observó confundida.
—¿A qué se refiere?
Él sonrió con serenidad.
—Confía en tu padre.
No haré nada que pueda perjudicarte.
Solo deseo darte la oportunidad de construir un futuro junto al hombre que ha logrado hacerte sonreír de esa manera.
Aquella noche, después de cenar, el duque Storm pidió hablar a solas con su esposa.
La duquesa ya imaginaba el motivo.
—¿Finalmente te lo confesó?
—Sí.
La ama.
O al menos está comenzando a hacerlo.
La duquesa sonrió con dulzura.
—Nuestra pequeña ya creció.
El duque asintió lentamente.
Después caminó hasta la ventana del despacho.
Desde allí podía contemplar las luces de la residencia.
—He estado pensando...
La duquesa levantó la vista.
—¿En qué?
—La Casa Storm siempre ha servido con lealtad a la Corona.
Nuestra familia mantiene una posición sólida entre las cuatro Grandes Casas Ducales.
Y Alana...
Hizo una breve pausa.
—Merece la oportunidad de ser feliz.
La duquesa comprendió inmediatamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.
—¿Piensas hablar con Su Majestad?
El duque giró lentamente.
En su mirada había determinación.
—Solicitaré una audiencia privada con el emperador.
Si existe la posibilidad de unir nuestras familias, quiero conocer su opinión antes de que otros nobles intenten adelantarse.
La duquesa guardó silencio unos instantes.
Finalmente sonrió.
—Entonces espero que Su Majestad tenga la misma buena opinión de nuestra hija que nosotros.
El duque observó el escudo de la Casa Storm tallado sobre la chimenea.
Por primera vez en muchos años, sintió que estaba tomando una decisión no solo como duque, sino también como padre.
Sin saberlo, aquella decisión cambiaría el destino de tres vidas para siempre.
la union hace la fuerza