Amelia Geraldi fue la princesa de la mafia más temida de su país. Pero una noche, después de leer hasta el amanecer una novela sin remitente, se quedó dormida... y despertó en el cuerpo de la secundaria que muere en el primer acto.
Ahora es Amelia Sandoval, una chica de diecisiete años con cara de muñeca, una familia que ya no la reconoce y una protagonista de lágrimas fáciles que se las arregla para que todos la compadezcan. Peor aún: el hombre que mandó a matar a su nueva identidad sigue ahí. Adrián William, el villano de la historia, frío, brillante y obsesionado con proteger a la heroína, la tiene en su lista negra.
Lástima para él. Esta vez, la presa sabe disparar.
Entre pistolas, intrigas escolares y un tigre blanco que ya muerde, Amelia decide reescribir el final que odió. Lo que no esperaba era que el mismísimo villano empezara a mirarla a ella.
¿Quién cazará a quién cuando el corazón del villano esté en juego?
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El incidente en la boutique, parte 2
Las tres revolvieron el local entero buscando el vestido que Jenny había elegido. Sebas, al verlas, se unió a la búsqueda. Adrián, en cambio, ni se inmutó ante el alboroto y siguió tan campante en el sofá de la sala de espera.
Y eso que había visto perfectamente cómo Jenny dejaba el vestido ahí y cómo Sofía se lo llevaba. Por supuesto, él se hizo el desentendido. Mientras tanto, abajo, Sofía le mostraba el vestido a Graciela y le decía lo mucho que le gustaba.
Amelia, que bajó a buscar por el primer piso, las vio. Graciela estaba a punto de mandar a envolverlo para Sofía cuando Amelia la detuvo, y a Sofía se le encogió el estómago de nervios y disgusto.
—Espera, mamá. Sofi, ese es el vestido que eligió Jenny hace un rato. ¿Cómo es que lo tienes tú? —preguntó, escrutándola con la mirada.
—Ah... eh... ¿en serio, Lia? —balbuceó Sofía—. Yo lo encontré arriba y me pareció que todavía no era de nadie.
Poco después bajaron los demás. Al ver el vestido que había elegido, en manos de la persona que más detestaba, Jenny se puso furiosa.
—Así que fuiste tú la que lo agarró. ¿De verdad no sabías? ¡Si estabas a dos pasos de nosotras! —la increpó con un tono entre inquisitivo y burlón.
—Perdóname, Jenny, de verdad no sabía que ya lo habías elegido. Como estaba tirado en el sofá, pensé que no era de nadie... —se defendió Sofía, con cara de no haber roto un plato.
—¡Siempre tú! Siempre quieres lo que yo quiero. Primero Alexio, ahora este vestido. ¿Qué será lo próximo? ¿Cualquier cosa que me guste, la vas a querer quitar? —replicó Jenny con sarcasmo.
Sofía levantó la vista hacia ella con una expresión de dolor, como si todos la estuvieran acosando en grupo.
—Jenny, ¿cómo puedes decir eso? Alex y yo solo somos amigos. Y lo del vestido, de verdad no sabía que ya era tuyo —insistió.
—Si el vestido estaba en un sofá, es obvio que alguien ya lo había escogido. Podías preguntar antes de llevártelo —intervino Sebas.
—Sebas, de verdad no sabía... —gimió ella—. Perdóname por agarrarlo así. Pero Jenny todavía no lo ha pagado, ¿no? Entonces todavía no es suyo...
Graciela volvió a quedar atrapada en medio de todo aquello. Sin saber cómo actuar, decidió callarse.
—Puede que no lo haya pagado, pero ella lo eligió primero. Si no lo sabías, lo mínimo era pedir perdón, y no a mí, sino a Jenny —replicó Sebas, que ya no soportaba la desfachatez de Sofía. Hasta se arrepentía de haberla querido tanto y de haberla defendido siempre.
—Basta, Sebas, no hace falta que seas tan duro. Están acorralando a Sofía. A lo mejor de verdad no lo sabía —saltó Adrián, incapaz de ver a Sofía arrinconada por todos, aunque en el fondo sabía muy bien que ella era la culpable.
—¿Así que de verdad no lo sabía? —preguntó Amelia con una sonrisa sarcástica, clavándole la mirada.
—Sofi... mmm... ¿qué tal si le damos el vestido a Jenny? Después buscamos otro para ti, cariño —propuso Graciela, desesperada por acabar con esa tensión. Lo último que quería era que la distancia con su hija volviera a crecer como antes.
Sofía agachó la cabeza, con los ojos vidriosos, a punto de llorar.
—Si tú crees que es lo mejor, tía, a mí no me importa. Que se lo quede Jenny, aunque a mí me gustaba muchísimo... —dijo con voz quebrada.
Graciela la abrazó de inmediato para consolarla.
—Por un vestido no hay para tanto escándalo. Además, tiene razón: todavía no era oficialmente de Jenny —soltó Adrián, frío y sarcástico.
Amelia aplaudió despacio.
—O sea que nosotros somos los que exageramos, y la culpable resulta ser la víctima. Impresionante —dijo, con una sonrisa burlona dirigida a Adrián y a Sofía.
—Ya no son niñas de kínder, y todavía lloran por todo. Hasta Helena, que va en primaria, llora menos —añadió Aurora, igual de indignada.
—Lo siento, tía, pero a Jenny ya se le quitaron las ganas. Ese vestido ya está contaminado. Vámonos, chicas —sentenció Jenny, altiva.
Y así los cuatro, con Sebas incluido, abandonaron la boutique de Graciela, dejando atrás a Sofía.
Ella apretó los puños, rabiosa.
Ya verás, Jenny, me las vas a pagar. ¿Y Sebas por qué se puso hoy de su lado? Seguro que es por las intrigas de esa zorra. Ya verás, Amelia, te voy a convertir la vida en un infierno.
Su voz interior destilaba odio.
Solo Adrián se quedó. Decidió llevar a Sofía a casa. A Sebas no le sorprendió en absoluto verlo quedarse: hacía tiempo que había adivinado que Adrián sentía por ella algo más que amistad de infancia.
Después de todo, había sido el propio Adrián quien, una y otra vez, le había contado lo buena que era Sofía y lo había empujado a desconfiar de Amelia.