Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
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Capítulo 23
Mientras tanto, en las profundidades del ala real, la luz del día ya se filtraba por completo a través de las altas torres de obsidiana, iluminando los rastros de la noche anterior. Isabela caminaba por los pasillos de piedra pulida, envuelta en una túnica de terciopelo oscuro, con los pasos firmes y la mente afilada como una cuchilla. Sabía perfectamente que el destierro público de Yanara en el baile de máscaras no había sido el final del conflicto, sino el inicio de una guerra silenciosa dentro de la corte.
Al doblar hacia el corredor principal que conectaba con los aposentos del Consejo, un par de guardias con armaduras grabadas con runas inclinaron la cabeza respetuosamente a su paso, un reconocimiento que antes se le negaba y que ahora le cedían por temor o por estatus.
—Reina Isabela —la saludó una voz grave y pausada a sus espaldas.
La princesa se detuvo en seco y giró con elegancia. A pocos metros, emergiendo de la penumbra de una arcada, se encontraba el general Vane, uno de los comandantes más antiguos y respetados del ejército de la horda, un hombre cuyas lealtades nunca terminaban de aclararse del todo. Llevaba el rostro parcialmente oculto por las sombras y una expresión indescifrable en el semblante curtido por batallas ancestrales.
—Comandante Vane —respondió Isabela con voz gélida, manteniendo la barbilla en alto—. ¿A qué se debe que obstruya mi camino tan temprano? ¿O es que los hombres de la horda han olvidado cómo saludar a su reina?
Vane esbozó una sonrisa cortante, sin rastro de calidez, dando un paso prudente hacia ella.
—Nadie olvida quién gobierna ahora, majestad. Menos aún después del espectáculo de anoche —respondió el general con un tono calculador—. Pero el fuego de Malakor ciega a muchos, y en Asgardia hay quienes recuerdan las antiguas profecías y las leyes del nido. Una reina extranjera, por mucha fuerza que demuestre, siempre será vista como un cuerpo extraño en la sangre de la horda.
Isabela no se inmutó; al contrario, sus ojos oscuros brillaron con un peligro latente, dando un paso al frente para acortar la distancia entre ambos.
—¿Me está advirtiendo, comandante, o me está declarando su enemistad? —preguntó ella con una calma afilada que hizo que el veterano guerrero tensara los hombros—. Porque si ha venido a recordarme que tengo enemigos en este palacio, déjeme decirle que ya los conozco. Y si el Consejo o cualquier otro cobarde cree que puede usar las sombras para derribarme, le sugiero que le recuerde a sus aliados cómo terminan los que intentan apagar el hielo.
Vane la observó en silencio durante unos segundos interminables, midiendo la absoluta falta de miedo en la postura de la princesa antes de hacer una ligera inclinación de cabeza.
—Solo le aconsejo que mantenga los ojos abiertos, reina mía —murmuró el comandante con voz ronca antes de retroceder hacia la oscuridad del pasillo—. Las traiciones en este imperio no suelen venir de frente; cruzan la puerta cuando el rey está distraído.
Isabela lo vio perderse entre las columnas de piedra, con el pulso firme y una certeza absoluta resonando en su pecho: el verdadero juego de tronos en Asgardia apenas comenzaba, y ella estaba lista para quemar a cualquiera que se atreviera a traicionarla.
El eco de las palabras de Vane aún flotaba en el corredor frío cuando los pasos firmes y pesados de Malakor resonaron a espaldas de la princesa. El rey de los dragones se acercó con el torso descubierto y la mirada encendida, habiendo seguido el final de la conversación desde el umbral de la galería.
—Veo que los perros del Consejo ya empezaron a ladrar —dijo Malakor con una sonrisa afilada y peligrosa, deteniéndose a su lado y rodeando su cintura con una posesividad implacable—. ¿Te aburres, fiera del norte, o necesitas que les recuerde de quién es este imperio?
Isabela se giró ligeramente para sostenerle la mirada, con una expresión de absoluta soberanía que desafiaba cualquier intento de protección.
—No necesito que espantes a mis perros, Malakor —respondió ella con la voz gélida y un brillo de pura adrenalina en los ojos—. Déjalos salir de las sombras. Así sabré exactamente a quién tengo que reducir a cenizas primero.