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El Pecado De Hades

El Pecado De Hades

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Hades
Popularitas:339
Nilai: 5
nombre de autor: Luna de Tinta

Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.

Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.

Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.

NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ECO DE LO QUE NUNCA OCURRIÓ

Alison había decidido que no volvería a hablar de sus sueños.

Al menos, no hasta que consiguiera entenderlos.

La idea le pareció razonable mientras desayunaba, aunque perdió parte de su seguridad cuando encontró, entre las páginas de su libro favorito, una pequeña flor blanca que no recordaba haber guardado allí.

Era delicada, casi transparente en los bordes, con un tallo tan fino que parecía capaz de romperse con solo tocarlo.

Alison la levantó con cuidado.

—¿De dónde has salido tú?

La examinó por ambos lados. No tenía nada de especial, salvo por un detalle: se parecía demasiado a las flores del jardín que había visto en su sueño.

Sintió un escalofrío.

Aquello no tenía sentido. Había pasado la noche en su habitación. Nadie había entrado, y estaba segura de que nunca había visto aquella flor antes.

Se obligó a reír.

—Perfecto. Ahora estoy conversando con plantas. Definitivamente necesito dormir mejor.

Dejó la flor sobre la mesa y se preparó para salir. Tenía asuntos pendientes, tareas que no podían esperar y una vida que no iba a detenerse porque su mente estuviera empeñada en inventar misterios.

Sin embargo, antes de cruzar la puerta, regresó a la mesa y guardó la flor entre las páginas de su libro.

No sabía por qué lo hacía.

Solo sabía que no quería perderla.

---

En el inframundo, Hades contemplaba los restos del fragmento de obsidiana.

Había pasado horas intentando descubrir qué clase de energía contenía. Sus consejeros habían propuesto varias explicaciones, desde un artefacto utilizado para vigilar los límites de su reino hasta un objeto perteneciente a una antigua familia de hechiceros.

Ninguna respuesta le resultaba satisfactoria.

El fragmento no se parecía a los objetos creados por los habitantes del inframundo. Tampoco respondía a las órdenes de los dioses menores que había convocado para examinarlo.

Era como si hubiera sido fabricado para una única función y después hubiera dejado de obedecer a cualquiera que intentara comprenderla.

—¿Has descubierto algo? —preguntó Hades.

El guardián que permanecía frente a él inclinó la cabeza.

—No, mi señor. La energía desapareció cuando el objeto se rompió. No hemos podido rastrear su origen.

—¿Y la presencia?

—No ha vuelto a acercarse a la frontera.

Hades apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Eso no significa que se haya marchado.

—No, mi señor.

—Quiero que aumentes la vigilancia sin alterar las rutas habituales. Si alguien está observándonos, no debe saber que hemos cambiado nuestros movimientos.

El guardián asintió.

Antes de retirarse, vaciló.

—Hay otra cosa, mi señor.

Hades levantó la mirada.

—Habla.

—Cuando encontramos el fragmento, uno de los centinelas aseguró haber escuchado una voz. No pudo identificarla, pero dijo que repetía un nombre.

La expresión de Hades se endureció.

—¿Qué nombre?

—Alison.

Por un instante, el silencio llenó la cámara.

Hades no se movió. Su rostro permaneció sereno, pero algo dentro de él se volvió frío.

Ya no se trataba de una sospecha vaga.

Alguien había pronunciado el nombre de Alison cerca de las fronteras de su reino.

—¿Estás seguro de que el centinela no se equivocó?

—Lo he interrogado personalmente. No tiene motivos para mentir.

Hades se apartó de la mesa y caminó hasta el balcón. Desde allí, el inframundo se extendía como un océano de sombras, atravesado por ríos oscuros y luces distantes.

Alison no pertenecía a aquel lugar.

No debía pertenecer.

Y, sin embargo, cada nueva señal parecía acercarla un poco más a él.

—Que el centinela no hable de esto con nadie —ordenó—. Ni siquiera con los otros guardianes.

—Como ordene.

Cuando quedó solo, Hades cerró los ojos.

Intentó recordar el rostro de Alison en el jardín de flores blancas que había visto al tocar el fragmento. La imagen seguía siendo confusa, como un recuerdo que no le pertenecía del todo.

Pero había algo que no podía ignorar.

La flor blanca.

El mismo jardín que Alison había descrito.

Y ahora su nombre, pronunciado por una voz desconocida en los límites de su reino.

Hades abrió los ojos.

—¿Qué has hecho, Alison? —murmuró.

La pregunta le pareció injusta en cuanto la pronunció. Ella no había hecho nada. No sabía siquiera que existía un inframundo, ni que alguien podía estar buscándola desde las sombras.

La amenaza no era ella.

Era aquello que parecía seguirla.

---

Alison pasó la mañana intentando concentrarse en sus obligaciones, pero la flor blanca se había instalado en sus pensamientos.

Cada vez que recordaba sus pétalos, volvía a sentir aquella tristeza inexplicable. No era miedo exactamente. Era una especie de nostalgia, como si la flor le recordara una despedida que jamás había vivido.

Al mediodía, decidió salir a caminar.

Necesitaba aire, movimiento y algo que le demostrara que el mundo seguía siendo tan normal como parecía.

Terminó en una pequeña librería que frecuentaba desde hacía años. El dueño la saludó desde detrás del mostrador y ella respondió con una sonrisa antes de dirigirse a la sección de libros antiguos.

Le gustaba aquel rincón porque olía a papel, madera y tiempo. Allí nadie le preguntaba qué iba a hacer con su vida ni por qué siempre parecía estar buscando algo que no sabía nombrar.

Pasó los dedos por los lomos de varios libros hasta que uno llamó su atención.

Era un volumen de mitología griega, de cubierta oscura y bordes desgastados. No recordaba haberlo visto antes, aunque estaba segura de que había visitado aquella sección muchas veces.

Lo abrió por una página al azar.

Una ilustración mostraba un río rodeado de rocas negras. Al fondo se alzaban unas puertas monumentales, y junto a la orilla había una figura envuelta en sombras.

Alison sintió que el aire se le atascaba en la garganta.

Cerró el libro de golpe.

—No puede ser…

—¿Te encuentras bien?

El dueño de la librería se había acercado al escuchar el ruido.

Alison intentó sonreír.

—Sí. Me he sorprendido con una ilustración.

—Ese libro lleva aquí mucho tiempo. No suele llamar demasiado la atención.

Ella volvió a mirar la cubierta.

—¿Puedo llevármelo?

El hombre pareció sorprendido, pero asintió.

—Por supuesto.

Alison pagó y salió de la librería con el libro apretado contra el pecho.

No creía que una ilustración pudiera demostrar nada. Los ríos oscuros y las puertas gigantescas aparecían en cientos de relatos mitológicos.

Pero aquello no explicaba por qué su cuerpo había reaccionado como si acabara de ver algo que debía recordar.

Ni por qué, al abrir el libro por última vez antes de guardarlo, sus ojos se habían detenido en una palabra escrita bajo la ilustración.

Inframundo.

---

Hades apareció en la plaza cuando el sol comenzaba a descender.

Alison lo vio desde lejos y, por primera vez desde que lo conocía, sintió un alivio que le resultó casi vergonzoso.

No era que lo necesitara para continuar con su día. No dependía de él para sentirse bien. Pero había algo en su presencia que lograba calmar el ruido de sus pensamientos, incluso cuando él mismo era la fuente de muchas de sus preguntas.

Se acercó sosteniendo el libro.

—Tengo algo que enseñarte.

Hades observó su expresión.

—¿Ha ocurrido algo?

—No estoy segura.

Aquella respuesta bastó para que él dejara de sonreír.

Alison le mostró el volumen y le explicó lo que había encontrado en la librería. No le contó todavía lo de la flor. No sabía si estaba preparada para escuchar lo que él pudiera decirle.

Hades abrió el libro por la página marcada.

Al ver la ilustración, sintió que el mundo se estrechaba a su alrededor.

El río.

Las puertas.

La misma representación que había visto en la visión provocada por el fragmento.

Su primer impulso fue preguntarle dónde había conseguido aquel libro, quién se lo había entregado y si alguien la había seguido hasta la librería.

Pero se detuvo.

Alison lo estaba observando.

Y había llegado el momento de decidir si iba a seguir respondiendo a su confianza con medias verdades.

—¿Sabes qué significa esto? —preguntó ella.

Hades cerró el libro despacio.

—Es una representación mitológica del inframundo.

Alison lo miró fijamente.

—Lo dices como si lo conocieras.

—He leído bastante sobre mitología.

—¿Y qué piensas de ella? ¿Crees que esas historias son ciertas?

Hades guardó silencio.

Podía mentirle. Decirle que eran cuentos inventados para asustar a los niños, relatos de una época en la que los seres humanos necesitaban imaginar dioses para explicar aquello que no comprendían.

Pero Alison no le había preguntado qué decía la gente.

Le había preguntado qué pensaba él.

—Creo que algunas historias sobreviven porque las personas olvidan cómo comenzaron —respondió finalmente—. Y otras porque alguien se ha encargado de que nunca se olviden.

Alison frunció el ceño.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué contestas así?

Hades sostuvo su mirada.

—Porque todavía no sé cómo decirte la verdad sin poner en tus manos cosas que podrían hacerte daño.

La sinceridad de aquellas palabras la desarmó más que cualquier explicación.

Alison bajó la vista hacia el libro.

—¿Y quién decide si puedo soportarlas? ¿Tú?

Hades sintió el golpe de la pregunta.

—No debería decidirlo yo.

—No. No deberías.

Ella no alzó la voz. No necesitaba hacerlo. Su decepción era mucho más difícil de soportar que un grito.

—No te estoy pidiendo que me cuentes todos tus secretos de golpe —continuó—. Pero cuando encuentro algo extraño y tú reaccionas como si supieras más de lo que dices, empiezo a preguntarme si realmente me conoces o si solo estás esperando el momento adecuado para decirme quién eres.

Hades sintió que aquella última frase alcanzaba una parte de él que llevaba demasiado tiempo protegida.

¿Quién era?

Un dios. Un gobernante. El señor de un reino que los mortales temían incluso nombrar.

Pero, junto a ella, también era el hombre que disfrutaba escuchándola reír, que buscaba cualquier excusa para prolongar sus encuentros y que empezaba a temer la posibilidad de que ella descubriera la verdad y decidiera marcharse.

—No quiero que tengas que adivinar quién soy —dijo.

—Entonces deja de obligarme a hacerlo.

Hades bajó la cabeza.

Por primera vez, no encontró una respuesta con la que pudiera protegerse.

Alison respiró hondo y se sentó en el borde de la fuente. Dejó el libro a su lado, con cuidado de no dañar sus páginas.

—Hay otra cosa —confesó.

Hades se volvió hacia ella.

—¿Qué cosa?

—Esta mañana encontré una flor blanca entre las páginas de uno de mis libros. No recuerdo haberla puesto allí.

El rostro de Hades perdió todo rastro de tranquilidad.

—¿Qué clase de flor?

Alison lo miró, desconcertada por la intensidad de su reacción.

—Pequeña, con pétalos blancos. No sé cómo describirla mejor.

—¿La tienes contigo?

—No. La dejé en casa.

Hades se quedó inmóvil.

Por un instante, quiso tomarla de la mano y llevársela lejos de la plaza, lejos de las miradas, lejos de cualquier cosa que pudiera estar buscándola.

Pero recordó su promesa.

No volvería a pedirle que confiara en él sin darle razones.

—Alison, necesito que me escuches con atención —dijo—. No quiero asustarte, pero tampoco voy a fingir que esto no me preocupa.

Ella se puso seria.

—Te escucho.

—Si vuelves a encontrar algo que no recuerdas haber dejado en tu casa, no lo destruyas ni lo entregues a nadie. Avísame primero.

—¿Por qué?

Hades apretó la mandíbula.

No podía decirle que el fragmento encontrado en su reino parecía conectado con sus sueños. Tampoco podía asegurarle que la flor fuera una amenaza.

—Porque hay personas que podrían estar intentando enviarte un mensaje —respondió—. Y no sabemos qué quieren.

Alison sintió un frío lento recorrerle la espalda.

—¿Las mismas personas que podrían hacerme daño por estar contigo?

—No lo sé.

—Pero lo sospechas.

Hades asintió.

Ella lo observó durante unos segundos, buscando en su rostro alguna señal de que estuviera exagerando. No la encontró.

—Está bien —dijo finalmente—. Si vuelve a ocurrir, te lo diré.

Hades dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

—Gracias.

Alison inclinó la cabeza.

—Pero tú también tienes que hacer algo por mí.

—Dime qué.

—La próxima vez que descubras algo relacionado conmigo, no esperes hasta que yo lo encuentre por mi cuenta. No quiero que me prometas que algún día me contarás la verdad. Quiero que, cuando tengas una oportunidad de hablar, no huyas de ella.

Hades sintió que aquellas palabras se quedaban grabadas en su interior.

—Lo intentaré.

—No es exactamente lo que quería oír.

—Es lo único que puedo prometerte sin mentirte.

Alison lo estudió un momento y luego asintió lentamente.

—Por ahora, me sirve.

No era una reconciliación completa. Todavía quedaban preguntas entre ellos, y Hades sabía que cada día que pasara sin responderlas haría más difícil conservar la confianza de Alison.

Pero cuando ella tomó su mano, él no la apartó.

Y cuando sus dedos se entrelazaron, no sintió ninguna visión, ninguna imagen de sangre ni ningún grito atravesando su mente.

Solo sintió su mano cálida entre las suyas.

Por un instante, eso fue suficiente.

---

Aquella noche, Alison regresó a casa y buscó la flor blanca.

Seguía donde la había dejado, entre las páginas del libro.

La tomó con cuidado y la colocó sobre la mesa, bajo la luz de una lámpara.

Entonces notó algo que no había visto por la mañana.

En uno de los pétalos había una marca diminuta, casi invisible. Parecía una línea curva, como una letra escrita con tinta gris.

Alison acercó la flor a sus ojos.

La marca no tenía sentido para ella.

Sin embargo, al observarla, escuchó en su memoria una voz masculina que parecía llegar desde muy lejos.

Todavía no es el momento.

Alison dejó caer la flor.

El sonido fue apenas perceptible, pero el miedo que la recorrió no lo fue.

Se agachó para recogerla y descubrió que la marca había desaparecido.

No había tinta. No había letras.

Solo un pétalo blanco, delicado e inofensivo.

Alison se quedó mirándolo durante largo rato.

Después cerró el libro, apagó la lámpara y se metió en la cama, decidida a no volver a pensar en ello.

Pero cuando cerró los ojos, no vio su habitación.

Vio un jardín de flores blancas.

Una fuente de piedra.

Y, al otro lado de ella, una figura masculina que permanecía de espaldas.

Esta vez, el hombre no desapareció.

Se volvió lentamente hacia ella.

Alison no logró distinguir su rostro con claridad, pero sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza dolorosa.

—¿Quién eres? —preguntó.

El hombre no respondió de inmediato.

La miró como si quisiera decirle algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

Finalmente, abrió la boca.

—Alison…

Ella dio un paso hacia él.

—¿Cómo sabes mi nombre?

La figura extendió una mano, pero no llegó a tocarla.

—No deberías haber encontrado esa flor.

El jardín comenzó a oscurecerse.

Alison intentó acercarse, pero el suelo parecía alejarse bajo sus pies.

—¡Espera! ¡Dime qué está pasando!

El hombre bajó la mano.

Y, justo antes de que las sombras lo cubrieran por completo, pronunció unas palabras que la hicieron despertar de golpe.

—Pregúntale a Hades qué es lo que está intentando recordar.

Alison se incorporó en la cama, respirando con dificultad.

La habitación estaba vacía.

La flor blanca descansaba sobre la mesa.

Y, por primera vez, sus sueños no le habían dejado solamente una sensación de pérdida.

Le habían dejado una pregunta.

Una pregunta que ya no podía seguir evitando.

¿Qué estaba intentando recordar Hades?

Y, más inquietante todavía…

¿qué tenía que ver ella con aquello?o

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