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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:136
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 12

Capítulo 12 — La amante se cuela en casa

El banquete aún no había terminado cuando Daniela Ruiz, escocida por la humillación del sobre y en venganza por su suegra, decidió jugar su propia carta.

—Abuela, traje una sorpresa para amenizar la velada —anunció, y se levantó para ir hasta la puerta del salón—. Una vieja amiga de la familia. Estoy segura de que a Adrián le dará mucho gusto verla.

Y entró Sofía Mendoza.

Venía deslumbrante, con un vestido de gala y una sonrisa que pretendía ser tímida. Un murmullo recorrió la mesa. Adrián Del Valle, que conversaba con su padre, se puso de pie de golpe, la cara descompuesta.

—Permítanme presentarla —dijo Daniela Ruiz con dulzura envenenada—. La señorita Sofía Mendoza. El amor de la infancia de Adrián. Su novia de toda la vida, antes de… bueno, antes de este matrimonio. —Miró a Valeria Montes de reojo—. Qué reencuentro más emotivo, ¿no?

Todas las miradas cayeron sobre Valeria Montes, esperando el escándalo, las lágrimas, la escena de la esposa humillada.

No hubo ninguna.

—Ah, la señorita Mendoza. —Valeria Montes se secó los labios con la servilleta y sonrió con perfecta serenidad—. Claro que la conozco. Ya nos habíamos visto. Fue el propio Adrián quien me la presentó, en el hospital, cuando ella fue a una consulta. Qué detalle que hayas venido a felicitar a la abuela, Sofía. Estás muy elegante.

El desconcierto en el rostro de Sofía Mendoza fue delicioso. Había venido a explotar una bomba y se encontraba con una anfitriona que la saludaba como a una vieja conocida, sin una grieta.

La abuela, en cambio, no sonreía en absoluto. Sus ojos, agudos pese a los ochenta y dos años, fueron de Sofía Mendoza a su nieto y de vuelta.

—¿Amor de la infancia? —repitió la anciana, con una frialdad que bajó la temperatura del salón—. Adrián. Tu esposa está embarazada de tu hijo. Y tú andas trayendo antiguas amistades a mi mesa. —Golpeó el bastón contra el suelo una sola vez—. En esta familia, un hombre casado cuida de su mujer y de su hijo. Punto. No quiero volver a ver a esta señorita cerca de esta casa. ¿He hablado claro?

—Abuela, yo… —Adrián Del Valle tragó saliva—. No fui yo quien la invitó.

—Me da igual quién la invitó. Tú eres el marido. Tú respondes.

Sofía Mendoza, roja de vergüenza, se llevó una mano a la boca y salió del salón casi corriendo. Adrián Del Valle, atrapado entre la furia de su abuela y el instinto de ir tras ella, dudó un segundo fatal, y luego —para escándalo de todos— salió detrás.

Valeria Montes lo vio marcharse y sonrió por dentro. Corre. Corre delante de toda tu familia. Cada paso que das es una prueba más.

Cuando Adrián Del Valle regresó, unos minutos después, con el gesto tenso de quien acaba de recibir otra bofetada verbal en el jardín, la cena se había reorientado hacia la subasta benéfica que la abuela patrocinaba cada año por su cumpleaños. El subastador presentaba en ese momento la pieza estrella: un brazalete antiguo de esmeraldas y diamantes tasado en más de un millón.

Valeria Montes vio su oportunidad y la tomó.

—Adrián —dijo, en voz lo bastante alta para que la mesa la oyera—, ¿recuerdas que dijiste que le comprarías a tu madre un brazalete tan bonito como el que me regaló la abuela? Aquí tienes la ocasión perfecta. Y encima es por caridad. —Se volvió hacia Mónica Salazar con una sonrisa radiante—. Madre, mira qué pieza tan hermosa. Sería un regalo digno de usted.

Adrián Del Valle la miró horrorizado. Un millón. Delante de toda la familia. Delante de la abuela, que aún tenía la cara de pocos amigos.

—Vale, no creo que…

—¡Vaya, qué buen hijo! —La abuela, recuperando el humor, dio una palmada—. Un millón para caridad y un regalo para su madre. Así se hace, Adrián. Me alegra ver que tu esposa te enseña a ser generoso.

Acorralado, con todos los ojos encima, Adrián Del Valle no tuvo escapatoria. Levantó la mano.

—Un millón —dijo, con la voz estrangulada.

—¡Adjudicado! —cantó el subastador—. ¿A nombre de quién registramos la donación, señor?

—A nombre de Valeria Montes —se apresuró ella, antes de que él pudiera responder—. Que conste como donación mía a la fundación. Mi esposo es muy modesto, no le gusta figurar.

Un aplauso recorrió la mesa. La abuela asintió, complacida con su nuera generosa. Adrián Del Valle quedó pagando un millón que llevaría el nombre de su esposa, para un brazalete que iría a manos de su madre, sin quedarse él con nada más que el cargo en la tarjeta.

De regreso a la villa, en el auto, la máscara se le cayó por fin.

—¿Estás loca? —masculló—. ¡Un millón! Ese brazalete… hay que devolverlo. Mañana llamo a la casa de subastas y lo devuelvo.

—Es una subasta benéfica, Adrián. —Valeria Montes miraba por la ventanilla, imperturbable—. Lo comprado no se devuelve. El dinero ya está en la fundación. —Se giró hacia él con una dulzura terrible—. ¿No dijiste que si tanto me gustaba el mío, tú le comprarías uno a tu madre? Solo cumplí tu palabra. Deberías estar orgulloso.

Él apretó el volante con las dos manos y no dijo nada más en todo el camino.

Lo que ninguno de los dos vio fue lo que ocurría a esa misma hora en un rincón oscuro del jardín de la mansión, donde Sofía Mendoza, humillada por segunda vez en semanas, tecleaba un mensaje en su teléfono con los dedos temblando de rabia.

A esa mosquita muerta le llegó su hora, escribió. Se cree muy lista. Vamos a ver qué tan lista es cuando yo termine con ella.

Pulsó enviar. Y en la pantalla, por un instante, brilló un nombre que no era el de Adrián Del Valle.

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