Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?
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CAPÍTULO 23 CUANDO ESTUVISTE A PUNTO DE PERDERME
La trampa la armamos con cuidado.
Javier, sin saber que ya lo habíamos descubierto, recibió la noticia de que teníamos un documento antiguo de la empresa que demostraba cómo Vidal había desviado millones de dólares de la cuenta familiar durante años. Le dijimos que lo presentaríamos en la reunión del consejo de directivos el martes siguiente, y que con eso lo mandaríamos a la cárcel para siempre.
El mayordomo no dudó. Esa misma noche salió de la mansión a medianoche y se reunió con los hombres de Vidal para pasarle la información. Álvarez los siguió hasta el lugar, tomó fotos y grabó parte de la conversación. Todo salía según lo planeado.
Pero Vidal era más listo y más cruel de lo que pensábamos.
El sábado por la tarde, Lucía llamó desde el hospital para decirme que había olvidado su cuaderno de dibujos en la casa de mi tía, y que quería tenerlo antes de viajar a Madrid al día siguiente. Como la seguridad de la mansión estaba concentrada en proteger a Dante y Don Eliseo para la reunión del martes, decidí salir yo misma a recogerlo, acompañada solo de uno de los guardias nuevos que acababan de contratar.
—No tardaré más de media hora —le dije a Dante, que estaba en el despacho revisando unos documentos. Él se levantó de inmediato, frunciendo el ceño.
—No vayas sola. Deja que vaya yo o que vayan dos guardias más. Vidal sabe que estamos tras él. No sabemos qué puede hacer.
—Tranquilo —le dije, acercándome y dándole un beso rápido en los labios—. Solo iré a casa de mi tía y vuelvo. Nada va a pasar. Te prometo que tendré mucho cuidado.
Él me miró con preocupación, pero al final asintió.
—Llama en cuanto llegues y en cuanto empieces a volver. Y si ves algo raro, cualquier cosa, avísame de inmediato.
Prometí que lo haría. Y salí.
Nunca debí haber ido sola.
El coche nos detuvo en una curva cerrada a mitad de camino. Una furgoneta negra se cruzó delante de nosotros de golpe, obligando al conductor a frenar en seco. Antes de que el guardia pudiera reaccionar, tres hombres con máscaras bajaron de la furgoneta, rompieron las ventanillas y nos sacaron a la fuerza del coche. Luché, grité, rasguñé a uno de ellos en la cara, pero uno me golpeó la nuca con algo duro y todo se volvió negro.
Cuando desperté, me dolía toda la cabeza. Estaba sentada en una silla de madera, con las manos y los pies atados con cuerdas gruesas. El lugar era una nave industrial abandonada, fría y húmeda, con las paredes llenas de óxido y el suelo cubierto de latas vacías y trapos viejos. La luz entraba por unas ventanas rotas altas en el techo, creando haces de polvo dorado en el aire.
—Por fin despiertas.
Me giré lo mejor que pude. Rafael Vidal estaba parado a pocos metros de mí, apoyado en una columna de metal, con una sonrisa fría en los labios. Llevaba un traje oscuro impecable, contrastando con la suciedad del lugar. Se acercó despacio hasta quedar frente a mí.
—Eres más lista de lo que parecías, Aitana. Tú y tu maridito han estado cavando en el pasado donde no debían.
—¿Qué quieres? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
Él soltó una risita corta, burlona.
—Quiero que le digas a Dante que deje de jugar con fuego. Quiero que le entregue ese supuesto documento que dice tener. Y quiero que los dos os alejéis de los negocios de la familia para siempre. Si lo hace, te dejaré ir. Si no… —se encogió de hombros, como si estuviera hablando del clima—… bueno, no querrás saber qué pasará.
—Nunca harás eso —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. Dante te atrapará. Y pagarás por lo que hiciste a sus padres.
La sonrisa se le borró de los labios. Me agarró de la mandíbula con fuerza, haciéndome mirarlo directamente.
—No hables de cosas que no entiendes, niña. Tus padres de mentira se metieron donde no debían. Quisieron arruinar todo lo que yo había construido. Se lo merecían.
Sentí cómo la rabia me hervía la sangre. Escupí en su cara.
—Eres un asesino cobarde.
Me dio una bofetada fuerte que me hizo girar la cabeza. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca. Mi cara ardía.
—Tonta —dijo él, limpiándose la cara con el dorso de la mano—. Te va a costar caro eso.
Sacó un teléfono del bolsillo. Marcó un número y lo puso en altavoz. Al otro lado de la línea, la voz de Dante sonó desesperada, furiosa.
—¿Dónde está ella? Si le has hecho algo…
—Está bien, por ahora —respondió Vidal, sonriendo hacia mí—. Si quieres volver a verla, trae el documento a la nave abandonada de la zona industrial en una hora. Solo tú. Sin policía, sin guardias. Si traes a alguien, ella muere.
Cortó la llamada sin esperar respuesta. Me miró con satisfacción.
—Tu marido vendrá. Y cuando lo haga, se quedará aquí para siempre. Los dos.
Los minutos siguientes fueron una eternidad. Escuché los pasos de los hombres patrullando fuera de la nave, el viento que entraba por las ventanas rotas, el latido desordenado de mi propio corazón. Tenía miedo, mucho miedo. Pero también tenía esperanza. Sabía que Dante vendría. Sabía que no me dejaría aquí.
Y vino.
Lo oí antes de verlo. Un coche llegó a toda velocidad, frenando con un chirrido de neumáticos fuera de la nave. Los hombres de Vidal se pusieron tensos, agarrando sus armas. Vidal sonrió, satisfecho.
—Ha llegado el momento.
La puerta de la nave se abrió de golpe. Dante apareció en el umbral, con el rostro pálido de rabia y desesperación, una carpeta en la mano.
—Aquí estoy —gritó, su voz resonando en todo el lugar—. Suéltala.
—El documento primero —respondió Vidal, agarrándome del brazo y poniéndose detrás de mí, como si fuera un escudo humano.
Dante lanzó la carpeta por el suelo. Se deslizó hasta los pies de uno de los hombres. Vidal le hizo una seña para que la recogiera. El hombre se agachó, la abrió… y de repente sonaron alarmas afuera, luces rojas iluminaron las paredes de la nave y gritos de orden resonaron por todas partes.
—¡Policía! ¡Todo el mundo quieto!
Vidal se quedó rígido detrás de mí. Sus hombres empezaron a correr de un lado a otro, confundidos. Dante aprovechó el momento de distracción. Se lanzó hacia nosotros de un salto. Vidal me apretó más fuerte contra él, sacando una navaja pequeña y poniéndosela en el cuello.
—¡Ni un paso más o la mato! —gritó, desesperado.
Dante se detuvo a pocos metros. Sus ojos estaban fijos en la navaja contra mi piel, pálidos de terror.
—Suéltala, Vidal —dijo, muy despacio, muy claro—. No tienes salida. Te rodeamos. Si le haces daño, te mataré con mis propias manos antes de que la policía llegue. Te lo prometo.
Vidal dudó. Sus ojos se movieron de un lado a otro, buscando una salida. En ese momento de duda, uno de los guardias de seguridad de Dante entró por una puerta lateral y le disparó al brazo que sostenía la navaja. Vidal gritó de dolor, soltándome.
Dante corrió hacia mí en ese mismo segundo. Me agarró en sus brazos, alejándome de Vidal mientras los guardias y la policía se abalanzaban sobre él y sus hombres. No me dejó ir. Me apretaba contra su pecho con tanta fuerza que casi me cuesta respirar, pero no me importó. Enterré la cara en su camisa, oliendo su perfume, sintiendo el latido desordenado de su corazón contra el mío.
—Estás bien —murmuraba una y otra vez contra mi pelo, su voz rota de alivio—. Estás bien. Te tengo. Ya estás a salvo.
—Tenías que venir —logré decir, llorando en su pecho—. Sabía que vendrías.
—Nunca te dejaría —respondió, apartándome un poco para mirarme la cara. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Pasó el pulgar por la mejilla donde Vidal me había dado la bofetada, con una ternura infinita—. Te juro que nunca más volveré a dejar que te pase nada. Nunca más te dejaré sola.
La policía se llevó a Vidal esposado, gritando amenazas mientras lo arrastraban. Álvarez se acercó para decirnos que todo estaba bajo control, que Javier también había sido detenido en la mansión cuando intentaba escapar. Pero Dante no escuchaba. Solo tenía ojos para mí. Me levantó en brazos como si yo fuera de cristal y me llevó hacia su coche, sin soltarme ni un segundo.
En el camino de vuelta a casa, no soltó mi mano ni un momento. Me la apretaba entre las suyas, como si temiera que desapareciera si me soltaba. Me miraba de vez en cuando, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí, de que estaba a salvo.
Cuando llegamos a la mansión, Don Eliseo nos esperaba en la puerta, con los ojos rojos de haber llorado. Nos abrazó a los dos con fuerza, sin decir nada. Luego nos dejó solos en la habitación.
Dante me ayudó a lavarme la cara, me curó la pequeña herida del labio con una suavidad que me partía el corazón. Luego nos acostamos en la cama, y él me abrazó con todas sus fuerzas, pegando mi espalda a su pecho.
—Casi te pierdo —susurró contra mi nuca, y su voz sonó rota de nuevo—. Cuando recibí esa llamada… pensé que iba a morir. No sé qué haría sin ti, Aitana. Eres todo lo que me queda.
Me giré en sus brazos para mirarlo a los ojos. Le pasé una mano por la cara, acariciando su mejilla.
—No me perderás —le dije, muy bajito—. Estoy aquí. Contigo. Siempre.
Nos besamos despacio, con ternura, con miedo, con la certeza de que habíamos estado a punto de perderlo todo. Y cuando nos separamos, supimos que nada volvería a ser igual.
Vidal estaba detenido. Javier también. La justicia empezaba a hacerse. Pero lo más importante era que estábamos juntos. A salvo.
Y que nada, ni nadie, volvería a separarnos.