Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
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capitulo 14: especial
Micaela seguía de espaldas, pensando en todo lo que había pasado con el director. Aunque se sentía un poco extraña, también estaba feliz, porque había estado con el hombre que amaba. Aun así, en el fondo sabía que lo sucedido marcaría un antes y un después en su vida.
El director, al verla tan callada, sintió algo raro en el pecho. Entonces pensó si había hecho algo mal y, con esa duda rondándole la cabeza, no dejó de mirarla.
—Señorita Chávez, no era mi intención incomodarla. Si hice algo mal en su primera vez, quisiera saber cómo se sintió —dijo el director, pues aquel momento le permitió darse cuenta de que había sido su primera experiencia, y eso le generó sorpresa y, al mismo tiempo, una necesidad de protegerla.
—Ha sido extraordinario, señor director… jamás habría creído que alguien de su experiencia pudiera interesarse en mí. Me siento frágil frente a usted —contestó, sonriendo con ilusión y dejando que su mente soñara con un futuro juntos.
—No se sienta de esa manera, señorita Chávez. Somos adultos, y lo ocurrido no afecta lo especial que usted es para mí—La palabra le salió de forma tan espontánea que, después, él mismo empezó a preguntarse qué tan especial era ella para él.
Micaela sonrió aún más al escucharlo, luego se levantó de la cama y cubrió su delgado cuerpo con la sábana blanca.
—Necesito ir al baño —dijo, todavía sintiéndose avergonzada.
Él, con un gesto, le indicó que el baño estaba detrás de ella. Micaela tomó su ropa y entró, mientras él se quedó acostado en la cama, pensativo.
Ya en el baño, Micaela reafirmó su decisión de regresar a casa. Se duchó para quitarse el perfume del director de la piel, pues irse así podría causarle problemas. Se dio un último vistazo en el espejo y salió.
—Ya estoy lista. Me iré a casa —le informó, mientras notaba que el director ya estaba vestido con el pantalón y a punto de ponerse la camisa, dejando visible su amplia espalda.
—¿Se va? Creí que se quedaría, señorita Chávez —dijo, levantándose de la cama y acercándose a ella, claramente confundido.
—Sí, señor director, no puedo quedarme. Además, la tormenta ya pasó —contestó tímidamente.
—Está bien, la llevaré —dijo él, aún confundido de que, después de lo que pasó entre ellos, ella siguiera mostrando timidez.
Ya frente al carro, Micaela lo besó tiernamente, sabiendo que, una vez que la llevara a casa, no tendría otra oportunidad. Él se sorprendió; siempre había sido él quien daba el primer beso. Aun así, sin decir nada, le abrió la puerta y ella entró.
Al llegar al barrio donde vivía Micaela, ella le pidió que la dejara un poco antes de su casa, a cuatro cuadras, aunque realmente debía caminar ocho, ya que quería evitar que los vecinos chismosos vieran la situación y se lo contaran a su padre, además de asegurarse de que el director no supiera nada sobre el control que su padre ejercía sobre su vida.
—Gracias —dijo, bajando rápidamente sin agregar nada más.
El director se fue tranquilo, convencido de que realmente la había dejado cerca de su casa. Después de caminar un poco más, Micaela finalmente llegó a su hogar y entró. Apenas la vio, su madre corrió hacia ella, tocándole los cachetes para asegurarse de que no le hubiera pasado nada.
—Hija, ¿estás bien? ¿Dónde estabas? ¿Dónde pasaste la tormenta? —preguntó apresuradamente, mientras notaba un brillo diferente en los ojos de su hija.
—Tranquila, mamá, estoy bien. Estuve en casa de una amiga —mintió Micaela, aunque no le gustaba hacerlo; sin embargo, jamás podría decirle que había estado con el director.
—Entiendo, hija… Me alegra que estés bien —respondió su madre, sin creerle del todo—. ¿Vas a cenar?
—No, mamá, no tengo hambre. Prefiero ir a descansar —dijo antes de subir a su habitación.
Micaela entró a la habitación, y su madre, aún dudosa por la explicación que había dado, se asomó a la ventana para ver quién la había traído. Agradeció en silencio que su esposo no estuviera en casa, porque si él hubiera visto la llegada de Micaela a esa hora, seguro se habría formado un gran problema. Se persignó y luego también se fue a su habitación.
Mientras tanto, Micaela se dejó caer sobre la cama y, con los ojos cerrados, recordó todo lo que había pasado entre ella y el director. Para ella, ese momento había sido especial, uno que guardaría para siempre en su corazón.
—Lo amo, señor director lo amo —murmuró para sí, con una sonrisa soñadora.
Por su parte, el director decidió quedarse en la casa y no volver a su apartamento. Se detuvo a mirar la habitación donde había compartido aquel momento con Micaela; el suave olor de su perfume aún permanecía allí. Luego entró al baño y, mientras el agua corría por su cuerpo, se pasó la mano por el cabello, pensando una y otra vez en Micaela. No tenía claro lo que sentía por ella, pero sí estaba seguro de algo: lo que había pasado entre los dos no podía ignorarlo, como hacía con otras mujeres.
Dos días después, tras quedarse en casa, prepararse y estudiar como siempre, llegó el lunes. Micaela se sentía nerviosa por volver a ver al director; después de lo que había pasado, no sabía ni cómo mirarlo, ni qué eran ahora en realidad. Con esos pensamientos rondándole la cabeza, se dirigió a la universidad.
Tomó una buseta que la dejó bastante lejos, así que tuvo que caminar. Todo aún estaba mojado por la fuerte lluvia del viernes cuando, de pronto, un carro elegante pasó a gran velocidad y le lanzó agua sucia, empapándola, sobre todo la blusa blanca que llevaba puesta. La persona dentro del vehículo ni siquiera se dio cuenta.
Micaela se quedó sin saber qué hacer al verse así. Aun con la ropa sucia, caminó más rápido hasta llegar a la universidad y se dirigió directo al baño. Estaba por entrar cuando Kenta y su grupo de amigas le bloquearon el paso.
—Vaya, miren quién está aquí la mosquita muerta —se burló Kenta—. ¿Eso es agua de lluvia o andas revolcándote en la calle?
Micaela no quiso prestarle atención e intentó entrar al baño, pero Kenta le volvió a bloquear el paso. Sin decir nada, se dio la vuelta y se fue directo a la biblioteca.
Allí, todavía molesta por lo ocurrido, desabotonó un poco la blusa blanca que llevaba puesta para intentar limpiarla como podía, ya que no tenía otra. En ese momento, el director, que acababa de llegar a la universidad, pasó por el lugar. Al verla en ese estado, no pudo evitar acercarse.
—Buenos días, señorita Chávez. ¿Qué le pasó?
—Un conductor con prisa decidió que yo era parte del pavimento mojado—dijo molesta; solo después se dio cuenta de a quién le hablaba y bajó la mirada, avergonzada.
—Señorita Chávez, debería ir al baño y cambiarse, no quedarse aquí —dijo él, mirando de reojo cómo la blusa abierta dejaba ver sus pechos. Aquello le provocó una sensación extraña, incluso molesta al pensar que otros pudieran verla así
Micaela asintió en silencio y levantó un poco la mirada para encontrarse con la de él. Sus ojos se sostuvieron por un instante, y sin necesidad de palabras, el recuerdo de lo que habían vivido regresó a la mente de ambos.
Lo que ambos desconocían era que había sido él mismo quien la había mojado, sin siquiera notarlo, al pasar en el carro.
A unos pasos de allí, Kenta, que la había seguido para seguir molestándola, los vio mirarse y el enojo le ardió por dentro.
—Mira nada más la mosquita muerta ya coqueteando con el director—pensó con rabia, y luego se marchó de allí, molesta.
Minutos después, la blusa de Micaela ya se había secado y se sentía un poco más tranquila. Salió al descanso cuando una escena la dejó inquieta: el director caminaba junto a la profesora Sonia, quien, muy sonriente, de pronto le tomó la mano. A Micaela le recorrió una molestia difícil de explicar al ver que él permitía aquella cercanía.
Sin embargo, apenas entraron a la oficina, él soltó la mano de Sonia. No le gustaban las muestras de cariño en público, y menos que ella se tomara confianzas que no le correspondían. Aun así, la había sostenido solo para evitar comentarios entre los estudiantes.
—Sonia, por favor, no vuelvas a tomarme la mano. No me gusta, y tú lo sabes —le dijo con seriedad.
—Ay, Nicolás, no exageres. Solo fue un gesto —respondió ella—. Además, anoche no llegaste a tu apartamento me quedé esperándote.
—Sonia, no es algo de lo que debamos hablar. Ahora, si me permites, voy a trabajar —dijo él, indicando que quería que ella saliera.
—Siempre me evades, pero está bien —resopló, retirándose con irritación por cómo él siempre la ignoraba.
Mientras tanto, Micaela seguía pensando en el gesto de Sonia al tomarle la mano al director. Las palabras de Malú le rondaban la mente una y otra vez, hasta que la misma profesora que siempre la hacía encargarse de los libros la sacó de sus pensamientos al pedirle que los llevara a la oficina del director.
Tomó los libros sin protestar y, minutos después, se presentó frente a la oficina, golpeando suavemente la puerta.
—Adelante —le indicó el director.
—Aquí tiene los libros, señor director —dijo Micaela, seria y distante, sin su acostumbrada dulzura.
El director levantó la vista de la laptop. Al ver la seriedad en el rostro de Micaela y el tono de su voz, entendió que algo le sucedía, así que se levantó y se acercó.
—Señorita Chávez, ¿le pasa algo? —preguntó, acercándose más a ella.
Micaela negó con la cabeza. En realidad, estaba celosa por la escena que había presenciado en la mañana, pero decidió no decir nada; no quería problemas con él. Colocó los libros en el lugar de siempre y, justo cuando se disponía a salir, el director la tomó del brazo, acercándola hacia él y la besó.
—Dígame qué le sucede, la conozco —le dijo con suavidad, tras depositar un beso en sus labios.
—No me pasa nada, señor director. Estoy bien —insistió, sin confesar sus celos, y después lo besó, devolviendo el beso con delicadeza.
A él le encantaba cuando ella lo besaba así, con ternura e inocencia, sin malicia. Pero esa misma combinación lo excitaba más, y por eso profundizó el beso. Micaela, pensando que algo más sucedería, estuvo a punto de entregarse nuevamente pero él la detuvo.
—Señorita Chávez es mejor que regrese a su clase. No quiero que la pierda —dijo, separándose de ella.
No era solo por la clase. Estaba demasiado excitado, al punto de temer perder el control; además, era muy consciente de que en esa misma oficina había estado muchas veces con Sonia.
Micaela asintió y salió ruborizada, sintiéndose cada vez más enamorada e ilusionada de su director.