Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 11. UNA CAMA PARA DOS
El silencio de la noche en el campo es muy diferente al de la ciudad; no es un vacío absoluto, sino una amalgama de pequeños sonidos, como el crujido de las ramas exteriores o el silbido suave del viento contra los cristales. Sin embargo, en el interior de la suite principal de la casa de invitados, el único sonido que parecía existir era el de mi propia respiración, acelerada y superficial. La cena en el jardín con Héctor y Priscila había sido un campo de minas de preguntas capciosas sobre nuestro supuesto noviazgo, que Adrián había sorteado con una brillantez digna de un guionista de Hollywood. Pero el verdadero desafío no estaba abajo, entre las sonrisas falsas de la prometida de mi amigo; el verdadero desafío estaba aquí, frente a las sábanas blancas inmaculadas de la cama king size.
Me había metido en el cuarto de baño para ponerme el pijama, tardando deliberadamente el triple de tiempo de lo normal. Me cepillé los dientes tres veces, me cepillé el pelo hasta que me dolió el cuero cabelludo y me miré en el espejo intentando insuflarme un valor que no tenía. El pijama que había metido en la maleta era el más recatado y menos seductor de mi armario: un conjunto de pantalón largo y camiseta de manga larga de algodón gris, abrochado hasta el último botón del cuello. Parecía una momia dispuesta a ser sepultada.
Cuando por fin reuní las fuerzas necesarias para abrir la puerta del baño, me encontré a Adrián metido ya en la cama. Estaba apoyado contra los mullidos cojines, con la luz de la lámpara de noche iluminando su perfil. Llevaba unos pantalones de pijama oscuros y una camiseta negra de manga corta que dejaba a la vista sus brazos firmes y la línea marcada de sus hombros. Estaba leyendo unos informes en su tableta, con una expresión de absoluta tranquilidad, como si compartir el dormitorio con su asistente fuera la cosa más natural del mundo.
Al notar mi presencia, levantó la vista. Sus ojos oscuros recorrieron mi indumentaria de arriba abajo, y una chispa de absoluta diversión brilló en su mirada. La comisura de sus labios se curvó hacia arriba en esa media sonrisa irónica que ya empezaba a resultarme peligrosamente atractiva.
—Vaya, Leonor. Veo que se ha preparado para una expedición al polo norte —comentó con su voz profunda, teñida de un tono burlón muy suave—. Descuide, le aseguro que la calefacción de la finca funciona a la perfección. No se va a congelar.
Sintiendo que las mejillas me ardían de la vergüenza, caminé hacia el lado vacío de la cama con la rigidez de un soldado en un desfile militar.
—Prefiero ser previsora, Adrián —respondí, forzándome a usar su nombre de pila sin el "señor Valero", aunque me costó un esfuerzo tremendo—. Además... es una cuestión de comodidad.
Me deslicé bajo el edredón de plumas con un cuidado extremo, procurando no mover las sábanas más de lo estrictamente necesario. Me pegué tanto al borde del colchón que juraría que la mitad de mi cuerpo estaba flotando en el aire. Me tumbé boca arriba, con los brazos estirados a ambos lados del cuerpo, la espalda rígida como una tabla y la mirada fija en las vigas de madera del techo. Parecía un bloque de mármol. Habíamos trazado una línea invisible en mitad del colchón, y yo estaba dispuesta a defender mi frontera con la vida si hacía falta.
Adrián soltó una risa baja, un sonido grave y vibrante que me reverberó directamente en el estómago. Apagó su tableta digital, la dejó sobre la mesa de noche y estiró el brazo para apagar la lámpara, sumiendo la habitación en una penumbra azulada rota solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal. Lo escuché acomodarse contra las sábanas, dándome la espalda.
—Buenas noches, Leonor —dijo desde la oscuridad—. Relaje los hombros. Le prometo que el colchón es lo suficientemente grande para los dos y no tengo por costumbre invadir el territorio ajeno mientras duermo. Descanse.
—Buenas noches, Adrián —susurré, sin mover un solo músculo.
Pasó una hora. Quizás dos. El tiempo se volvió elástico y tortuoso. El cansancio acumulado de los últimos días me pesaba en los párpados, pero mi cerebro se negaba por completo a desconectar. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, la hiperconciencia de tener a Adrián a escasos centímetros de mí me reactivaba el sistema nervioso. Podía percibir el calor sutil que desprendía su cuerpo a través de la tela del edredón, y el aroma a madera y ámbar de su piel parecía haberse impregnado en el ambiente de la estancia, envolviéndome en una atmósfera extrañamente íntima.
A mitad de la madrugada, el cansancio empezó a ganarle la batalla a mi rigidez militar. Empecé a dar vueltas de manera inconsciente buscando una postura más cómoda, tratando de no hacer ruido. En uno de esos movimientos involuntarios, el edredón se enredó entre mis piernas y acabé girándome hacia el centro de la cama.
Fue en ese momento cuando mi pie izquierdo, descalzo, chocó directamente contra algo cálido, firme y sólido bajo las sábanas.
Era la pierna de Adrián.
El contacto de mi piel contra la suya fue como una descarga eléctrica. Me quedé completamente congelada en el sitio, con el corazón dándome un vuelco salvaje que me golpeó con fuerza en las costillas. Traté de retirar el pie de inmediato, con suavidad, rezando internamente para que no se hubiera despertado y no se diera cuenta de mi torpeza. Sin embargo, antes de que pudiera distanciarme un solo milímetro, sentí un movimiento rápido al otro lado del colchón.
La mano de Adrián, grande, firme y asombrosamente cálida, se deslizó bajo el embozo de la sábana y rodeó con suavidad pero con una firmeza implacable mi tobillo, impidiendo que me alejara. El contacto de sus dedos sobre mi piel desnuda hizo que un escalofrío indescriptible me recorriera toda la espina dorsal, dejándome sin respiración.
—¿Dónde cree que va, Leonor? —Su voz resonó en la penumbra de la suite, pero ya no tenía el tono formal de la oficina, ni el tono irónico de la tarde. Era una voz ronca por el sueño, baja, profunda y cargada de un matiz de absoluta intimidad que me aceleró las pulsaciones a un nivel peligroso.
—Yo... lo siento, Adrián —balbuceé en la oscuridad, sintiendo que el aire de la habitación se había vuelto extrañamente denso y caliente—. Ha sido sin querer. Me he movido sin darme cuenta y... crucé la línea. Suéltame, por favor, volveré a mi lado.
En lugar de soltarme, la presión de sus dedos sobre mi tobillo se volvió un poco más suave, casi como una caricia inconsciente, antes de deslizarse despacio hacia arriba, rozando la parte baja de mi pantorrilla. Escuché cómo Adrián se giraba sobre el colchón, quedando ahora de frente hacia mí en la penumbra. Aunque no podía ver sus ojos con claridad, sentía su mirada fija y analítica clavada en mi rostro.
—No se mueva tanto, se va a caer de la cama si sigue pegándose al borde —dijo con una suavidad pausada que me desarmó por completo—. La línea invisible era una buena idea en la oficina, pero aquí dentro... solo somos dos personas compartiendo un espacio. Duerma tranquila, Leonor. No tiene que huir de mí.
Su mano abandonó finalmente mi pierna, regresando a su lado del colchón, pero el calor de su contacto se quedó grabado a fuego en mi piel. Adrián se acomodó de nuevo, cerrando el espacio físico que nos separaba de una forma sutil, dejándonos a una distancia mucho más corta de la que habíamos pactado al principio de la noche.
Me quedé quieta, escuchando cómo su respiración volvía a acompasarse en un ritmo lento y profundo que denotaba que se había quedado dormido de nuevo. Me giré despacio hacia mi costado, mirándolo en la penumbra de la suite. El corazón me latía con fuerza, pero el frío pánico de las horas anteriores había desaparecido, sustituido por una extraña y reconfortante sensación de protección. Por primera vez en cinco años, el recuerdo nostálgico de Héctor no fue lo último en lo que pensé antes de quedarme dormida; esa noche, mi mente se durmió arrullada por el calor y la imponente cercanía de Adrián.
Muchas felicidades autora!!!!!