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La Vida De Un Escritor Otaku

La Vida De Un Escritor Otaku

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:319
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

La vida de un escritor otaku

Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.

Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.

Todo cambia una noche en Akihabara.

Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.

Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.

Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.

La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Nuevas ideas y un malentendido

Un día inesperadamente tranquilo

Continúe escribiendo en mí ordenador.

Tenía que aprovechar el día.

Había conseguido avanzar bastante durante las últimas semanas, pero todavía me quedaban muchas páginas por escribir si quería terminar mi nueva novela a tiempo.

Las horas pasaron sin que me diera cuenta.

De vez en cuando, escuchaba pasos por el pasillo o alguna puerta abrirse y cerrarse. La casa ya no estaba tan silenciosa como antes, pero curiosamente aquello no me molestaba.

Al contrario.

Me resultaba extraño, pero agradable.

Seguí escribiendo hasta que escuché unos pequeños golpes en la puerta.

—¿Saito?

Era Akane.

—Adelante.

La puerta se abrió lentamente.

Akane entró llevando un pequeño plato entre las manos.

—Te traje algo.

Miré el plato.

Había unos bocadillos que seguramente había preparado ella misma.

—¿Para mí?

—Sí.

—Gracias.

Akane dejó el plato junto al ordenador y se quedó unos segundos observándome.

—Llevas mucho tiempo escribiendo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Ni siquiera te has dado cuenta de que ya pasó toda la mañana.

Miré el reloj.

Tenía razón.

—Supongo que me concentré demasiado.

Akane sonrió.

—Eso parece.

Después miró la pantalla.

—¿Es tu nueva novela?

—Sí. Todavía falta bastante.

—¿Puedo leerla cuando la termines?

La miré sorprendido.

—¿Quieres leerla?

—Claro.

Sus palabras me hicieron sonreír.

Era una sensación extraña.

No era la primera vez que alguien mostraba interés por una de mis novelas, pero que Akane, después de conocerme apenas unos días, quisiera leer algo que estaba escribiendo me hizo sentir especialmente bien.

—Por supuesto —respondí—. Cuando la termine, serás una de las primeras personas en leerla.

Akane sonrió ampliamente.

—¡Entonces esperaré!

Se dio la vuelta para salir, pero antes de hacerlo se detuvo.

—No quiero molestarte más. Sigue escribiendo.

—Gracias por los bocadillos.

—De nada.

Cerró la puerta y me quedé mirando el plato durante unos segundos.

Después volví la vista hacia la pantalla.

No sé por qué, pero las palabras de Akane habían conseguido animarme.

Tomé uno de los bocadillos y empecé a comer mientras pensaba en la historia.

Entonces se me ocurrió algo.

Aquella situación...

Los últimos dos días...

Dos chicas que aparecían de repente en la vida de un hombre que estaba acostumbrado a vivir completamente solo.

Una de ellas era más alegre y abierta.

La otra desconfiaba de todo y parecía estar constantemente alerta.

Era curioso.

Sin darme cuenta, acababa de encontrar inspiración en mi propia vida.

Tomé el teclado y comencé a escribir una nueva escena.

Quizá podía crear un personaje inspirado en parte en lo que estaba viviendo.

No exactamente ellas.

Sería injusto convertirlas directamente en personajes.

Pero podía tomar algunas características.

Una chica que, a pesar de estar pasando por una situación difícil, todavía era capaz de sonreír.

Y otra que, aunque desconfiaba de los demás, poco a poco comenzaba a bajar la guardia.

Escribí.

Y seguí escribiendo.

Cuando quise darme cuenta, ya había oscurecido.

Miré la hora.

Había pasado todo el día frente al ordenador.

—Vaya...

Me froté los ojos.

Estaba cansado, pero satisfecho.

Había conseguido terminar un capítulo entero.

Guardé el archivo y me levanté de la silla.

—Creo que necesito un baño.

Salí de mi habitación y caminé hacia el baño del segundo piso.

Mientras avanzaba, seguía pensando en el próximo capítulo de mi novela.

Tenía varias ideas dando vueltas en la cabeza.

Quizá podía hacer que el protagonista...

Abrí la puerta de la zona de la ducha sin prestar demasiada atención.

Fue entonces cuando noté el vapor.

—¿Eh?

Levanté la mirada.

Había una puerta que separaba la ducha de la zona de la bañera.

La abrí distraídamente.

Y entonces la vi.

Izumi estaba dentro de la bañera.

Nos quedamos mirándonos.

Durante unos segundos ninguno de los dos reaccionó.

Mi cerebro tardó demasiado en procesar lo que estaba viendo.

—...

—...

Mi cara comenzó a arder.

—¡¡Perdón!!

Cerré la puerta inmediatamente.

—¡Lo siento! ¡No sabía que estabas ahí!

Desde el otro lado escuché la voz de Izumi.

—No pasa nada.

—¡De verdad que no fue intencional!

—Ya te dije que no pasa nada.

Respiré profundamente.

Sentía que mi cara estaba completamente roja.

—Es que estaba pensando en la novela y...

Hubo un pequeño silencio.

Entonces escuché una risita.

—¿Estás rojo?

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Seguro que estás rojo.

—¡No!

Otra risa.

—Sí que lo estás.

Me di cuenta de inmediato.

Me estaba molestando.

—Izumi...

—¿Qué?

—Lo estás haciendo a propósito.

—¿Yo?

Su voz sonaba claramente divertida.

—No sé de qué hablas.

Suspiré.

—Me voy.

—¿Tan rápido?

—Sí.

—Qué pena.

Escuché otra risita.

Negué con la cabeza y salí del baño.

Pero apenas cerré la puerta, me encontré con Akane en el pasillo.

—¿Saito?

Me quedé paralizado.

—Ah...

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Por qué estás tan rojo?

—No estoy rojo.

Akane me miró unos segundos.

—Sí estás rojo.

No sabía qué responder.

Entonces escuchamos la puerta del baño abrirse.

Izumi salió.

Llevaba una toalla envuelta alrededor del cuerpo y otra sobre el cabello.

Akane abrió los ojos sorprendida.

—¿Izumi?

—Sí.

—¿Qué pasó?

Izumi me miró y sonrió.

—Saito entró al baño mientras yo estaba bañándome.

—¡Fue un accidente!

Akane se puso roja inmediatamente.

—¡¿Entraste?!

—¡No sabía que estaba ahí!

—Esa respuesta me parece un poco sospechosa—agrego Izumi.

—¡Ya, ya! —dijo Akane, levantando las manos—. Déjenlo tranquilo.

Izumi soltó una pequeña carcajada.

—No hace falta que te pongas así, Saito.

—¡Pero tengo que disculparme!

Me arrodillé frente a ellas.

—¡Lo siento mucho!

—¡Saito, levántate! —exclamó Akane.

—¡No puedo!

—Sí puedes.

—¡No hasta que me perdones!

Izumi volvió a reír.

—Qué exagerado.

Levanté la cabeza.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila?

—Porque sé que fue un accidente.

Entonces miré la toalla.

—Espera... ¿por qué estás solamente con eso?

Izumi parpadeó.

—Porque no tengo ropa para ponerme después de bañarme.

Me quedé callado.

Claro.

No había pensado en eso.

Las chicas habían llegado prácticamente con lo puesto.

—Ahora vuelvo.

Fui rápidamente a mi habitación y busqué algo que pudiera servirles.

Después de unos minutos regresé con varias prendas.

—Pueden usar estas.

Les entregué un par de camisetas y algunas camisas.

—También pueden usar esto como ropa para dormir.

Akane tomó una de las camisetas.

—¿No te molestará?

—No. Tengo demasiada ropa.

Después les entregué ropa interior limpia.

—Y esto también.

Ambas se quedaron mirándome.

—Son nuevas —aclaré rápidamente—. Nunca las he usado. Las compré hace tiempo y están guardadas.

—Entiendo —respondió Izumi.

—Pueden usarlas sin problema.

—Gracias, Saito —dijo Akane.

—No hay de qué.

Las dos regresaron al baño Izumi para vestirse y Akane para bañarse.

Yo bajé a la cocina.

Ya era hora de preparar la cena.

Mientras cocinaba, escuché pasos por las escaleras.

Me giré.

Izumi y Akane habían regresado.

Llevaban una camiseta y la otra una camisas que les había prestado.

Me quedé mirándolas unos segundos.

Supongo que fue porque era extraño verlas usando mi ropa.

Pero Izumi se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Estás pensando en lo que pasó en el baño?

Me puse rojo de inmediato.

—¡No!

Izumi comenzó a reír.

—Estás rojo otra vez.

—¡No estoy pensando en eso!

—Claro.

—¡De verdad!

Akane intervino.

—Izumi, ya déjalo.

—Pero es divertido.

—Lo estás poniendo nervioso.

—Está bien, está bien.

Izumi sonrió y se sentó a la mesa.

Yo intenté concentrarme en la cena.

Aunque mi cara seguía ardiendo.

Después de terminar de cocinar, los tres nos sentamos a comer.

La conversación fue bastante tranquila.

Akane habló sobre los videojuegos que había visto en la sala de juegos y sobre cuál quería probar primero.

Izumi también comentó algunas cosas, aunque seguía observándome de vez en cuando con una sonrisa divertida.

Por suerte, no volvió a mencionar el baño.

Después de cenar, las chicas se levantaron.

—Nosotras vamos a dormir —dijo Akane.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Saito.

—Buenas noches.

Las dos subieron las escaleras.

Yo me quedé recogiendo los platos.

Cuando estaba a punto de comenzar a lavarlos, escuché pasos detrás de mí.

—¿Necesitas ayuda?

Era Akane.

—No hace falta.

—Quiero ayudarte.

—Está bien.

Le entregué algunos platos y comenzamos a lavarlos juntos.

Durante unos minutos no dijimos nada.

Era una situación bastante sencilla.

Pero, por alguna razón, me hacía sentir bien.

Cuando terminamos, preparé dos tazas de café con leche.

Le entregué una a Akane.

—Toma.

—Gracias.

Nos sentamos unos minutos en la cocina.

Akane sostuvo la taza entre sus manos y miró hacia la mesa.

—Saito...

—¿Sí?

—Quería agradecerte otra vez.

—No tienes que hacerlo.

—Sí tengo.

Levantó la mirada.

—Hace mucho tiempo que no me sentía así.

—¿Así cómo?

Akane sonrió ligeramente.

—Como si estuviera en un hogar.

Me quedé en silencio.

Aquellas palabras me llegaron más de lo que esperaba.

—Akane...

—No sé cuánto tiempo podremos quedarnos aquí —continuó—. Pero aunque no llevemos más de dos días aquí se siente diferente.

Miré mi taza.

—No tienes nada que agradecerme.

—Pero...

—Lo hice porque quise hacerlo.

Le sonreí.

—Y, para ser sincero, a mí también me gusta tener compañía.

Akane pareció sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí.

Miré alrededor de la cocina.

—He pasado gran parte de mi vida solo.

—¿No te molestaba?

—Al principio no.

Hice una pequeña pausa.

—Pero supongo que uno no puede acostumbrarse demasiado a estar solo.

Akane bajó la mirada y sonrió.

—Entonces quizá podamos hacerte compañía un poco más.

—Me parece bien.

Sin que ninguno de los dos lo notara, Izumi estaba sentada en las escaleras.

Había escuchado toda la conversación.

No dijo nada.

Después de unos minutos, Akane se levantó.

—Será mejor que vaya a dormir.

—Sí.

—Buenas noches, Saito.

—Buenas noches, Akane.

La joven subió las escaleras.

Cuando entró en la habitación, encontró a Izumi mirando por la ventana.

—¿Qué haces?

Izumi se giró.

—Nada.

Akane se acercó.

—Saito es una muy buena persona.

Izumi guardó silencio unos segundos.

—Solo lo conocemos desde hace dos días.

—Lo sé.

—No podemos tomar una decisión tan rápido.

Akane asintió.

—Tienes razón.

Izumi volvió a mirar por la ventana.

—No sabemos qué clase de persona es realmente.

Después de unos segundos, añadió:

—Aunque...

—¿Aunque?

Izumi sonrió ligeramente.

—También me gusta estar aquí.

Akane sonrió.

—A mí también.

En ese momento, ninguna de las dos sabía que yo estaba al otro lado en el pasillo.

Había salido de mi habitación para utilizar el baño del segundo piso, que se encontraba justo al lado de la habitación de las chicas.

Sin querer, había escuchado parte de la conversación.

No quise interrumpirlas.

Simplemente me quedé unos segundos en silencio.

Al escuchar que Izumi también comenzaba a sentirse cómoda allí, una sonrisa apareció en mí rostro.

Después entré al baño.

—Parece que no soy el único que está cambiando.

Terminé de lavarme los dientes y regresé a mí habitación.

Me acosté en la cama.

El día había sido largo.

Había escrito un capítulo entero.

Había conseguido nuevas ideas.

Y, de alguna manera, aquella casa que antes parecía demasiado grande para una sola persona comenzaba a sentirse diferente.

Cerré los ojos.

Pero justo antes de quedarme dormido, me incorporé de golpe.

—Espera...

Una idea acababa de aparecer en mi cabeza.

Una idea completamente diferente.

Una historia nueva.

Una novela que podía ser incluso mejor que la que estaba escribiendo.

Sonreí.

—Esto podría funcionar...

Tomé mi teléfono y anoté rápidamente algunas palabras para no olvidarlo al día siguiente.

Después volví a acostarme.

Aquella noche me dormí con una sonrisa.

Sin saber que las dos chicas que habían aparecido inesperadamente en mi vida no solo estaban cambiando mi hogar.

También estaban empezando a cambiarme a mí.

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