Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
NovelToon tiene autorización de feliannys Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: Sin planos de retorno
Daniel separó sus labios de los de Alex con una lentitud casi dolorosa, reteniendo el último aliento de un beso que le había cambiado el mapa de la vida. Apoyó la frente contra los azulejos húmedos, justo al lado de la oreja de Alex, escuchando el compás acelerado y desbocado de sus dos respiraciones mezclándose en la penumbra de las duchas.
Sus manos, aún firmes sobre las mejillas de Alex, temblaban ligeramente, pero esta vez no era por pánico. Era por la abrumadora certeza de que el dique se había roto por completo.
Ya no había un plano de retorno hacia la seguridad de la amistad. Habían destruido el camino de regreso.
—Se acabó el disimulo, Al —susurró Daniel, con la voz ronca, sintiendo cómo el goteo de la llave del agua marcaba el fin de una era entre los dos.
Se apartó apenas unos centímetros para mirarlo fijamente. Los ojos oscuros de Alex brillaban con una mezcla de triunfo y una vulnerabilidad que a Daniel le encendió el pecho.
Daniel bajó sus manos desde sus mejillas hasta sus hombros, apretándolos con una posesividad que ya no pensaba camuflar con ninguna broma estúpida.
—Intenté ir despacio, intenté ponerte una maldita barrera para no asustarte tras lo de Camila, pero tú mismo la tiraste abajo —continuó Daniel, sosteniéndole la mirada con una seriedad implacable que desarmaba cualquier intento de juego
—. Así que atente a las consecuencias. Ya no voy a dar un paso atrás. No voy a fingir en la cafetería, no voy a apartar la pierna debajo del restirador y no me voy a morder la lengua cuando alguien intente acercarse a ti. Si decidiste que esto va en serio, va en serio con todo.
Alex sonrió, una sonrisa limpia y liberada, y rodeó el cuello de Daniel con los brazos, pegándose de nuevo a su pecho sin importarle el sudor del entrenamiento o el frío de la pared.
—Es exactamente lo que estaba esperando que hicieras, guardaespaldas —murmuró Alex contra su oído.
Daniel soltó un suspiro largo, un soplido cargado de un alivio tan inmenso que sintió que flotaba.
Deslizó sus brazos alrededor de la cintura de Alex, pegándolo a su cuerpo con fuerza. El miedo a perderlo se había disipado en el aire húmedo del vestidor; la farsa del mejor amigo bromista había quedado enterrada en ese piso de azulejos, dando paso al inicio de una estructura real que, por primera vez, estaban dispuestos a diseñar juntos desde cero
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El motor del auto rumbaba suavemente mientras avanzábamos por la avenida principal, dejando atrás el campus de la universidad. Alex miraba fijamente por la ventana del copiloto, viendo cómo las luces de los postes comenzaban a encenderse bajo el cielo del atardecer.
Tenía los labios todavía ligeramente entumecidos por la intensidad de lo que había pasado en las duchas, y una extraña pero deliciosa calidez le recorría el pecho.
Por primera vez en semanas, la tensión no se sentía como una cuerda a punto de romperse. Se sentía como un territorio conquistado.
Alex desvió la mirada de la ventana para fijarla en Daniel. Su perfil seguía siendo el mismo de siempre, pero había algo diferente en su forma de conducir.
Ya no tenía los nudillos blancos de tanto apretar el volante por el pánico, ni estaba buscando desesperadamente un tema de conversación absurdo o un chiste malo para llenar el aire.
Daniel conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando relajadamente sobre la palanca de cambios, manteniendo una calma que Alex nunca antes le había visto.
«Lo dijo en serio», pensó Alex, sintiendo un vuelco dulce en el estómago. «Se acabó el disimulo».
Aprovechando la luz roja de un semáforo, Alex rompió la distancia del asiento. Estiró la mano izquierda por encima de la consola central y, con total naturalidad, posó su palma sobre la mano de Daniel que descansaba en la palanca de cambios, entrelazando sus dedos de forma lenta y firme.
Daniel dio un sutil respingo por la sorpresa del contacto inicial, pero no retiró la mano. Al contrario, giró el rostro hacia él y le dedicó una sonrisa de medio lado, una que ya no era la máscara ruidosa que usaba frente a Martín o en la cafetería.
Era una sonrisa cansada pero genuina, llena de una paz absoluta. Apretó los dedos de Alex con fuerza, respondiendo al agarre antes de volver a clavar la vista en el camino cuando el semáforo cambió a verde.
—¿En qué piensas, Al? —preguntó Daniel con la voz baja, manteniendo el agarre firme entre sus manos mientras avanzaba el auto.
—En que es la primera vez que viajo en este auto sin sentir que estás planeando cómo saltar por la puerta para huir de mí
—bromeó Alex con un tono suave, acariciando el dorso de la mano vendada de Daniel con el pulgar.
Daniel soltó una risa limpia, un sonido que vibró con fuerza en el espacio cerrado del vehículo.
—Te dije que te atuvieras a las consecuencias —respondió Daniel, dándole un pequeño apretón a sus dedos sin soltarlo—. Pasé demasiado tiempo fingiendo que no quería hacer esto.
Ahora que tengo permiso de tomar tu mano en el auto, no pienso soltarte en todo el camino a casa.
Así que búscate una buena estación de radio, porque de aquí al departamento somos tú, yo y quien sea que cante en el reproductor.
Alex se recostó contra el asiento, sintiendo que el aire dentro del auto finalmente era ligero. La carretera hacia el departamento ya no se sentía como un escape de sus problemas; se sentía como el inicio del primer plano real que estaban construyendo juntos