Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capítulo 13 — Una nueva compañera
Al otro día llegué a España todavía con el ánimo por el piso. No tenía ganas de hacer nada. Apenas había dormido y cada vez que cerraba los ojos me acordaba de Emely.
Me arreglé para ir a la universidad, agarré mi mochila y salí del departamento.
—Bueno, pues... toca seguir —murmuré.
Todo era nuevo para mí. No conocía bien las calles, todavía me confundía con las rutas y tenía que aprender a coger el tren para llegar a la universidad.
Llegué a la estación y me quedé mirando las indicaciones.
—A ver... ¿por dónde es?
Después de revisar varias veces, finalmente encontré el andén correcto.
Cuando llegó el tren, subí y busqué un asiento libre.
Me senté junto a la ventana y saqué el celular.
No tenía ningún mensaje de Emely.
Suspiré y guardé nuevamente el teléfono.
—Qué vaina tan berraca...
Mientras miraba por la ventana, una chica se acercó.
—¿Está ocupado?
Levanté la mirada.
—No, siéntate.
Ella se sentó a mi lado y dejó su bolso sobre las piernas.
—Gracias.
Yo pensé que ahí iba a terminar la conversación, pero después de unos segundos ella comenzó a hablarme.
—¿A dónde vas?
—A la universidad. ¿Y tú?
—Igual, voy a la universidad.
La miré sorprendido.
—¿A cuál?
Ella me dijo el nombre de la universidad a la que yo también iba.
—¿En serio? Yo también estudio ahí.
—¡Qué casualidad! —respondió ella, sonriendo.
—Sí, vea pues.
—¿Y cómo te llamas?
—Ariel Suárez. ¿Y tú?
—Lucía Molina.
—Mucho gusto, Lucía.
—Igualmente, Ariel.
Me quedé callado un momento.
Ella volvió a preguntarme:
—¿Qué edad tienes?
—Veinte. ¿Y tú?
—Diecinueve años.
—Ah, estamos cerquita.
Lucía sonrió.
—Sí.
Su manera de hablar era muy diferente a la mía. Se notaba que era española por el acento.
—¿Tú eres de Colombia, verdad? —preguntó.
—Sí. Soy de Manizales, Caldas.
—Se te nota bastante el acento.
—¿Sí?
—Sí. Hablas muy diferente a nosotros.
Me dio un poco de risa.
—Pues imagínate. Yo apenas llegué ayer y todavía estoy tratando de acostumbrarme.
—¿Ayer?
—Sí.
—Entonces estás recién llegado.
—Completamente.
Lucía se rio.
—Pues has tenido suerte de encontrarte conmigo.
—¿Por qué?
—Porque yo también estudio en esa universidad. Si necesitas que te enseñe dónde están las cosas, puedo ayudarte.
—Te lo agradecería mucho.
—Claro.
El tren continuó avanzando.
—¿Qué estudias? —preguntó Lucía.
—Ingeniería de Sistemas.
—¡Qué bien! Yo estudio también aquí, aunque estoy en otra carrera.
—Ah, bueno.
—¿Y por qué viniste a España?
La pregunta me dejó serio.
Bajé la mirada.
—Por decisión de mi papá.
—¿Y tú querías venir?
Me quedé unos segundos en silencio.
—No mucho.
Lucía notó que mi expresión había cambiado.
—Perdona, no quería meterme.
—Tranquila. No pasa nada.
Volví a mirar por la ventana.
—Es que dejé muchas cosas importantes en Colombia.
Lucía asintió.
—Debe ser difícil empezar de cero.
—Sí. Bastante.
Durante unos segundos ninguno habló.
Después ella intentó cambiar el tema.
—Bueno, al menos ya tienes una compañera para no perderte en la universidad.
Sonreí.
—Eso sí.
—Y si no entiendes alguna palabra de aquí, me preguntas.
—Eso puede pasar seguido.
—¿Por qué?
—Porque ustedes hablan diferente.
Lucía se rio.
—¿Nosotros?
—Sí. Hay palabras que no entiendo.
—Pues ya aprenderás.
El tren comenzó a disminuir la velocidad.
Lucía miró el reloj.
—Ya casi llegamos.
—¿Esta es nuestra parada?
—Sí. Baja conmigo.
Nos levantamos y salimos del tren.
Caminamos juntos hacia la universidad.
Lucía me iba señalando los edificios.
—Mira, por ahí está la biblioteca. Más adelante están las aulas. Y por ese lado está la cafetería.
Yo intentaba memorizarlo todo.
—Gracias, Lucía.
—De nada.
Llegamos finalmente a la entrada de la universidad.
—Bueno, Ariel, nos vemos dentro.
—Sí. Gracias por acompañarme.
—No hay de qué.
Lucía se fue hacia su edificio y yo continué hacia el mío.
Mientras caminaba, pensé en lo curioso que era todo.
Había llegado a un país completamente nuevo sintiéndome completamente solo.
Y, sin buscarlo, en mi primer viaje en tren había conocido a alguien de mi misma universidad.
No sabía qué iba a pasar después.
Por ahora, solo quería concentrarme en mis estudios y aprender a vivir en aquel lugar.
Aunque en el fondo de mi corazón seguía pensando en una sola persona.
Emely.