"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 18: El milagro de los siete días (Perspectiva mixta)
Los días pasaron con una fluidez extraña dentro de los muros de piedra de la mansión. Poco a poco, me fui adaptando a la nueva realidad, y el pequeño Leo me aceptó con una rapidez que dejó a todos boquiabiertos.
Desde la mañana siguiente a aquella primera lectura de cuentos, el niño cambió. Era verdad que le costaba hablar y que su mundo estaba encogido por el terror del trauma; lo note de inmediato en los dibujos oscuros y repetitivos que hacía, y en cómo ciertos ruidos secos o estridentes lo exaltaban y lo hacían encogerse en silencio. Pero no lo presione.
La primera semana se convirtió en una cronología de pequeños milagros:
El tercer día, logré convencerlo de salir al jardín por primera vez, caminando de la mano entre los rosales.
El cuarto día, conseguí que comiera un poco más de su plato y que, sin oponer resistencia, se dejara lavar las manos y la cara.
El quinto día, en medio de una tarde de juegos en la sala, Leo se cansó tanto que me estiró los bracitos pidiendo que lo cargara porque estaba agotado.
El sexto día, a la hora de la siesta, ambos nos quedamos profundamente dormidos sobre la alfombra del cuarto del pequeño, con un libro de cuentos abierto entre los dos.
Y al séptimo día, llegó la cumbre: logré bañarlo por completo y cambiarle la ropa sin que el niño derramara una sola lágrima, aceptando su cuidado con absoluta confianza.
Para mi, aquello era simplemente hacer mi trabajo, una muestra de cariño natural. Pero para el personal de servicio y para el propio Matteo, lo que estaba ocurriendo equivalía a un milagro absoluto.
《Matteo 》
Además, los días de descanso y buena alimentación habían obrado otra transformación radical en ella pense. Fuera de la cara de cansancio crónico, sin la opresión de la vida que llevaba y consentida por doña Clara —quien a escondidas le llevaba cremas nutritivas, tés relajantes y le preparaba baños tibios con sales—, Katherine estaba recuperando el color en las mejillas, un brillo saludable en el cabello castaño y una elegancia sutil que la hacía lucir bellísima con la nueva ropa que le habían comprado.
Esa noche, una vez que el pequeño Leo se hubo dormido en su recámara, entre despacio, cerrando la puerta tras de mí. Encontré a Katherine acomodando las mantas del niño.
Me acerqué a ella en silencio, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mirada fija en su rostro renovado.
—Tengo que hacerte una pregunta —comencé con mi voz un poco ronca, midiendo cada palabra—. Hoy le pregunté a Leo antes de que se durmiera... quería saber si quería que te quedaras a trabajar aquí por mucho más tiempo, o si prefería que te fueras.
Katherine se detuvo, conteniendo la respiración, con un destello de temor en los ojos ante la posibilidad de que el trato terminara.
—¿Y qué... qué fue lo que dijo? —preguntó con un hilillo de voz.
Esboze una sonrisa imperceptible, un gesto cargado de una extraña mezcla de triunfo y una punzada de algo nuevo que no terminaba de descifrar.
—Dijo que sí. Dijo que eres buena... y... bonita. Asi que no quiere que te vayas nunca más.
Las mejillas de Katherine se encendieron de inmediato en un rojo intenso, bajando la vista con timidez ante el cumplido.
Pero por otro lado, en mi mente, la frase de mi sobrino había desatado un huracán. Saber que el niño la veía bonita no hizo más que confirmar lo que mis propios ojos llevaban días devorando en secreto: Katherine ya no era la mujer rota y demacrada que se había refugiado en su oficina; se había convertido en el centro de gravedad de su casa. Y no tenía ninguna intención de dejarla marchar.