El Destino de la Sangre Mestiza
En un mundo fracturado por una guerra milenaria entre criaturas de la noche, Selene es lo que todos temen y nadie debería existir: una híbrida. Heredera del fuego carmesí y la fuerza indomable de los lobos Alfa, vive escondiendo la mitad de su naturaleza en las sombras. Pero cuando una antigua profecía se desata y el Primer Híbrido despierta para devorar el continente, la única forma de salvar su hogar es pactar con el enemigo.
Valerius es el despiadado y letal príncipe de la Casa de las Sombras. Un vampiro noble que se mueve en la oscuridad con una fría elegancia, educado para odiar a la especie de Selene. Sin embargo, cuando la magia ancestral amenaza con destruirlo todo, se ve obligado a luchar codo a codo con la única mujer capaz de acelerar su frío corazón.
Entre batallas sangrientas contra dioses olvidados, traiciones de la Inquisición humana y secretos ocultos bajo el mar, una atracción peligrosa e inevitable florece entre la fiera y el vampiro.
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El altar de la discordia.
Capítulo 20: El Altar de la Discordia.
La ascensión por la Cordillera de las Cenizas fue un infierno de hielo y viento huracanado. Con cada metro que avanzaban, la fuerza de gravedad se volvía más errática; las piedras flotaban en el aire antes de estrellarse contra las rocas, deformadas por la presión del miasma.
Al coronar la cima, el ejército se topó con el antiguo Altar del Origen. Gigantescas columnas de obsidiana se elevaban hacia el cielo, sosteniendo la cúpula de energía violeta.
En el centro del altar, flotando a un metro del suelo, yacía la criatura.
A primera vista, no parecía un monstruo deforme, sino una figura andrógina y esbelta de piel tan pálida que parecía de alabastro, vestida con jirones de sombras vivas. De sus espaldas brotaban cuatro alas hechas de luz dorada y fuego carmesí. Sus ojos eran cavidades vacías que emitían una luz blanca cegadora. Era Aethel, el Primer Híbrido.
A sus pies yacía el cuerpo sin vida del Gran Inquisidor humano, seco como una pasa.
—Ha despertado por completo... —susurró Valerius, desenvainando la espada negra. Su hoja vibraba con frenesí, reaccionando a la abrumadora magia de la criatura.
Aethel giró la cabeza con un movimiento mecánico, inhumano. Cuando sus cuencas vacías se posaron sobre Selene, una sonrisa sin alma se dibujó en su rostro.
—Una descendiente... —la voz de Aethel no salió de su boca; resonó directamente en las mentes de todos los presentes, provocando que varios guerreros lobo cayeran de rodillas agarrándose la cabeza con dolor—. Una mezcla defectuosa de sangre y luna. Viniste a devolverme lo que es mío.
Sin previo aviso, Aethel extendió una mano. Una onda de choque invisible barrió la cima de la montaña.
—¡Cúbranse! —gritó Lycan, saltando al frente para bloquear el impacto con su cuerpo transformado. La fuerza de la onda lo arrastró diez metros hacia atrás, dejando surcos profundos en la piedra congelada.
Selene y Valerius atacaron en perfecta sincronía. Valerius se disolvió en una niebla de sombras para reaparecer a la espalda de la entidad, lanzando una estocada dirigida a su corazón. Al mismo tiempo, Selene se impulsó hacia adelante, moldeando el fuego carmesí en un enorme puño de cristal ardiente.
Aethel ni siquiera se movió. Sus alas de luz y fuego se desplegaron en un abanico defensivo.
El choque de poderes provocó un estruendo que resquebrajó la cumbre entera. Las sombras de Valerius fueron disipadas al instante, arrojándolo violentamente contra una de las columnas de obsidiana, mientras que el impacto rebotó contra Selene, haciéndola rodar por el suelo de nieve y ceniza.
Selene se levantó rápidamente, escupiendo un hilo de sangre. Miró a Valerius, quien intentaba ponerse en pie con dificultad, y luego a su padre, que luchaba por mantener a raya la presión mental de la criatura.
—No puede controlar su propio poder... solo devora todo a su alrededor —dijo Selene, sintiendo cómo la energía violeta de Aethel intentaba absorber el fuego de sus propias venas.
—Entonces no hay que atacarlo con magia —jadeó Valerius, reuniéndose a su lado con la mirada ardiendo en determinación—. Hay que sellar sus alas. Si cortamos su flujo de luz y fuego, volverá a ser mortal.
—Tú distraes su izquierda, yo iré por la derecha —ordenó Selene, activando las marcas doradas de lobo en sus brazos—. Papá, prepárate para el golpe final.
Aethel alzó ambas manos hacia el cielo, preparando un ataque masivo para borrar la cima de la montaña de la faz de la tierra. La batalla por el destino del mundo acababa de alcanzar su punto de no retorno.