Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
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capitulo 20
El apagón ocurrió con la precisión implacable de una guadaña cortando el aire. A las diez en punto, la opulenta finca costera se hundió en una oscuridad abismal, ahogando el murmullo de las copas de cristal y la música de cámara del salón principal en un murmullo de pánico desorientado. En medio de la confusión, Valentina no dudó. Se deslizó como una sombra entre los invitados, cruzando los ventanales de la terraza y adentrándose en el sendero empinado que descendía hacia la cala inferior.
La tormenta se había desatado con una furia casi mitológica. El viento marino azotaba la costa con ráfagas secas y violentas, arrastrando una lluvia tupida que la empapaba hasta los huesos en cuestión de segundos. El agua gélida le pegaba en el rostro, pero Valentina no sentía el frío. Bajo su abrigo de paño oscuro, sostenía contra sus costillas el expediente original de la morgue y la grabación digital; las armas de papel y plástico que debían comprar su libertad.
El descenso por los peldaños de piedra caliza era resbaladizo. Sus tacones se clavaban en la tierra mojada, pero la adrenalina mantenía sus piernas firmes. Abajo, en la penumbra de la cala, la silueta de una lancha motora se mecía sobre las olas oscuras que rompían contra las rocas.
Allí estaba Andrés.
Esperaba al pie de la plataforma de madera, resguardado a medias por el saliente de la cueva marina. Llevaba el capuchón de su chaqueta bajado, dejando que la lluvia le empapara el rostro. Cuando la vio descender, una chispa de triunfo y devoción desbordante iluminó sus ojos claros. Dio dos pasos bruscos hacia ella, acortando la distancia con esa pasión arrolladora que siempre la había hecho estremecer.
—¡Lo lograste, mi vida! —gritó él sobre el rugido del viento y el mar.
Sin esperar a que ella hablara, la atrapó por la cintura y la levantó en el aire un instante, pegándola contra su cuerpo con un abrazo hambriento, fiero, que le cortó la respiración. Sus manos, grandes y de dedos largos, se hundieron en su cabello húmedo, ahuecando su nuca para atraer su rostro hacia el suyo. Sus labios se buscaron con una urgencia desesperada under la lluvia torrencial. Fue un beso amargo, cargado de sal, de adrenalina y del calor líquido que brotaba del choque de sus pieles húmedas. La lengua de Andrés la buscó con una posesión profunda, marcando el que debía ser el sello definitivo de su rescate.
—Sube a la lancha, rápido —susurró él contra sus labios, jadeando, con la respiración caliente chocando contra las mejillas heladas de Valentina—. El capitán está listo. En veinte minutos estaremos en aguas internacionales. ¿Tienes la carpeta? ¿Tienes la grabación?
El contacto físico de Andrés seguía poseyendo esa sensualidad electrificante que la desarmaba, pero la mente de Valentina, limpia por completo del veneno de las cápsulas ámbar, percibió el matiz febril en su voz. La urgencia de Andrés no era solo la de un hombre que salva a la mujer que ama; era la prisa de quien está a punto de cobrar una recompensa largamente esperada.
—Las tengo aquí —respondió ella, forzando a su voz a sonar firme, aunque el corazón le latía contra las costillas con la violencia de un animal atrapado.
—Dame los documentos, Valentina. Los aseguraré en la caja estanca de la embarcación —le dijo él, extendiendo la mano con un gesto rápido, imperioso, mientras sus dedos acariciaban la cintura de ella en un intento automático de mantener el control sensual sobre su cuerpo.
Valentina retrocedió medio paso sobre las tablas mojadas del muelle improvisado.
—Subamos juntos primero, Andrés —murmuró ella, escudriñando su rostro en la penumbra plateada de los relámpagos.
Antes de que Andrés pudiera responder o tomar la carpeta por la fuerza, el teléfono móvil que Valentina llevaba en el bolsillo interior de su abrigo vibró con una pulsación corta y seca.
El patrón de la vibración indicaba la llegada de un mensaje encriptado a su antiguo canal de investigación.
Se congeló. Andrés frunció el ceño, mirando el bolsillo de su abrigo con una repentina rigidez en la mandíbula.
—Ignora eso, Valentina. Hay que movernos ya —dijo él, apretando su agarre en el brazo de ella con una fuerza que cruzó el límite de la caricia para convertirse en una sujeción restrictiva.
Sin decir una palabra, Valentina usó su mano libre para sacar el dispositivo. La pantalla se iluminó en medio de la penumbra de la cala, proyectando una luz azulina y fría sobre sus facciones. El mensaje venía de un número desvituado, sin texto, conteniendo únicamente un archivo de imagen de alta resolución.
Valentina abrió la fotografía.
El tiempo pareció detenerse. El rugido de la tormenta, el estruendo de las olas y el sonido del motor de la lancha se apagaron en su mente, sustituidos por un pitido agudo y ensordecedor.
La fotografía, tomada desde el ángulo superior de una sala de interrogatorios de la fiscalía federal apenas dos días atrás, mostraba a Andrés. Vestía el mismo traje gris impecable de la cena. Estaba sentado frente a un inspector jefe de la división de delitos económicos, sonriendo con una calma fría y calculadora. Sobre la mesa metálica, Andrés estaba deslizando una carpeta de cuero marrón con el sello de la antigua empresa periodística de Valentina.
En la esquina inferior de la imagen aparecía la transcripción escaneada del anexo policial presentado por Andrés:
«Entrega voluntaria de pruebas por parte del señor Andrés Vance. Documentación contable que incrimina directamente a la periodista Valentina Silva en la creación de sociedades pantalla y fraude fiscal continuado dentro de la corporación Sandoval...»
El aire se le congeló en los pulmones. Valentina sintió cómo la tierra se abría bajo sus pies en un abismo absoluto.
Andrés no la estaba rescatando para darle una vida nueva en Europa. Andrés la estaba utilizando como el chivo expiatorio perfecto. Al incriminarla a ella en el fraude antiguo de la corporación de José, lograba dos objetivos devastadores: destruía a José Sandoval arrebatándole la empresa y la esposa, y al mismo tiempo aseguraba que Valentina jamás pudiera hablar o investigarlo a él, manteniéndola bajo la amenaza constante de una condena federal si alguna vez intentaba rebelarse contra su dominio.
José la había matado legalmente para convertirla en su muñeca sumisa.
Andrés la estaba incriminando legalmente para convertirla en su rehén perpetua.
Eran dos caras de la misma moneda podrida. Dos hombres obsesionados con el poder y el control, destruyendo su vida bajo la farsa del amor y la protección. El "salvador" y el "verdugo" no eran rivales; eran reflejos exactos de la misma monstruosidad.
—Valentina… ¿qué pasa? —preguntó Andrés. Su voz intentó sonar dulce, pero la mirada clara se volvió fría como el hielo al ver la palidez cadavérica de ella y el resplandor de la pantalla.
Valentina alzó la mirada lentamente. La fragilidad que había fingido durante meses se evaporó en el acto. En sus ojos oscuros no quedaba rastro de la amnésica dócil, ni de la amante asustada. Solo había una furia pura, gélida e indomable.
—Eres un monstruo —susurró ella. Su voz no tembló; cortó la bruma salina con la precisión de un cristal roto.
Andrés no necesitó preguntar más. Entendió de inmediato que la trampa había quedado al descubierto. Su rostro se transformó por completo: la calidez de amante se desvaneció, dejando al descubierto una expresión dura, calculadora y desprovista de cualquier escrúpulo.
—Acepta la realidad, Valentina —dijo él, dando un paso agresivo hacia ella, abandonando toda pretensión de dulzura—. Con José ibas a terminar muerta o sedada en una suite. Conmigo al menos vas a estar viva. Me necesitas. Sin esa carpeta y sin mi protección, la policía te arrestará en cuanto pises la ciudad. Soy tu única salida.
Intentó atraparla del brazo con brusquedad para arrastrarla hacia la lancha.
Pero Valentina Silva ya no era una víctima.
Con un movimiento felino y desesperado, Valentina estampó la pesada carpeta de documentos contra el rostro de Andrés. El impacto del borde rígido le dio de lleno en la nariz, haciéndolo tambalearse hacia atrás con un gemido de dolor y sorpresa. Antes de que él pudiera recuperarse, Valentina giró sobre sus talones y echó a correr.
No corrió hacia la finca de José. No corrió hacia la lancha de Andrés.
Corrió en dirección opuesta, adentrándose en el sendero salvaje que bordeaba el acantilado, donde las rocas negras se internaban en el mar embravecido.
—¡Valentina! ¡Vuelve aquí! ¡No tienes a dónde ir! —gritó la voz de Andrés a sus espaldas, amortiguada por el estruendo de la tormenta.
En ese mismo instante, los faros potentes de las camionetas blindadas de José irrumpieron en lo alto del camino del acantilado, iluminando la cala con un haz de luz blanca y violenta. Las sirenas y las órdenes de los escoltas de José comenzaron a resonar desde la cumbre, mientras la luz revelaba la lancha de Andrés en el agua. Los dos depredadores estaban a punto de colisionar en su guerra personal.
Valentina no se detuvo a mirar.
Corrió bajo la lluvia torrencial, sintiendo cómo el agua le empapaba el cabello y la ropa, pero experimentando, por primera vez en años, una corriente de aire puro hinchando sus pulmones. El abrigo pesado le molestaba; se lo quitó de un tirón y lo dejó caer sobre la hierba mojada, liberándose de la última prenda que la vinculaba a la mansión.
Llegó a la cima de un saliente rocoso, justo sobre las olas que rompían con furia contra la base del acantilado. La tormenta la rodeaba por completo: el viento helado le azotaba la cara, la lluvia le limpiaba la piel y los relámpagos iluminaban el horizonte oscuro con destellos de plata pura.
A su izquierda, la luz de las camionetas de José indicaba el avance de su carcelero. A su derecha, en el agua, la lancha de Andrés maniobraba desesperadamente.
Estaba acorralada entre el abismo y los dos hombres que habían intentado adueñarse de su existencia.
Sin embargo, en medio del terror y la tormenta, Valentina dejó escapar una risa corta, salvaje e indomable.
Apretó la carpeta contra su pecho, la grabación en su bolsillo, y miró el horizonte oscuro del mar. No iba a subir a la lancha de Andrés. No iba a regresar a la suite de José. No le pertenecía a ninguno de los dos. Si tenía que luchar por su vida, lo haría bajo sus propias reglas, sola, destruyendo a ambos monstruos con la verdad que llevaba en las manos.
Se internó en la penumbra de los senderos de la costa, desapareciendo en la noche líquida, sola en medio de la tormenta, pero finalmente libre.