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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 11: ENTRE LA LUZ Y LOS RUMORES
Amanecí con un dolor sordo y profundo en la parte baja de la espalda, ese que ya se volvió compañero cada noche y no desaparece del todo, solo cambia de intensidad. Me quedé quieto boca arriba varios minutos, respirando lento, una mano puesta firme sobre el vientre redondo y pesado que crece cada semana un poquito más, y sentí cómo el bebé se movía despacio dentro, como si también él estuviera despertando poco a poco. Faltaban todavía CUATRO MESES COMPLETOS para que viniera al mundo, y mi cuerpo de omega me avisaba a cada instante que lo que llevo dentro es grande, fuerte y muy real. La habitación olía a jabón suave, a madera limpia y al aroma amaderado y cálido de Dante —mi alfa, cabello negro igual que el mío, alto y fuerte—, que ya no estaba a mi lado pero había dejado la sábana doblada con cuidado y un vaso de agua tibia sobre la mesita, tal como hace todas las mañanas desde que llegamos a esta casa.
Me levanté muy despacio: primero apoyándome en los codos, luego sentándome en el borde del colchón y contando hasta diez antes de poner los pies en la alfombra gruesa. El mareo ligero ya es costumbre, igual que la pesadez en las piernas y la forma en que tengo que separar un poco los pies para mantener el equilibrio con la barriga tan avanzada. Caminé hasta la ventana y corrí las cortinas: el sol entraba fuerte y dorado, iluminaba todo el jardín verde y se veía a lo lejos el perfil de la ciudad despertando. Por un segundo todo parecía demasiado perfecto, demasiado bonito para ser verdad, y el viejo miedo frío me recorrió la espalda de golpe —esto se va a acabar, alguien te lo va a quitar, vas a tener que volver a correr—. Lo reprimí fuerte apretando los labios, me pasé una mano por el cabello negro desaliñado y salí al pasillo.
Abajo ya todo estaba en movimiento. Escuché la voz baja y seria de Dante hablando por teléfono en el estudio, con la puerta entreabierta, y las palabras que alcancé a oír me helaron la sangre por un momento:
—No quiero que nadie se acerque, no quiero nombres en ningún lado, todo queda cerrado y privado. Si alguien pregunta, no saben nada. Repito: NADIE sabe nada de él, ni de su hermana, ni del embarazo. Cierren cualquier boca que empiece a hablar de más.
Me quedé parado en el escalón medio, sin respirar, hasta que colgó y salió al instante. En cuanto me vio, esa expresión de alfa autoritario, duro e imponente con el que maneja sus negocios y su imperio se derritió por completo en ternura infinita, la que solo existe cuando está conmigo. Bajó los tres escalones de un solo paso largo y me tomó de los brazos con muchísimo cuidado para ayudarme a terminar de bajar, sus manos grandes y calientes rozando mi piel con una delicadeza que nadie más en el mundo conoce.
—Perdón, mi vida, no quería que escucharas eso —me dijo bajito, pasándome los dedos por el pelo y apoyando la frente contra la mía, sus ojos negros profundos clavados en los míos—. Son solo asuntos de la empresa, gente de la alta sociedad que habla de más, rumores que empiezan a correr porque hace semanas que no aparezco en juntas, cenas ni eventos. Todos preguntan dónde está Dante Valente, qué lo tiene tan alejado, con quién está escondido… y nadie va a saber la verdad hasta que TÚ digas que sí. Nada que nos toque de verdad, nada que pueda hacerte daño. Yo me encargo de que se queden callados. Tú solo tienes que estar tranquilo.
Elisa salió de la cocina con una bandeja llena, saludó con una sonrisa y puso sobre la mesa fruta cortada, yogur suave, pan integral y una infusión caliente preparada tal cual me recetó el obstetra para calmar el dolor lumbar. Poco después bajó MIA, MI HERMANA MAYOR, de diecinueve años, alta y de rasgos finos, cabello oscuro recogido con una cinta, la piel pálida y delicada que delata su corazón débil desde que era pequeña. Aunque es mayor que yo, desde que nuestros padres murieron los roles se invirtieron un poco: yo soy quien la cuida, quien vigila sus medicamentos, quien la protege del mundo, porque su condición la hace frágil, pero su mente y su espíritu son mucho más maduros y fuertes que los de cualquiera. Caminó lento, apoyándose levemente en la barandilla, y al verme sonrió con esa calma que solo ella tiene.
—Te oí toser un poco de madrugada —me dijo en voz suave, sentándose a mi lado y pasándome una mano por la frente con naturalidad de hermana mayor—. Tienes que descansar más, no solo por ti.
Dante sirvió el desayuno y nos miró a los dos con una dulzura inmensa, consciente de que Mia es la persona más importante para mí, su vínculo con la vida y con la memoria de nuestros padres. Hablamos poco mientras comíamos, hasta que él retomó el tema con seriedad:
—Hoy tenemos la primera visita con el cardiólogo. Ya está todo listo: entrada de servicio trasera, ascensor directo al piso diez, sala privada cerrada, nadie nos va a ver ni a preguntar nada. Yo me quedo adentro TODO el tiempo, no doy ni un paso fuera. Y si al terminar quieres ir a cualquier lado, o volver directo a casa, lo hacemos sin dudar ni un segundo.
El camino hasta el centro médico fue corto y silencioso. El coche grande y oscuro iba con los cristales totalmente opacos, él conducía lento, evitando cada bache y cada freno brusco, y de vez en cuando me pasaba la mano por encima de la mía que descansaba siempre, sin falta, sobre mi barriga. Llegamos por una puerta gris y sin letreros que casi nadie usa, tal como lo había organizado, y pasamos por pasillos vacíos, alfombrados y en silencio, sin salas de espera llenas de miradas curiosas ni voces. Aun así, yo sentía que me temblaban las manos: cada paso me recordaba a cuando huíamos, a cuando teníamos que escondernos en consultorios pequeños y sucios del pueblo, a cuando temíamos que en cualquier momento apareciera alguien para llevárnosla a ella o para separarme de lo único que me quedaba en el mundo. Dante lo notó sin que yo hablara, me apretó más fuerte contra su costado, soltó su aroma de alfa de forma suave y calmante solo para mí, y bajó la cabeza hasta mi oído:
—Estoy aquí. Soy tuyo. Eres mi omega. Nadie te toca, nadie te mira, nadie te hace nada. Respira conmigo.
El doctor era un hombre mayor, de gafas gruesas y manos muy suaves, que hablaba bajito y despacio, famoso en toda la ciudad por su discreción absoluta. Revisó a Mia durante casi una hora entera: escuchó su corazón muchas veces con mucha calma, miró uno por uno todos los estudios antiguos que traíamos desde el pueblo, le preguntó con infinita paciencia cómo se sentía, si le dolía algo, a qué hora se cansaba más, cómo dormía. Yo me quedé sentado en una silla al fondo, con las manos entrelazadas y la respiración cortada, y Dante permaneció de pie junto a la camilla, atento a cada palabra, tomando notas en una libreta negra, sin perderse ni un solo dato ni una sola indicación. Al final el médico suspiró, se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y nos miró a los tres con calma y sinceridad.
—Lo bueno —empezó, y sentí cómo me aflojaban los hombros de golpe— es que NO ha empeorado en estos meses, al contrario: el descanso real, el aire bueno, la buena alimentación y sobre todo el hecho de YA NO ESTAR CORRIENDO NI ASUSTADA la han ayudado muchísimo, más que cualquier pastilla. Es una mujer muy fuerte, con una voluntad enorme. Lo que debemos tener muy claro es que ESTO NO SE CURA de un día para otro, ni en un mes, ni en un año. Es un tratamiento largo, de años, de cuidados constantes, de no hacer esfuerzos grandes, de medicación en horarios exactos cada día, de controles cada quince días. Pero si seguimos así, con calma, orden y mucho amor, ella va a poder vivir una vida muy larga, muy tranquila y muy feliz.
Salimos de la consulta con el pecho mucho más ligero, pero también con la responsabilidad nueva y pesada de saber que el camino todavía es largo y que la calma se cuida cada día. En el coche, Mia cerró los ojos casi de inmediato, agotada por la emoción y el esfuerzo de la mañana, recostada en el asiento trasero cubierta con mi abrigo de lana. Dante extendió la mano derecha sin soltar el volante y me la tomó entera, acariciándome los nudillos con el pulgar una y otra vez.
—Oíste —me dijo muy suave, con la voz ronca de emoción—. Va a estar bien. Solo hay que darle tiempo. Y tiempo es lo que tenemos ahora, TODO el que haga falta.
Cuando volvimos a la casa, el sol ya bajaba hacia el oeste y teñía todo el jardín y las paredes de color miel dorado. Elisa nos recibió en la puerta y nos dijo que habían entregado unas cajas que habíamos mandado a traer desde el almacén: cosas que Dante compró sin decirme absolutamente nada, ropa diminuta de todos los colores, mantas de hilo muy suave, pañales, sábanas con bordados y muebles desarmados para la habitación que está justo al lado de la nuestra, vacía y en silencio desde el primer día. Me quedé parado en el pasillo mirando las cajas apiladas con cuidado, y de golpe se me salieron las lágrimas sin aviso, sin ser de dolor ni de miedo, sino de una emoción tan inmensa, tan dulce y tan abrumadora que ya no cabía dentro de mí.
Dante me rodeó por la espalda con sus dos brazos grandes y fuertes, con muchísimo cuidado de NO apretar nada mi vientre, y me apoyó todo el peso de mi cuerpo contra su pecho caliente y firme, oliendo a su aroma natural de madera y lluvia, el olor que mi instinto de omega reconoce como HOGAR desde la primera noche que pasamos juntos. Me giró despacio entre sus brazos, me secó las lágrimas con los dedos pulgares y me besó la frente, los párpados, la punta de la nariz y por último los labios, muy lento, con todo el amor del mundo.
—Todavía a veces creo que voy a despertar —le confesé en un susurro entrecortado, con las manos puestas sobre su pecho donde latía fuerte su corazón—, y que todo esto se habrá acabado, que estaremos otra vez solos, con frío y con miedo.
Él negó con la cabeza muy despacio, me apretó contra sí con ternura infinita y puso ambas manos grandes y calientes una a cada lado de mi barriga redonda, justo donde el bebé decidió en ese momento dar una patada fuerte y clara, que se sintió hasta en sus palmas. Sus ojos negros se llenaron de brillo al instante.
—Nunca más —juró, bajo, firme, como una promesa ante el mundo, ante nuestros padres y ante la vida misma—. Ya corrimos suficiente. Ya sufrimos bastante. Esta calma es nuestra, este hogar es nuestro, esta familia es nuestra. Los rumores, la gente que habla, los negocios, el dinero… nada de eso vale la pena si no están ustedes conmigo. Tú, Mia y este pequeño… sois TODO lo que siempre busqué y nunca creí merecer. Y voy a cuidaros cada segundo que me quede de vida, pase lo que pase afuera.
Mia apareció en ese momento en el arco del pasillo, apoyada suavemente en el marco, despierta y con una sonrisa suave y madura en los labios, la mirada brillante. No dijo nada, solo asintió muy despacio, como si también ella hubiera escuchado y aprobado cada palabra. El sol del atardecer nos bañó a los tres al mismo tiempo, tiñendo de oro el aire, y por un largo rato nadie habló más: solo sentimos el silencio bueno, el que cura, el que dice que por fin, después de tanta tormenta, el cielo se nos quedó despejado para quedarse.
FIN DEL CAPÍTULO 11