Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 18
El eunuco la esperaba todas las mañanas junto a la puerta de atrás.
Se llamaba Yusuf. Era alto, de mediana edad, y no hablaba casi nunca. Caminaba un paso detrás de ella, lo bastante cerca para intervenir y lo bastante lejos para no parecer una sombra pegada. Ayla se acostumbró rápido. Prefería el silencio de Yusuf al ruido de las otras esclavas.
Kael la recibía ya en la silla. El tablero listo. El carbón a mano. Escribían menos preguntas y más cosas concretas. Él quería saber qué se decía en los pasillos bajos. Ella le contaba lo que oía: quién visitaba a quién, qué eunuco llevaba mensajes al visir, qué concubina había llorado la noche anterior. A cambio, Kael le contaba lo que pasaba arriba: las firmas que Zahir le ponía delante, las visitas del consejo, el modo en que hasta los médicos empezaban a hablarle como a un enfermo terminal.
Esa mañana, después de escribir un rato, Kael dejó el carbón y señaló su propia pierna.
—Ayúdame a acomodar la manta. No llego bien.
Ayla se acercó. Se arrodilló. Ajustó la tela gruesa alrededor de las piernas inmóviles. Sintió el calor del cuerpo de él a través de la tela. No era la primera vez que lo tocaba, pero era la primera que lo hacía sin que hubiera una bandeja o un papel de por medio. Kael no dijo nada. Solo observó cómo sus manos trabajaban.
Cuando terminó, él habló en voz baja:
—Zahir cambió al hombre que te siguió. El de las escaleras ya no está en el palacio. Lo mandaron a la frontera. —Hizo una pausa—. Eso no significa que haya terminado. Solo que ahora va a ser más cuidadoso.
Ayla escribió en el papel:
**Lo esperaba.**
Kael asintió.
—Yo también.
Se quedaron en silencio un rato. El sol entraba por la ventana y dibujaba un rectángulo de luz en el suelo. Afuera se oían pasos lejanos y el ruido de una fuente. Ayla miró las manos de Kael. Tenían cicatrices viejas, de combates anteriores. Las suyas seguían agrietadas por el agua y el vinagre.
De pronto él preguntó, sin escribir:
—¿Extrañas tu voz?
Ayla lo miró. Nadie le había hecho esa pregunta. Nunca. Tomó el carbón y escribió despacio:
**No sé cómo suena.**
Kael leyó. Después la miró a los ojos.
—Algún día me gustaría oírla. Aunque sea un sonido. Aunque sea un grito.
Ella no contestó. Solo bajó un poco la cabeza.
Cuando Yusuf la acompañó de regreso, el pasillo estaba más transitado. Dos eunucos la miraron de reojo. Una concubina de rango medio se detuvo al verla pasar con escolta y murmuró algo a su sirvienta. Ayla no intentó leer los labios. Ya sabía lo que decían.
En el patio de los naranjos Nur estaba fregando cerca. Al verla llegar con Yusuf, soltó una risa corta.
—Mira nada más. La muda ya tiene guardaespaldas. Pronto le van a poner joyas.
Ayla no contestó. Tomó su cubo y se arrodilló en el otro extremo del patio. Yusuf se quedó un momento junto al arco y después desapareció. Lina se acercó con el trapo.
—Están hablando mucho de ti —susurró—. Dicen que el sultán te tiene en la cámara horas. Que le escribes cosas. Que te protege.
Ayla siguió fregando. El agua sucia se llevaba la suciedad de las losas y un poco de la tensión de las manos. Por dentro sentía el peso de las palabras de Kael:
“Algún día me gustaría oírla.”
No era una promesa.
No era una amenaza.
Era algo peor.
Era una grieta.