«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 6
El día se me hizo un suplicio interminable.
Li Yan se marchó poco después de que los guardias limpiaran los restos del veneno, pero dejó a cuatro soldados de hierro apostados tras las puertas con órdenes estrictas: si yo intentaba salir, me romperían las piernas. Me pasé las horas dando vueltas por la estancia, con los nervios a flor de piel, tocando los bloques de jade sobre la mesa para intentar calmarme. Pero mis manos no dejaban de temblar.
Cuando la campana de palacio volvió a sonar marcando la medianoche, el frío de la recámara cambió por completo.
Los cerrojos de bronce cayeron. Li Yan entró.
Ya no llevaba la armadura ni las insignias del trono; venía envuelto únicamente en una túnica holgada de seda roja oscura, desatada en el pecho, dejando a la vista la piel tersa y marcada de cicatrices de guerra. Olía a vapor caliente, a madera húmeda y a vino especiado. Acababa de salir del baño imperial.
Cerró la puerta tras de sí con el talón y pasó la traba pesada. El clic metálico sonó como una sentencia.
—Ponte de pie, Lian —ordenó. Su voz era baja, rasposa, cargada de una autoridad que no admitía réplica.
Yo estaba sentada en el borde del diván de cedro, con las manos apretadas sobre las rodillas. En lugar de obedecer de inmediato, alcé la barbilla, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que me quedaba en el cuerpo.
—Si cree que me voy a arrastrar a sus pies como sus cortesanos, se equivoca, Su Majestad —le solté, apretando los dientes.
Li Yan no se enfureció. Una sombra de diversión oscura le curvó los labios mientras avanzaba hacia mí con pasos pausados, medidos, como un tigre que sabe que su presa no tiene adónde correr. Se detuvo justo frente a mí, tapándome la luz de los candelabros.
—No quiero que te arrastres —murmuró, inclinándose hacia adelante hasta apoyar las dos manos en la madera del diván, una a cada lado de mis caderas, atrapándome por completo—. Me gusta ese fuego en tus ojos. Me gusta saber que me odias con cada aliento que tomas.
—Entonces déjeme ir.
—Jamás —sentenció, y antes de que pudiera apartarme, su mano derecha subió de golpe y sus dedos largos se enredaron en mi nuca, obligándome a levantar el rostro hacia él.
El choque de su piel caliente contra la mía me arrancó un gemido ahogado. La corriente eléctrica de mi don me recorrió la espina dorsal como un relámpago, pero esta vez no hubo visiones de muerte ni venenos. Solo vi su boca sobre la mía. Solo sentí el peso aplastante de su deseo devorándome.
Li Yan soltó un gruñido gutural en el fondo del pecho al sentir el calor de mi piel. Sus ojos oscuros se dilataron, perdiendo cualquier rastro de cordura.
—Dijiste que romper mi cáliz fue para salvarme —susurró, con los labios rozándome la comisura de la boca en una tortura lenta—. Pero desafiaste mi palabra delante de mis hombres. Y las deudas de sangre y orgullo se pagan aquí.
De un tirón seco, sus manos bajaron hacia el lazo que cerraba mi túnica de lino. La tela áspera se abrió con un chasquido suave, resbalando por mis hombros hasta quedar amontonada en mis codos. El aire fresco de la noche me golpeó el pecho desnudo, pero el frío duró apenas un segundo.
El cuerpo de Li Yan se pegó al mío como hierro al fuego.
—Maldito seas... —jadeé contra su barbilla, intentando empujarlo por el pecho.
Pero tocarlo sin ropa fue mi perdición.
En cuanto las palmas de mis manos hicieron contacto pleno con sus pectorales anchos y duros, un estallido sensorial me nubló la mente. No eran visiones de futuros lejanos: eran sus propios pensamientos, su tormento, su necesidad animal de hacerme suya para no volverse loco en la oscuridad. Él también lo sintió. Soltó un quejido ronco y, sin darme tiempo a respirar, me levantó del diván con una sola mano por la cintura y me arrojó sobre el colchón inmenso de la cama imperial.
Caí sobre las sábanas de seda roja. Antes de que pudiera incorporarme, Li Yan cayó sobre mí, encajando sus muslos firmes entre mis piernas abiertas.
El peso de su cuerpo era abrumador. Me sujetó ambas muñecas con una sola mano, inmovilizándomelas por encima de la cabeza contra las almohadas, exactamente igual a como lo había visto en mi visión.
—Mírame, Lian —me ordenó, respirando entrecortado sobre mi boca—. Mírame y dime si tu destino era este.
—Te odio, Li Yan —le escupí, aunque mi pecho subía y bajaba desbocado, rozando el suyo con cada jadeo.
—Ódiame todo lo que quieras —gruñó él, y bajó la boca de golpe.
Su beso no tuvo nada de cortesano ni de gentil. Fue una invasión feroz, hambrienta, reclamando cada rincón de mis labios como si fuera territorio conquistado a sangre y fuego. Sus dientes me mordieron el labio inferior con la fuerza justa para hacerme jadear, y cuando abrí la boca en protesta, su lengua se deslizó dentro, profunda y posesiva, devorándome el aliento.
Un calor espeso y punzante me estalló en el vientre. Intenté resistirme, intenté mantener la mente fría para recordar que él era el tirano que había desangrado la capital, pero mi propio cuerpo me traicionó. El roce constante de su piel desnuda contra la mía enviaba ráfagas de placer líquido por cada terminación nerviosa. La necesidad que él cargaba era una marea tan violenta que me arrastró consigo.
Li Yan liberó mis muñecas, pero yo ya no me aparté. Sin darme cuenta, mis dedos se clavaron en sus hombros anchos, enterrando las uñas en su piel caliente mientras mi espalda se arqueaba contra el colchón.
Él rompió el beso solo para bajar la boca hacia mi garganta. Sus labios húmedos trazaron un camino ardiente por mi cuello, deteniéndose justo sobre el pulso desbocado de mi clavícula, donde dejó una marca roja con los dientes que me hizo soltar un grito que se perdió entre las colgaduras de seda.
—Eres mía, artesana —murmuró con voz ronca contra mi piel, mientras su mano libre descendía por mi vientre plano, acariciando la curva de mis caderas con una aspereza desesperada—. Ni el cielo ni los dioses te van a sacar de esta cama.
Con un movimiento seco, Li Yan terminó de apartar las faldas de mi vestido. Cuando su piel completamente desnuda colisionó contra la mía, el contacto íntimo desató una sobrecarga tan brutal que vi estrellas blancas detrás de mis párpados.
El emperador se acomodó entre mis muslos, sosteniéndome la mirada en la penumbra. Sus ojos ardían con una intensidad oscura, despojada de toda frialdad imperial. En ese instante, Li Yan se empujó dentro de mí con una lentitud tortuosa y firme, llenándome por completo de un solo golpe.
Un grito agudo se me escapó de la garganta, arqueando la espalda mientras mis manos se aferraban a su pelo largo y revuelto. La sensación fue tan intensa que me cortó la respiración: una mezcla de dolor punzante y un fuego líquido que me encendió las entrañas.
Li Yan se quedó inmóvil un segundo sobre mí, con los músculos de la espalda tensos como el acero, respirando pesadamente contra mi frente mientras me dejaba acostumbrarme a su invasión.
—Respira, Lian... —me exigió con un gruñido ronco, acariciándome la mejilla con el dorso de la mano con una ternura inesperada que casi me dolió más que su peso.
Y entonces, empezó a moverse.
Las embestidas comenzaron lentas, profundas, arrancándome gemidos quebrados que no pude tragarme. Pero el ritmo no tardó en volverse salvaje. Li Yan perdió la paciencia; me tomó de las caderas con fuerza, hundiéndose en mí una y otra vez con una urgencia brutal, buscando aplacar en mi cuerpo el vacío que llevaba años consumiéndolo. La cama crujía bajo el impacto de nuestros cuerpos sudorosos; las sábanas de seda roja se arrugaban bajo mi espalda mientras el placer me nublaba cualquier rastro de orgullo.
Olvidé quién era él. Olvidé quién era yo. Solo existía el calor sofocante de su piel, el sonido de nuestras respiraciones chocando en la oscuridad y el fuego despiadado que nos quemaba a los dos por igual.
Cuando Li Yan llegó al límite, soltó un rugido sordo contra mi pecho, aferrándome contra su cuerpo con una fuerza casi dolorosa mientras se derramaba por completo dentro de mí. Mis propios espasmos me sacudieron las piernas, hundiéndome en una ola de calor que me dejó sin aliento, temblando entre sus brazos.
Pasaron varios minutos antes de que el aire volviera a la habitación. Li Yan cayó a mi lado sobre el colchón, con el pecho agitado y un brazo pesado rodeándome la cintura, pegándome a su costado sin intención de soltarme. Por primera vez desde que lo había visto en el patio, su rostro estaba en absoluta y completa paz. Dormía, noqueado por el cansancio.
Yo me quedé despierta, mirando el techo oscuro con el cuerpo adolorido y el corazón latiendo a trompicones.
Estiré la mano despacio, casi por inercia, y apoyé las yemas de mis dedos sobre el pecho sudoroso de Li Yan, justo encima de su corazón.
En ese mismo instante, la visión me golpeó como un mazo en la nuca.
No fue fuego. No fue sangre lejana.
Vi las puertas de las murallas exteriores abriéndose silenciosamente en mitad de la noche; vi a guardias imperiales degollados en sus puestos sin poder gritar; y vi el rostro afilado de un general de la corte, con una espada curva en la mano, avanzando directo hacia el Pabellón del Dragón.
Estaban asaltando el palacio ahora mismo.