Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 7: El vuelo que nunca despegó
El aroma del café recién hecho flotaba en el aire del pequeño café del aeropuerto, mezclándose con el ruido de fondo de los altavoces anunciando vuelos y la gente apresurada que iba y venía con sus maletas.
Lila sostenía la taza humeante entre sus manos, pero no bebía. Solo la miraba, como si en ese líquido oscuro pudiera encontrar las respuestas que su alma necesitaba.
Llevaba veinte minutos sentada en esa mesa de plástico blanco, esperando que su corazón dejara de latir tan fuerte. Había perdido su vuelo. No por descuido, sino por una carta que había llegado a manos de su tío Mauricio justo cuando ella salía de la casa.
Una carta con el sello de un bufete de abogados internacionales, con membrete dorado y un nombre que no había escuchado en dieciséis años: Giacomo Lombardi.
Su padre biológico.
—No puede ser —había susurrado cuando su tío se la entregó, con el rostro pálido y las manos temblorosas—. Él murió. Mi madre dijo que había muerto.
—Tu madre mintió —había respondido Mauricio, con una tristeza profunda en los ojos—. Siempre mintió sobre eso, Lila. Pero esa carta llegó a mi nombre, pidiendo que te la entregara. Y creo que es hora de que sepas la verdad.
Lila había abierto el sobre con manos temblorosas, y lo que había leído la había dejado sin aliento. Su padre no solo estaba vivo, sino que había estado buscándola durante años. Quería verla. Quería explicarle todo. Quería ofrecerle un nuevo comienzo.
Y en ese momento, en medio del caos de su vida desmoronándose, Lila había tomado una decisión. No subiría a ese avión. No huiría hacia ningún lugar sin antes saber qué demonios estaba pasando.
Ahora, sentada en el café, con el vuelo ya cerrado y el próximo programado para dentro de tres horas, Lila sentía que el destino se estaba burlando de ella. Había llamado a su tío para avisarle que no viajaría en el vuelo original.
Le había pedido que no se preocupara, que todo estaba bien, que se tomaría un tiempo para pensar. César había insistido en ir a buscarla, pero ella le había pedido que esperara.
—Necesito estar sola un rato —le había dicho, y su primo, aunque preocupado, había aceptado.
Y entonces, mientras miraba la televisión del café para distraerse, las noticias interrumpieron la programación habitual. Un avión. Un accidente. El vuelo 307 de Andes Airlines.
El mismo vuelo que ella debía tomar.
La taza de café tembló en sus manos, y Lila sintió que el mundo se detenía. Vio las imágenes del humo negro elevándose desde un campo abierto. Vio los restos del avión esparcidos por el suelo como juguetes rotos. Vio el titular en la pantalla: "Tragedia aérea: no hay sobrevivientes en el vuelo 307".
—Dios mío —susurró, y su voz era apenas un hilo de aire—. Ese era mi vuelo. Ese… iba a estar ahí.
El impacto fue tan brutal que Lila se quedó inmóvil, sin poder respirar. Su mente se llenó de imágenes: ella abordando ese avión, sentada en ese asiento, su nombre en la lista de pasajeros. Su nombre. Lila Marín de Mansur. Pero no estaba ahí. Estaba aquí, viva, con un café en la mano y el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.
¿Y Abad? ¿Qué estaría pensando él en este momento? ¿Sabría que ella no estaba en ese avión? Su teléfono había estado apagado desde que salió de la casa de su tío. No quería recibir llamadas, no quería escuchar su voz. Pero ahora, viendo esa noticia, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Él creería que había muerto?
Antes de que pudiera procesar esa idea, una mano cálida tocó su hombro suavemente. Lila dio un salto, derramando un poco de café sobre la mesa, y se giró con el corazón en la garganta.
Frente a ella, un hombre de mediana edad, vestido con un traje impecable y una sonrisa cordial, la miraba con respeto. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, y sus ojos castaños transmitían una calma profesional.
—¿Señorita Lila Marín? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza.
Lila parpadeó, confundida. —Sí… soy yo. ¿Quién es usted?
El hombre extendió la mano con educación. —Permítame presentarme. Soy Leonardo Guzmán, abogado y representante de Giacomo Lombardi, su padre biológico.
El nombre cayó como una bomba en el silencio del café. Lila sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Primero el accidente aéreo, ahora esto. Su mente giraba a una velocidad vertiginosa.
—¿Mi padre? —repitió, y su voz sonó extraña, distante—. ¿Qué padre? Yo no tengo padre. Mi madre me dijo que había muerto cuando yo tenía nueve años.
—Sé que es una sorpresa, señorita Marín —dijo Leonardo, manteniendo su tono calmado—. Y sé que esto no es el mejor momento, dada la situación. Pero Giacomo ha estado buscándola durante años. Finalmente dio con usted hace unas semanas, justo cuando… —hizo una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Bueno, justo cuando ocurrió lo del hospital. Él quería presentarse antes, pero sabía que usted estaba pasando por un momento muy difícil y no quería irrumpir en su vida sin preparación.
Lila soltó una risa amarga, una risa que no tenía nada de alegre. Se pasó una mano por el cabello, sintiendo el peso de todo lo que acababa de ocurrir.
—¿Momento difícil? —dijo, y su voz temblaba—. Señor Guzmán, permítame resumirle mi día. Perdí un bebé hace unos días, le pedí el divorcio a mi marido, descubrí que me fue infiel, y ahora veo en la televisión que el avión en el que supuestamente iba a viajar explotó con todos los pasajeros a bordo. Y de repente, usted aparece diciéndome que mi padre biológico, al que nunca vi en mi vida, quiere hablar conmigo. ¿Me está tomando el pelo?
—No, señorita Marín —respondió Leonardo sin inmutarse—. No es ninguna broma. Y entiendo su incredulidad. Pero Giacomo es un hombre que ha cargado con el peso de sus decisiones durante décadas. Cuando supo que usted estaba pasando por todo esto, quiso estar aquí, pero temía que su presencia la abrumara aún más. Por eso me envió a mí.
Lila lo miró, y por un momento, algo en sus ojos honestos la hizo dudar. —¿Y por qué ahora? ¿Por qué después de tantos años?
Leonardo sacó un teléfono de su chaqueta. —Me pidió que se lo explicara yo. Pero creo que sería mejor que escuchara directamente de él. ¿Me permite?
Lila dudó. Cada fibra de su ser le decía que esto era demasiado, que era una locura, que no podía confiar en un desconocido. Pero algo en el fondo de su corazón, algo que había estado dormido durante años, despertó con una chispa de esperanza. Asintió lentamente.
Leonardo marcó un número y extendió el teléfono hacia ella. La pantalla mostraba una videollamada en curso, y al aceptar, apareció el rostro de un hombre mayor.
Giacomo Lombardi tenía el cabello completamente canoso, peinado hacia atrás con elegancia. Su rostro estaba marcado por el tiempo, pero sus ojos eran lo que realmente llamaban la atención.
Eran del mismo verde profundo que los de Lila, el mismo tono que ella veía cada mañana en el espejo. Llevaba un traje oscuro, y detrás de él se veía una lujosa oficina con ventanales que daban a una ciudad que Lila no reconocía.
—¿Lila? —dijo él, y su voz era temblorosa, con un acento italiano marcado que la envolvió como un abrazo—. Soy Giacomo. Soy tu padre. —Hizo una pausa, y Lila pudo ver cómo sus ojos se humedecían—. Y sé que no tengo derecho a pedirte nada, después de todos estos años. Pero por favor, no cuelgues. Solo escúchame un minuto.
Lila sintió que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
ella es excelente escritora